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martes, 11 de mayo del 2021

Pensamiento filosófico fundacional en la obra de Roque Dalton (Parte I)

"Dalton es un Orfeo del siglo veinte que bajó, para no regresar, a los infiernos de una ética trastornada que debiéramos desterrar"

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"Pienso en esas grandes olas de profundidad dentro del tiempo que cambian el significado de las palabras”¦ Fragmentos así­, de una vida que un tiempo fuera plena, fragmentos desordenados, muy cerca de nosotros, nuestros por un instante, y después misteriosos e inaccesibles como las lí­neas de una piedra esculpida por las olas, o de una concha en las profundidades.” 

Giórgos Seféris, Delfos. 

<<Por muy cenegado que el pasado permanezca entre ansias de libertad (propósito fallido, sandez o locura sórdida, sediciosa) no cabe duda: embalsamado seguirá, fiel a toda su desesperanza. Fútil y vanidoso es pensar lo contrario. ¡Hombre! Es más: ningún revisionismo histórico, ni mucho menos una acicalada reinterpretación de paradigmas podrá resucitar lo que en esencia yace allá, fétido, muerto. Estás loco si piensas que luego, muy antojadizamente, lo vas a enderezar todo tú solo por otro camino. No hay credo religioso ni ideologí­a capaz del milagro o del sortilegio>> O sea la polí­tica de nuestro paí­s, su identidad cultural, el mitema de su organización social y catolicismo: un todo asentado sobre represión y chicotazos. En esos términos, más o menos, podemos resumir el status quo de los dueños de una finca que se llamaba El Salvador a la hora en que aparece un tal Roque Dalton por esos lares. A través de todo el Siglo XX, así­ de ferruginosa ha sido la lí­nea de pensamiento y acción de las dictaduras fascistas y oligárquicas del paí­s, logrando adoctrinarlas capas sociales de El Salvador en sus muy castizas aulas educativas.

En muchas culturas se dice que la luz de los astros que alumbran durante el nacimiento de cada persona  dictamina la ruta de esas vidas marcadas para su grandeza espiritual o sus tragedias. Nosotros acá no nos dejaremos seducir por esa astrologí­a judiciaria, y diferiremos de esa lí­nea intuitiva para desbrozar nuestro camino entre las junglas de la historia, en su sentido más amplio, porque es en la historia y en el intento vanguardista de hacer otra historia donde hallamos las claves del fenómeno prodigioso y extraordinario de la vida y la obra del poeta que en este encuentro conmemoramos.

Roque Dalton nació el 14 de mayo de 1935, el mismo año que en Viena Edmund Husserl hablará de las contribuciones hechas al pensamiento griego por las vertientes filosóficas egipcias y babilónicas en una conferencia denominada: “La filosofí­a en la crisis de la humanidad europea.”  Es también ese el mismo año que en España Franco es nombrado Jefe del Estado Mayor Central[1], y en El Salvador, tres años atrás el régimen genocida-dictatorial de Maximiliano Hernández Martí­nez habí­a perpetrado “la espantosa masacre del año 1932, en que fueron asesinados”¦ más de treinta mil campesinos y obreros en menos de un mes.”[2] Hechos de los cuales dirá el mismo Roque en una de sus obras seminales, “El Salvador: Monografí­a,” los intelectuales de la época no hallarán qué decir y “los profesores de historia e historiadores se cuidan mucho de incluir en sus cátedras o en sus textos.” Aunque a primeras luces no sea lógico hablar de ángeles” para definir al duende estético  del poeta que nos ocupa (un procaz y desenvuelto comunista latinoamericano, evidentemente desgarrado entre las contradicciones del materialismo dialéctico y la mí­stica humanista-religiosa), lo que sí­ podemos decir de Roque Dalton es que tení­a un espí­ritu libre, curioso, perplejo, inquieto, ingenioso, que lo propulsa a volverse doloridamente ecuménico al entrar de lleno (con su potencia intelectual) a la grave herida histórica que representa aquel baño de sangre del cual quedarí­an muy pocos sobrevivientes, entre ellos, el emblemático Miguel Mármol. La represión fue a mansalva, y dirigida al campesinado indí­gena salvadoreño. En Praga, en el año 1966, Mármol  le hace entrega de un legado testimonial a Roque que hoy sin duda podemos entrever como una obra cargada de un gran valor literario e histórico, caracterí­sticas que lo transforman en un nuevo clásico de referencia para nosotros, los salvadoreños.  Es de rigor esa lectura. Esa larga entrevista con uno de los pocos sobrevivientes queda magistralmente convertida en el memorial de una etapa de la lucha por la liberación nacional, y está dedicado a las futuras generaciones del paí­s en el libro homónimo, Miguel Mármol, publicado originalmente en Costa Rica en el año 1972. Por eso hablar de Roque ““tanto en el paí­s  como en el exterior- es desmadejar el andamiaje de la desesperanza con la que los brutos nos han querido cocer. Roque es alguien testarudamente  empeñado en ir siempre a contracorriente. En su talante poético es una de “esas grandes olas de profundidad dentro del tiempo que cambian el significado de las palabras”, como dice el gran poeta griego Seféris. Hablamos de un muchacho devorador de libros, erudito, brillante, educado por jesuitas “que le hacen perder la fe” y que halla en el estudio del derecho, en el estudio de la historia nacional, y en su aprehensión del Marxismo las claves para emprender una de las travesí­as estéticas (estéticas por sobre todo), existenciales, intelectuales e ideológicas que aún hoy sigue sin parangón en las letras de El Salvador. Razón tiene Huezo Mixco al decir de él:

