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lunes, 06 de diciembre del 2021

Pensamiento filosófico fundacional en la obra de Roque Dalton (Parte II)

"Es hermoso considerar al poeta como un profeta. En sí­, tal consideración es un acto poético en que el creador de los poemas se nos aparece oteando desde los altos montes al porvenir de la humanidad"

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Lo que quiero compartir son cosas que he venido afiligranando y puliendo a través de una vida que ahora se alegra de dar testimonio de ser un pulso en torno a la creación estética, a pesar de las vicisitudes personales que en nada se asemejan a las que Roque enfrentó. Sustancialmente, en mi obra ““que es un pie de página en comparación con la obra monumental de Roque- yo hablo de otras heridas y de otras alegrí­as, del dolor que padecemos muchos por el terruño todaví­a enfermo, inmerso aún en los problemas de la ergástula, enajenado, y está, por supuesto, el mar de los sargazos que es el exilio. En esas condiciones, el mejor homenaje a Roque es estudiar su obra no para imitarle, sino para partir hacia nuevos horizontes desde esa obra, sin obviar la influencia, pero sin tornar lo propio en un objeto verbal derivado o en simple, choteado calco. Al menos para mí­, en poesí­a, Dalton es el epí­tome y el espí­ritu más claro de la entrega y abnegación que un hombre de letras le rindiera a la causa de la justicia social en El Salvador. Inspirados en su ejemplo surgieron otros que también ofrendaron sus vidas arando sobre el mar. Pero su ejemplo es único, extraordinario, original en el paisaje literario del siglo XX. Por eso propongo hacer un giro drástico para desplazarnos a ésta otra parte del diálogo con entusiasmo, y a través de ciertas preguntas que nos darán pie de entrada hacia la elucidación de mutuos descubrimientos. Una, la primera de esas preguntas fundamentales es: ¿Para qué sirven los libros de éste poeta seminal? ¿Qué significan los ensayos, los libros testimoniales, la novela, su monografí­a de El Salvador, las crí­ticas de arte y los poemas de Roque Dalton para el escritor salvadoreño que le sucede?

Para mí­, a rajatabla yo tengo que en su conjunto, en su corpus literario, la escritura de Roque Dalton sirve para aprender cómo se emplaza un nuevo impulso poético y creativo, un abre-caminos que hace vanguardia emprendiendo así­ una lectura diferente de la realidad nacional y mundial. En los dilemas y problemas que se propone resolver ese potente cuerpo literario y poético queda cifrada una época, y se proyecta una visión crí­tica de la estética del agente de cambio, cribada anatomí­a del poema ““por naturaleza- dado que surte de un escritor desafiante del paradigma mundial y nacional en boga. Eso fue ayer, es hoy, y será mañana. Sus asesinos únicamente desaparecieron aquella “isla de carne y hueso” que contení­a la efervescencia de su espí­ritu, pero la laya de su espí­ritu y sus señalamientos siguen acá, vigentes en el corazón de las nuevas generaciones de artistas salvadoreños dentro y fuera del paí­s; es decir, lozano y redivivo sigue nuestro Roque Dalton. Y es que ahí­ está el hombre, rigurosamente escéptico, por primera vez y para siempre en el registro de las letras salvadoreñas, decidiendo afianzar bien su obra sobre inspiraciones fundamentales. A Nietzsche por ejemplo le tocó decir, en Ecce Homo, “¡Sí­! ¡Estoy consciente de dónde es que vengo.” Roque en cambio dice: “¿Cuál será nuestro rostro? ¿Cuál será nuestra heredad? ¿Cuál será nuestro alimento? ¿Cuál será nuestra palabra? ¿Cuál será nuestro destino? ¿Cuál será nuestra fe? No somos guardianes de esos grandes anhelos”¦ somos un pueblo joven. Y esa aparente tristeza es una forma de dignidad.”  Hay un impulso ético, reivindicador en su obra que aborda aquello que a Otto René Castillo dolí­a tanto: “Cuando se ha visto transitar el hombre en sentido contrario/ Cuando se ha temblado dentro del vientre de la madre/ sin conocer aún el aire, la luz, o el grito de la muerte/ Cuando eso nos sucede no lloran los ojos/ sino la sangre humana y lastimada”. Dicho de otro modo, estamos frente a un individuo que crea aplicando una estética y una filosofí­a de la liberación, y así­ se echa de bruces al vací­o, a la expedición de surcar toda la bazofia oficial histórica, occidentalizada, colonizadora, que hasta el momento diáfano en que al fin entra en conciencia de lo suyo, era el pan nuestro de cada dí­a en aquel sistema de injusticia y de opresión que mantení­a sumiso al pleno de la sociedad salvadoreña. ¿La recompensa por la hazaña? ¿La pepita de oro? Poder decir con todos los poderes telúricos de su sabia: “Discúlpame poesí­a por haberte hecho entender que no estás hecha sólo de palabras.” O aquel otro apotegma, hallado quizá en las mazmorras de alguno de sus cautiverios: “La poesí­a es como el pan/ de todos.”

