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jueves, 05 de agosto del 2021

Pitos y Libertad de Expresión

Pues en mi comunidad se escucha, hora salvadoreña, a las 8 de la noche los mismos 3 o 4 pitos. Muy a lo lejos se escuchan otros tantos, pero nunca he escuchado cacerolas, cohetes u otro tipo de expresión que sí se ha visto en otros lugares y publicado en redes

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En medio de la cuarentena, ya bien entrados los días de resguardo, se presentó una iniciativa que seguramente no fue espontánea, pero que rápidamente encontró tierra fértil en las tan dadas a la exageración y superlativismos redes sociales. Aproximadamente desde el 13 de mayo a las 8 de la noche, como no podía ser de otra manera, hora salvadoreña, es decir, pasaditas las 8, en diferentes comunidades, es mi impresión, del área metropolitana de San Salvador se escuchan cacerolas, pitos y demás.

Hablaré en esta ocasión de mi comunidad en Los Planes de Renderos. Vivo en una lotificación principalmente de clase media alta, con algunas personas un poco menos y otras con un poco más de posibilidades económicas. Estamos rodeados de comunidades de clase baja, gente pobre, no miserable, pero pobre. A la par de la lotificación donde vivo hay un caserío de calles sinuosas y quebradas, sin llegar a una imagen de la tan entrañable “Casas de Cartón” de los eternos Guaraguao.

Pues en mi comunidad se escucha, hora salvadoreña, a las 8 de la noche los mismos 3 o 4 pitos. Muy a lo lejos se escuchan otros tantos, pero nunca he escuchado cacerolas, cohetes u otro tipo de expresión que sí se ha visto en otros lugares y publicado en redes. Los pitos han ido involucionando del simple grito desesperado y angustioso del vehículo al famoso y bien ponderado “la vieja”.

Me llamó la atención el pasado domingo 17, el momento de la protesta me tomó en el jardín y pude escuchar muy bien de dónde venía tan soez sonido (vamos, que a las 8 de la noche un pito de un vehículo no es agradable). De repente me llamó poderosamente la atención una voz, parecía de un adolescente varón, con esa voz característica entre niño y hombre, que gritó “cállense”; de repente de la casa de mi vecino de enfrente, un extremista seguidor incondicional de Bukele, y digo de Bukele porque dudo mucho que sepa por dónde van las políticas del popular presidente, abrió su puerta; lo vi claramente, chifló poderosamente “la vieja” y la cerró. Una acción que habrá durado 5 segundos, tal vez menos. Escuché otro par de silbidos proviniendo ya desde la intimidad del hogar de mi celeste vecino. Así que ese domingo 17 de mayo, día del Señor, la Providencia me permitió escuchar un bello concierto de “viejas”, entre el chiflido y el pito, el pito y el chiflido.

No estoy de acuerdo con este tipo de expresión, de protesta, fundamentalmente por una razón. Estoy convencido de que si nos relacionamos con las personas que piensan igual a nosotros jamás podremos evolucionar en nuestro pensamiento y, por consiguiente, ser mejores seres humanos. Por ejemplo: si soy un troglodita machista que piensa que la mujer es inferior en derechos y oportunidades, que el sexo es satisfacer mis necesidades coitales que duran 3, 4 minutos, que los niños valen más para la familia que las niñas, etc. etc. etc. Si veo programas que me refuerzan mi pensamiento, leo (no sé si una persona así lee) bibliografías de ese tipo, mi religión refuerza mi pensamiento, mis amigotes son todos machos de amplia barriga (también hay secos bestias), ¿existe así posibilidad de cambiar mis paradigmas? Lo dudo, será hasta que alguien, llámese una lectura, una crisis existencial que permita encontrar otro tipo de amistades, otras personas, algún programa televisivo, me hagan cuestionar mis creencias. En definitiva, hasta que una posición antagonista a la mía me haga reflexionar y, por ende, evolucionar. Los procesos de aprendizaje en las escuelas deberían ser revisados, para permitir a los niños y niñas cuestionarse sus conocimientos adquiridos. Siempre, toda la vida, en constante aprendizaje, en constante contraste de nuestros paradigmas.

