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jueves, 2 julio 2026

Poema para Sara

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Por Alonso Rosales

Tú, Sara, amor eterno de mi vida,
flor que nació en la aurora compartida,
cuando en tus ojos vi la fe encendida
de aquel hogar que el tiempo no olvida.

Tenías dieciocho, y yo soñaba,
tu risa era la llama que guiaba,
mi pecho, al verte, todo se inflamaba,
y el alma, en tu ternura, descansaba.

Tú fuiste quien me dio versos y abrigo,
la única mujer que fue testigo
de que el amor no muere ni está ciego,
aunque el destino ponga mar y fuego.

Dejaste todo, amor, por nuestro sueño,
yo lo dejé también, con paso dueño,
de aquel deseo puro, tan risueño,
que aún vive en mí, callado, pero empeño.

Hoy te recuerdo, dulce, en la distancia,
con esa fe que vence la arrogancia,
y espero verte, amor, sin redundancia,
en San Salvador, con la misma fragancia.

Hace diez años fui a buscar tus ojos,
feliz, radiante, libre de despojos;
te vi casada, sí, con tus antojos,
mas mi querer no albergó enojos.

Porque el amor, el verdadero, es santo,
no guarda herida ni reclama llanto,
bendice el bien, aunque haya quebranto,
y ve en tu dicha su mayor encanto.

Si aún sonríes bajo el mismo cielo,
sabré que Dios oyó mi desconsuelo,
que en cada aurora, suave como un velo,
tu nombre es mi oración, mi amor, mi anhelo.

Y cuando el tiempo borre ya la espera,
y en San Salvador florezca la primavera,
quiero mirarte, amor, cual la primera,
y en tu mirada hallar mi vida entera.

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