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Pestalozzi

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Tenías frescas las imágenes oníricas como óleos en el subconsciente, en el sueño te mostraba el departamento en la Calle de José Enrique Pestalozzi de la Colonia del Valle que compartieron de roomies cuando eran universitarios junto a dos salvadoreños, dos mexicanos, un ecuatoriano y un hondureño

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Por Gabriel Otero


Para Mario, Fernando, Carlos,

Tomás, Beto, Arturo y Rogelio (In memorian)


Arribaste a la edad de las sorpresas, al tiempo de los nunca, cada vez que bajas las escaleras te truena la rodilla izquierda como matraca, te causa temor irte de bruces, siendo realistas no tienes de que quejarte, salvo eso y la presión, a veces se te olvida tomar la pastillita, eras feliz hasta que el cardiólogo te las recetó. Y pensar que en un magnífico enojo de esos que hacen rebalsar la bilis se te disparó la tensión y ahí te diagnosticaron como hipertenso.

Hoy te despertaste alterado, a estas alturas cuando un amigo se aparece en tus sueños obedece a alguna extraña premonición, él fue el artífice de que cambiaras de rumbos en esta gran ciudad, de los millones de personas que usan a diario el metro te lo encontraste en la estación División del Norte, habían sido compañeros en el Liceo Salvadoreño y tenían un lustro de no verse, las casualidades son gratas de vez en cuando.

Ese encuentro sucedió una tarde de abril hace 36 años pero ¿por qué soñaste con él? Tenías frescas las imágenes oníricas como óleos en el subconsciente, en el sueño te mostraba el departamento en la Calle de José Enrique Pestalozzi de la Colonia del Valle que compartieron de roomies cuando eran universitarios junto a dos salvadoreños, dos mexicanos, un ecuatoriano y un hondureño.

Recuerdas todo, el desbordante entusiasmo al comentarle a tu hermana, con la que vivías, que te encantaría mudarte y ella te apoyó y visitaron el lugar. La alfombra de la que sería tu recámara tenía un par de manchas que parecían de vino tinto y tu hermana resolvió llamar a un exiliado y pagarle para que la limpiara. Décadas después supiste, por asociar nombres y apellidos, que dicha persona era el papá de un exvicepresidente de tu país, pero eso no tenía ni tuvo relevancia alguna, el caso fue que utilizó litros de agua y un kilo de detergente y aquello terminó siendo un lago espumoso con el fondo rojo y no te pudiste cambiar el día que estaba previsto y hubo que contactar a una compañía especializada para corregir el desastre.

Y al fin llegaste a Pestalozzi con tu colección de libros y viniles y un estéreo con cuatro bocinas para apoderarte del dicho de que quien pone la música es el alma de la fiesta. Te apodaron “El Niño” por tu edad y apariencia. Casi todos los habitantes del departamento eran estudiantes de ingeniería, salvo uno que se convertiría en doctor y tú que eras aprendiz de escritor y estudiabas literatura, los otros dos trabajaban en la compañía de petróleos y en una empresa de sistemas. Las edades de todos oscilaban entre veinte y treinta años.

La ecuanimidad de tu amigo Mario representaba el balance entre personalidades variopintas, su hermano Rogelio “Aquanosthas” era simpático y terco como las mulas, por mucho que se discutiera con razones, él no se movía un ápice en sus posturas y así fue hasta su fallecimiento. Fernando “El Foyo” nació despreocupado en la mitad del mundo y las sospechas generales lo señalaban como el delincuente que sustrajo el salvavidas de un avión comercial, ese que se exhibía cual trofeo en la pared de uno de los baños del departamento.

Carlos “El Doctor” coleccionaba mujeres de todas las apariencias y sabores, hacía malabares para que no se encontraran entre ellas. Arturo, no tenía ningún sobrenombre, dormía con una visera puesta para no alterar la forma de su corte de cabello y estaba obsesionado con la limpieza de su carro y el olor a vainilla. Beto personificaba el silencio y la mesura y junto a Tomás vivían en el cuarto de la azotea, este último estaba casado con una de las hermanas de Arturo. Ellos, los mexicanos, eran los más tranquilos.

Entre lunes y jueves casi todos frecuentaban la Fonda Hipocampo que quedaba a dos calles y bebían Toritos, los viernes se estilaban las fiestas en el departamento y los sábados jugaban basquetbol en las canchas de la contra esquina, echaban el bofe y los otros equipos les pegaban unas arrastradas de antología, aun así, se divertían. La fraternidad de los locos era absoluta. Les encantaban los juegos de mesa y las cartas. Tenían muchas amigas que se apoltronaban a cualquier hora en los sillones de la sala y en las sillas del comedor bajo cualquier pretexto. También llegaban otros visitantes regulares como Alejandro y el pelo liso.

El ambiente era muy ruidoso, tus bocinas tenían cables de diez metros por lo que se podían colocar a distancias considerables y cada uno ponía la música con la que se identificaba, a Mario, Arturo y Rogelio les encantaba bailar salsa y Fernando y tú la detestaban. A su vez, a ustedes les gustaba él rock y el New Wave y eran especialistas en interrumpir a cualquier fiesta con el frenesí caótico de Led Zeppelin.

En Pestalozzi llevaste una vida disipada y a decir verdad combinaste estudios e improvisación, los desvelos eran permanentes y durante el verano viajaste a San Salvador y al regresar se dio la oportunidad de montar otro departamento junto a tu hermano que venía de Monterrey.

Colmado de memorias matutinas tomaste el celular y le mandaste un mensaje a Mario, por la noche te contestó afirmando que estaba bien. Menos mal, no te agrada para nada irte despojando de todos tus amigos y conocidos, gente a la que estimas y en algún momento te quisieron.

Le tienes terror al olvido.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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