Ahora bien, será difícil, por no decir imposible, alcanzar semejante objetivo si la otra persona me está agrediendo. Será muy muy difícil que pueda encontrar en sus argumentos alguna verdad, algo de lo que pueda apropiarme. Y hay acciones que hacen crecer este tipo de barreras. Se le conocen de varias formas: polarización, intolerancia, desprecio, en definitiva, muros intelectuales, de pensamiento.

¿Son muros los que necesita nuestra altamente intolerante sociedad? ¿Es así como la sociedad salvadoreña alcanzará niveles cívicos, al menos soportables? No nos engañemos, la crisis de educación e intolerancia campante en nuestras ciudades, si bien es una cuestión endémica existente en muchas de las sociedades Latinoamericanas y mundiales (quien ha tenido la oportunidad de viajar sabrá a lo que me refiero) tiene sus raíces en la falta de empatía, en la polarización que existe en la cabeza de las personas. El pito y la respuesta, el chiflido, es simplemente otro tipo de ladrillo, un cemento del tipo mortero, que simplemente hace más grande el muro de la polarización.

Quien en esta coyuntura pita, argumenta, principalmente, que lo hace porque el pueblo se muere de hambre, porque no solo se muere de COVID-19 sino también de hambre. Esta persona debería haber escuchado la homilía del Papa Francisco el 14 de mayo: en los primeros 4 meses del año, 3.7 millones de personas murieron de hambre en todo el mundo. Casi el número de contagiados por COVID-19 hasta mediados de mayo. Dónde estaba esta indignación por esta pandemia, la pandemia del hambre. Bueno, es que solo interesa la pobre desesperación de quien tiene hambre en El Salvador. Pues bien, hablo desde mi realidad, yo no he escuchado mis vecinos de los sinuosos caseríos, la gente pobre y por tanto la más vulnerable y en riesgo de esta otra pandemia, pitando sus vehículos. Ni tienen. Pero sí tienen cacerolas, u otro instrumento ruidoso para hacerse oír. Pero no lo hacen.

Se argumenta que se hace porque se está en contra de las políticas gubernamentales. No seré yo un defensor de este que me parece un nefasto gobierno. Pero, este no es el momento de protestar de esta manera. Si una ley se considera inconstitucional, pues hay mecanismos para denunciarlo; si un familiar está varado, se busca la forma de ayudar. Con pitos no se repatriará. Ni de bocinazos se llena la barriga. Ciertamente no se puede generalizar, pero es necesario un marco de mínima pauta de comportamiento.

En realidad, en la mayoría de casos, creo que básicamente quien pita es porque ha tenido suficiente con la cuarentena. Porque, a pesar de que sigue recibiendo su salario, está harto de estar en casa y quiere salir. Es incapaz de mantener cívicamente una política que intenta disminuir la agresividad del contagio. Por qué, porque sí. Porque no soporta estar consigo mismo. Punto.

Pues bien, finalizo con esta reflexión. El virus tiene una tasa de mortalidad muy baja, pero usted está seguro o segura de que no se contagiará. Si se llegara a contagiar y, sabiendo todas las complicaciones de salud que han habido, de cómo está bien documentado que la enfermedad afecta no solo los pulmones sino ataca órganos tan importantes para nuestro buen funcionamiento como el páncreas, está segura de que usted saldrá bien librada. Y si está en el rango del 80% que es asintomático, está seguro de que, teniendo el virus y felizmente sentir cero complicaciones, no podrá contagiar a algún familiar que pueda pertenecer a lo que llaman grupo de riesgo (personas mayores, hipertensas, diabéticos, etc.). No le parece que, por el momento entonces, es mejor mantener la calma, dejar de pitar, criticar sí, jamás se debe dejar de ejercer el noblísimo derecho a criticar al poderoso. Más si es una persona con ínfulas autoritarias y mesiánicas. Principalmente si, como este gobierno, lo está haciendo tan mal.

Su protesta hecha de esta manera, inteligente, serena, poderosa, derribará, ladrillo a ladrillo, muros, conquistará corazones. Quién quita, transforme los chiflidos de mi intolerante, misógino e ignorante vecino, en un bello “tiene razón”. O qué tal que usted pueda llegar a cambiar su paradigma y, así, evolucionar y convertirse en mejor persona. No le parece mejor idea que gastar su ya angustiada batería vehicular.

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Adonay Molina
Colaborador
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