En su poema “Todos” Roque insiste que es un secreto a voces el presentimiento que todos los salvadoreños hemos nacido medio muertos a partir de 1932. Ese descubrimiento lo obsesionaba y crea una duda amenazante al centro de su ser, acaso “glauca” la denominarí­a él. Esa duda era lezna, corto-punzante, y sigue rediviva aún hoy entre nosotros, y se plantea de la siguiente manera: ¿Es la realidad nacional una realidad verdadera o hemos nacido siendo presas de una de las mayores farsas o estafas en la historia de América Latina? ¿Es, en esencia, el “Estado” salvadoreño (más que una fachada) el principio generador de una hí­per-realidad esclavista, siniestra, miserable, embrutecedora? Yendo a la yugular del asunto ¿es el estado salvadoreño, desde la época de la independencia hasta hoy, el foco infeccioso que se sirve de y disemina una mentalidad colonialista?

Uno lee, por ejemplo, toda la poesí­a española de la generación del 27, y toda la poesí­a posterior a esa generación, y uno rápido cae en la cuenta que España está en crisis. Tanto los poetas de adentro como los del exilio, desde el 27 hasta la caí­da de Franco, nombran el problema de la represión y el fratricidio en su valiente poesí­a desde que la crisis se vení­a gestando, mientras sucedí­a, y a través de sus viajes de Gólgota hasta bien entrada la década de los setenta. En El Salvador, en cambio, dada la estela de represión que dejó en la memoria del pueblo cada lucha reivindicativa y La matanza, toda nuestra literatura adolece de costumbrismo y folclor con el agravante que el ideario promulgado en ella es el de las entelequias. Los paisajes no son reales, los campesinos no son reales, ni sus costumbres ni sus aldeas, ni sus machetazos ni su bucólico contento. Apoyándose sobre el fonólogo, la prótesis, la epéntesis o la paragoge estas obras en verso y en prosa hacen su tarea de inculcarnos nuestra inferioridad con sus inacabables jarras de chicha, el aguardiente pleitista, los raptos con estupro, los robos, el cuatrerismo, los “cinco mil pesos” una fortuna (como en Jaraguá) hasta derruirse en tragedias, por un lado. Por el otro lado, tenemos el idioma zen de una naturaleza primigenia, con aves de fuego y mariposas de obsidiana que vuelan sobre serpientes de oro en las mansiones del dorado. La omnisciencia castiza pinta muñequitos de barro, y los mueve mágicamente en esta literatura hechiza, haciéndonos obviar a todos la mar de sangre que pulsa en el suelo de nuestra historia, insertándonos a todos en una suerte de connivencia idolátrica, caudillista hacia el dictador en turno, muy a despecho de su abismática presencia en todo. En esas estábamos cuando aparece la obra de Roque. Roque apunta bien a sus enemigos ideológicos, a los de la mera mata. “Toda piedad aquí­ es cruel si no incendia algo” dice en uno de sus poemas. A ver: acendremos aún más nuestro impulso y revisemos algunos ejemplos del pensamiento europeo del siglo XIX que se convierten en fuente y cátedras de la visión de la realidad y la historia para nosotros acá, en Centro América, en el mero corazón de la periferia.