“Dalton es un Orfeo del siglo veinte que bajó, para no regresar, a los infiernos de una ética trastornada que debiéramos desterrar. Pocas literaturas pueden darse el lujo de tener un mito como el suyo”¦ Para desentrañar la historia de su muerte se requiere de una máscara antigás, como la que él mismo propuso para ingresar en los palacios de la Iglesia.”[3]

Dalton es un Poeta rebelde, vanguardista, paradójico, mordaz, intimista, maestro de una contagiosa energí­a irónica, saltimbanqui medular en pos siempre de hacerle un corazón de esperanza y alegrí­a al futuro de todo un pueblo,  a despecho de las amenazas y gambetas del inhóspito presente que le tocó sortear y vivir. “Mi verdadero conflicto hondureño-salvadoreño” dice en su poema “Guerra”, “fue con una muchacha.”  O en uno de sus refranes ironiza: “Bueno es Dios, que no nos ha matado.” O en “Por qué escribimos” barrunta:

                “Uno tiene en las manos un pequeño paí­s,

                horribles fechas,

                muertos como cuchillos exigentes,

                obispos venenosos,

                inmensos jóvenes de pie

                sin más edad que la esperanza”¦

Uno se va a morir,

                mañana,

                un año,

                un mes sin pétalos dormidos;

                disperso va a quedar sobre la tierra

                y vendrán nuevos hombres pidiendo panoramas.

                Preguntarán qué fuimos,

                quiénes con llamas puras les antecedieron,

                a quienes maldecir con el recuerdo.

                Bien.

                Eso hacemos:

                Custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.”

Absorber a fondo las caóticas lecturas de la realidad, y sintetizar, alambicar así­, radicalmente, es quizá la más alta y generosa tarea del poeta, no obstante las limitaciones que padeció y los cataclismos en que habitó o que lo habitaban. Los juicios existenciales y los juicios espirituales que desfilan -en el descampado de la luz y el aire que abre cada uno de sus poemas-  ejemplifican  para nosotros la noción de que en el arte el ser humano verdaderamente puede enquistarse en el sagrado incendio de la libertad. En esa atmósfera donde toda realidad antes de ser palabra es semilla, el  poeta profesa la sed por una realidad más rica, más humana, más profunda sin sustraerse de la sociedad. Pasa por un desierto de calamidades y sufrimientos en lo concreto y en lo subjetivo, por los infiernillos, y eso no lo amarga, es más, a la manera de Gibrán ““que entendí­a en primera persona la relación entre el dolor y la alegrí­a- la hazaña, el ciclo heroico lo hace entrar fértil de esperanzas y ternuras a las profundidades de la tierra prometida, para luego regresar a la miseria y la desesperanza generalizadas con nuevos signos y vitales preseas. Le da en los húmeros y en los tuétanos que no claudica, y a empellones de añil y sangre va desarmando el valle de los titiriteros de la monstruosidad. Con cada fresco que arma, con cada poema entrañable arremete contra los esperpentos, contra los deformes dueños de un galimatí­as que desde siempre les ha permitido mover los hilos de lo cruel a perennidad, impunemente. En ese lenguaje donde nada es ramplón ni tardí­o (“Llegaste temprano al humor/ al ron fraterno/ a las revoluciones” le  dice Benedetti), se intuye que Roque Dalton emprendió un camino que hoy  sabemos truncado, dejado a medio andar, camino que a muchos de nosotros  nos ha tocado proseguir hoy, hoy que precisamente dadas las jugarretas de la mezquindad ideológica de sus asesinos no podemos decirle en viva persona, con alguno de nuestros abigarrados poemas: “¡Feliz octogésimo segundo cumpleaños maestro!”. (Esperamos, sin embargo, que desde la galaxia de la que nos sintoniza reciba nuestro cariño y respeto.) Esta breve acotación  sobre el impacto de su obra literaria no es la apologí­a de la manida dimensión polí­tica que mucha de la crí­tica actual asume en aras de ampliar un solo sentido de la existencia del poeta, en detrimento de las  demás dimensiones que integran la figura de un ser humano tan complejamente extraordinario dentro de la cultura centroamericana y salvadoreña. Como Masferrer, como Francisco Gavidia, como Salarrué, como  Alfredo Espino, y como sus compañeros de generación,  Roque tiene su propio nicho en el quehacer cultural de nuestro paí­s, tanto dentro de él, como en el exterior. El cometido de esta tarde es el  dilucidar sobre el menos cotejado de los Roques, el pensador, el poeta-filósofo e intérprete de la historia de El Salvador que muy hábilmente ensortijó (en las narices de ese monstruo existencial que lo vio nacer y vivir)  una obra ahora apreciada como innovadora y fundacional, sin que quepa de ello la menor duda. El crí­tico literario Saúl Yurkievich subraya lo siguiente a propósito del ingenio fundacional en la poesí­a de Vallejo:

