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domingo, 05 de diciembre del 2021

Pensar y practicar la polí­tica

En el Centenario de la Revolución Rusa y la muerte de Todorov.

Echarle la culpa a los sistemas de pensamiento por las malas prácticas polí­ticas y económicas particulares es un error mecanicista común en intelectuales y activistas. Igualmente lo es culpar a estas prácticas de no aplicar correctamente los sistemas de pensamiento. Pensar la polí­tica y practicarla son dos universos diferentes, si bien ambos se interconectan indisolublemente. La clave para elucidar hasta donde un sistema de pensamiento polí­tico funciona, y hasta dónde las prácticas polí­ticas se sitúan a la altura o no alcanzan al sistema de pensamiento que las inspira, está en el “análisis concreto de la situación concreta” y no en recetario abstracto alguno.

Estos desencuentros entre sistemas de pensamiento y prácticas polí­ticas ocurren de manera sonora con el marxismo respecto del socialismo soviético y, antes, con la Ilustración respecto del colonialismo y sus desastrosas consecuencias, las cuales seguimos sufriendo en Asia, ífrica y América Latina. Cuesta entender que el régimen soviético no es sinónimo de marxismo y que éste tampoco es una receta polí­tica infalible que garantiza la felicidad de todos, entre otras cosas porque el marxismo es un método para explicar cómo funcionan la sociedad y el poder en la historia, así­ como una guí­a para la acción polí­tica en favor de las mayorí­as, y el experimento soviético fue, primero, un intento de aplicar el marxismo a la polí­tica mediante un Estado proletario y, después, un aparato burocrático-defensivo frente a la agresión fascista e imperialista. Menos se entiende que la aplicación leninista del marxismo no fue mecánica, puesto que Lenin le enmendó la plana a Marx en cuanto a que el proletariado industrial tendrí­a el liderazgo de la revolución en las sociedades capitalistas más avanzadas. No siendo Rusia un paí­s capitalista, Lenin inventó la “alianza obrero-campesina” y así­ aplicó las ideas de Marx para revolucionar a una sociedad que no salí­a del feudalismo, a fin de hacerla entrar en la era socialista. Esto fue sin duda una apropiación creativa de las ideas de Marx, y no un seguidismo dogmático. Lo cual es congruente con el marxismo. Lo impropio es acatarlo como un dogma religioso, pues se trata nada más ―y nada menos― que de un método y una guí­a para la acción creativa, pautada por el “análisis concreto de la situación concreta”, que fue como Lenin definió y practicó el marxismo.

El recién fallecido pensador búlgaro Tzvetan Todorov razonó que el proyecto colonizador se valió del ideario de la Ilustración para justificar sus crí­menes, pero que fueron las ideas de la Ilustración las que sirvieron para combatir el colonialismo. En otras palabras, un sistema de pensamiento se puede usar para realizar prácticas polí­ticas y económicas que contradicen su ideario. Por tanto, culpar a la Ilustración por el colonialismo es tan mecanicista y ramplón como culpar al marxismo por el “socialismo real”. Y con esto no se quiere decir que la Ilustración y el marxismo sean recetas infalibles ni mucho menos. Son sistemas de pensamiento sujetos a crí­tica, sí­, pero a una crí­tica capaz de relativizar históricamente sus orí­genes, sus desarrollos y las consecuencias de haber sido puestos en práctica. Y aquí­ tampoco cabe el discurso esencialista de que ni el marxismo ni la Ilustración nos sirven por eurocéntricos. Si somos creativos y audaces para realizar los inaplazables cambios que necesitamos, nos sirven ambos (y otros saberes más).

Sitio web del autor, aquí­.

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