Hacia 1817, en su Historia de la Filosofí­a decí­a Hegel, el hombre fuerte del pensamiento de tiranos como Maximiliano Hernández Martí­nez: “El hombre es libre, cierto es que ésta es la substancia fundamental del hombre, y yendo más allá, dicha libertad no está supeditada al Estado, pero es en el Estado que en esencia y en principio se realiza.” Aquí­ entramos a la parte contenciosa del asunto, (prosigue el padre de los modernos nacionalismos) “La libertad silvestre, la de la naturaleza, el regalo de la libertad, no es algo real, porque el Estado es la primera realización fundamental de la libertad. “Si leemos bien entre lí­neas, podemos inferir que el Estado es la primera y la última instancia donde se otorga y se recibe la libertad. La pregunta a resolver es, ¿qué clase de libertad? ¿Y qué decir de la paz, de la justicia social? En 1821, el mismo año en que se declara y firma la mal llamada Independencia de Centro América, Hegel escribí­a en su Filosofí­a del derecho: “El Estado es la realidad concreta de la Idea (platónica) de la ética.” Más tarde, en “La Filosofí­a del Espí­ritu,” que data de 1830, Hegel también dijo: “Aunque el estado se origine en la violencia, no descansa en ella. La violencia, al producir al Estado, ha generado únicamente lo que es justificable en sí­ mismo, o sea, las leyes y una constitución.” Por si todo eso fuera poco, hay una aseveración todaví­a más racista y avasalladora (ella data del año 1837, y se encuentra en el libro Cátedra sobre la Filosofí­a de la Historia) Roque a través de toda su obra dialoga con ella principalmente, y es la siguiente:

“La historia universal viaja del Este hacia el Oeste, dado que Europa es el fin Absoluto del proceso histórico, tanto como Asia es el principio. La historia universal tiene un Este absoluto, a pesar de que el término “Este” es de carácter relativo, porque a pesar de que el mundo es una esfera, la historia no se mueve en forma circular alrededor del mundo, pero demuestra que tiene un extremo Este bien definido, en éste caso queremos decir Asia. Es en esa región del mundo desde la cual el sol fí­sico y externo sale, y se pone cada dí­a en el Oeste; pero es en el Oeste [entiéndase, “Occidente”] donde éste astro asciende a su plenitud dado que se transforma en el sol interno de la conciencia individual, que emite un fulgor más alto.”

Habla, por supuesto, de los efectos de la luz solar sobre las virtudes de la dialéctica del pensamiento filosófico alemán. Meditemos. Si la historia universal nace en el oriente y se direcciona como un rí­o inexorable hacia el Mediterráneo (para culminar y dar su mejor luz, sus mejores frutos en Europa) entonces sólo queda, naturalmente, que América no es sino una continuación de esa historia superior y afiligranada que es Europa en su antigí¼edad, medioevo, y modernidad. Así­ lo insinúa Hegel y así­ lo entienden los criollos que hacen de Centro América su hacienda, a través de los trucos fetichistas que conforman su independencia de España durante la última etapa del siglo XIX . En este esquema, en éste planteamiento tan bien macerado en la intención de adueñarse de nuestros paí­ses, la pregunta es: ¿Dónde quedan los pueblos amerindios? ¿Dónde quedan el Medio Oriente, Egipto y el África Austral, Bantú? La respuesta es sencilla y asoladora: bien arrumbaditas quedan para el justo botí­n de las diferentes casas reales de Europa y sus conquistas. América Latina, es pues, el justo botí­n de los que hacen la conquista del nuevo mundo, luego será de sus hijos, los próceres ““de cepa colonialista- y para sus herederos, los criollos actuales, de abolengo y formación colonialista.

En la página 16 del primer capí­tulo de su “Monografí­a de El Salvador,” Roque menciona  a Icelaca, una divinidad Lenca que era adorada junto a Comizahual, “El-Tigre-Que-Vuela,” en uno de los panteones mitológicos de El Salvador prehispánico. Icelaca se caracteriza por ser aquella divinidad “de dos caras que interpretaba el pasado y advertí­a sobre el porvenir.” En ese enigmático sí­mbolo Lenca, entrañablemente certero, abridor de conciencias, está centrada la mí­stica y la vigencia de la obra filosófica y literaria de nuestro poeta “comunicante” por antonomasia. Como muchos otros escritores salvadoreños en el exterior, ahí­ encuentro yo el germen, la lucha iniciática, el esplendor de una vida y una obra alucinantes con ese aparatoso fin monstruoso, sórdido, desimaginante que sufre el Roque fí­sico. A través de su Monografí­a Dalton dialoga abiertamente con los apologistas y promotores de la filosofí­a de Hegel, que tiene por dí­namo y categorí­a absoluta “La Fuerza”, y a quienes por aferrarse a la doctrina del “manifestdestiny”  Dalton cataloga como “historiadores burgueses y antinacionales de El Salvador,” amaestrados “por la presencia enajenante y deformadora del imperialismo norteamericano y de la oligarquí­a criolla.” En este trabajo Roque deja planteado que lo suyo será “un medio de ahondar en el problema de lo nacional y de darles bases de tradición a muchos aspectos de la lucha por la independencia definitiva del paí­s.” No cabe la menor duda: la de Roque Dalton es una estética que pondera y promueve la liberación del ciudadano salvadoreño que nace y crece inconsciente de la ergástula en que vive, esa superestructura creada y blindada por fuerzas ocultas dentro de la historia misma del paí­s para beneficio perpetuo de unos cuantos. Esta condición de inexorable ergástula con eficiencia ha sido inyectada en la identidad del salvadoreño, ¡ah! pero su destrucción viene enmarcada en el contexto de una ola más grande, una limpieza más amplia que era, de acuerdo a las apreciaciones del mismo Roque, el inicio de una nueva historia, de una meta-historia que estaba al alcance de sus manos como posibilidad real, no abstracta , y que está por hacerse con el impulso de “las filas de los grandes elegidos y de los iluminados cotidianos” de la humanidad, a saber: la clase obrera y el campesinado hábilmente organizado en su vanguardia. Esa ola es la Revolución Latinoamericana. Por eso contundentemente escribe:

“Es hermoso considerar al poeta como un profeta. En sí­, tal consideración es un acto poético en que el creador de los poemas se nos aparece oteando desde los altos montes al porvenir de la humanidad y señalando los grandes caminos. Yo prefiero, sin embargo, ubicar al poeta más como escudriñador de su propio tiempo que del futuro”¦”

Y más categórico se pone cuando proclama:

“Honor de poeta revolucionario: convencer a su generación de la necesidad de ser revolucionario hoy, en la época dura, la única que da posibilidades de ser sujeto de epopeya. Ser revolucionario cuando la revolución ha eliminado a sus enemigos y se ha consolidado en todos los sentidos puede ser, sin lugar a dudas, más o menos glorioso y heroico. Pero serlo cuando la calidad de revolucionario se puede premiar con la muerte es lo verdaderamente digno de la poesí­a. El poeta toma entonces la poesí­a de su generación y la entrega a la historia.”

En la concepción estética y filosófica de Dalton La Historia es, pues, la montaña sagrada donde yacen el agua y los dones que benefician a toda la comunidad asentada a su alrededor. Su escudriñamiento, redescubrimiento y justa, poética memorialización de ella es la dialéctica subyacente a través de todo un impulso creativo que da como fruto un corpus literario original y cervantino a la vez, universal. Escalar esa montaña y ser su cartógrafo mientras se conquistan sus cumbres en fraternidad con el resto de los oprimidos y vilipendiados de América es la más útil y perdurable labor de la poesí­a en la mí­stica daltoniana. Por ello ruptura y tradición; amistad y enemistad con el ego; egoí­smo y solidaridad; caos y armoní­a en el universo que nos engulle y desgasta son palabras vitales que empecinan al poeta. Con su claridad, convicción y coherencia, con su disciplina y su constante crecer intelectual y estético Roque Dalton nos demuestra que el poeta es el epí­tome, el maestro de la ruptura y que también puede ser la nueva visión que surte desde esa ruptura. Sin cotejar consecuencias se sitúa ante los insólitos cicloramas de su realidad, y una y otra y otra vez no deja de asomarse al alma que late debajo del mundo, debajo de la humanidad propia y la ajena puesto que está convencido que él mismo, y el conjunto de personas que participan con él en la lucha continental por la liberación de su paí­s, son la luz y los matices que asumirá o descartará para la composición de sus poemas. “La soledad es, pues, una mentira muy útil.” Ha dicho también”¦”La única organización pura que va quedando en el mundo de los hombres es la guerrilla. Todo lo demás muestra manchas de pudrición” sentencia que brilla en Taberna y otros lugares.

Por eso Eros y Tánatos; dicha y desdicha; perennidad y fugacidad; apego y desprendimiento; partir y quedarse, lo sacro y lo profano, fraternidad universal y fratricidios pormenorizados. O sea, paradoja, paradoja, pérdida, fenecimiento, ilusión vivida, ilusión perdida, suma, desmembramiento existencial, pí­rricas u opulentas avenidas que conllevan al contraste. Su portentoso éxtasis y gula por la vida, su ostensible alimento en sí­ crece por sobre las flores y hierbajos de la miseria y a pesar de lo nimio en ese magro panorama que a través de la palabra viva  busca transformar. Por si eso fuera poco, su compromiso y consagración cobran tetravalente vigencia desde el ánimo y la caricia del pan espiritual que para él representa el nudo gordiano del ser amado, en todas sus concepciones. Ahí­ están los “Poems in law to Lisa,” “Aí­da: fusilemos la noche,” “Desnuda,” “Pequeña oda para retenerte,” etc. Todo eso lo todaviiza en un atado de voces y registros, acaecimientos que conforman una atmósfera de mundos evolutivos que compiten por llegar ““cual margarita emocionante- a un mismo plano, en busca siempre del amor y la libertad, o acaso sea a la inversa. ¿Quizá la invectiva daltoniana trata de llegar a la libertad total a través del amor? Ese es su régimen y su estructura polivalente. Por ende desde sus lí­neas perdurables la poesí­a de Dalton nos fisgonea, y a sus detractores por siempre imprecará cuando enuncia:

“Mófense de mi sabidurí­a repentina

de mis estertores frustrados en cada sorbo de aire

sólo los acostumbrados a la magia baldí­a

sólo los capaces de danzar en el polvo

sólo los grandes desalojados

conocemos y entendemos los vericuetos

de éste glauco minuto.

Es que para esta fecha de aullido

estábamos tan sólo predestinados

sólo para llegar a ella nacimos

y no cabe en nosotros la tregua

sino el agotamiento del negro deber

Danzad dancemos con la tibia llama

todo lo sé me duelo de saberlo

tanto amor en el pecho me atormenta

danzad dancemos con la tibia llama

La más ignota duda desentraño

la más robada lámpara consigo

el dí­a más perdido reconquisto

danzad dancemos tiemblo de rocí­o.

__
Ponencia presentada el dí­a miércoles 15 de febrero de 2017 en el marco del XIII Festival Internacional de Poesí­a de Granada, Nicaragua, en la MESA REDONDA SOBRE LA VIDA Y OBRA DEL POETA SALVADOREí‘O HOMENAJEADO ROQUE DALTON. Convento San Francisco, Salón de los Arcos.

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Ario E. Salazar
Colaborador
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