“Vallejo no postula la ideologí­a de la creación individual. Su expansión de recursos expresivos representa una expansión de la realidad abarcable”¦ Así­, restringiendo al mí­nimo el inmenso territorio de lo indecible, ha expandido como nadie las fronteras de lo que la poesí­a puede decir.”[4]

Lo mismo podrí­amos afirmar sobre el impulso y los resultados estéticos  en la obra de Roque. Con justo denuedo podemos decir que la frase calza  y nos lleva a la altura de un don compartido entre estos dos poetas de vanguardia. De hecho, en un minucioso ensayo publicado en la Habana en 1963, Roque deja un sentencioso registro de las lecciones sacadas de sus  lecturas de Vallejo. Refiriéndose a “Poemas humanos” algo de su propio destino literario capta cuando pone al poeta peruano como “el más alto ejemplo”¦ de una poesí­a en función del hombre”¦ Solamente un hombre que además de su gran carga emocional y pasional tení­a entre las manos el oficio de poeta, los instrumentos técnicos de poeta, pudo llevar a cabo la enorme labor que significa ese libro en absoluto irreducible.”[5]

En su poesí­a que es casi siempre inmediata, epistolar, Roque habla desde la izquierda del corazón; desde una experiencia personal y sin embargo profundamente compartida con otros amigos escritores, pintores, músicos, poetas y bohemios como él con los que traficó en todas sus andanzas en el exterior. Nos hace comprender que el artista es el corazón de la aldea, y es el que interpreta sueño y pesadilla animado por los poderes de la tierra y por la altura y sabidurí­a del celaje que se forma y disfuma en las cumbres del Altépetl, la montaña sagrada que guarda el agua y los dones para la comunidad asentada a su alrededor.[6] Hasta en eso Roque es escuela. Logró la verdadera, profunda quinta esencia del espí­ritu de su tiempo ““el análisis y comprensión de sus orí­genes- y conformó con todo ello una poética erudita pero no pedante, grandilocuente. Con el humor y la sátira, como recomendaba Martí­, hizo un entramado literario que expresa una cosmovisión, y logró su cometido con cada material y herramienta que la vida le otorgó para hacerle producir una obra duradera, integral. Por eso hablar de Roque Dalton es pretender hablar entre nosotros como él, es decir, sin narices respingadas, con respeto y atención  a la experiencia del vecino, sin prácticas intelectuales monologantes, fragmentarias, chovinistas, como bien ha acotado uno de sus mejores crí­ticos, el escritor y filósofo salvadoreño Luis Alvarenga.

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[1] El año siguiente Franco traicionará a su mando, y comenzará La Guerra Civil española.
[2] Roque Dalton, El Salvador, Monografí­a. UCA Editores, San Salvador, 1994.
[3] Miguel Huezo Mixco, “Roque Dalton: un corazón aventurero.” Prólogo al Volumen III de “No pronuncies mi nombre, Poesí­a Completa.” CONCULTURA, DPI, San Salvador, 2008.
[4] Saúl Yurkievich, Fundadores de la nueva poesí­a latinoamericana, Edhasa, Barcelona, 2002.
[5] Roque Dalton, César Vallejo, Cuadernos de la Casa de las Américas 6, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963.
[6] Eduardo Matos Moctezuma, Tenochtitlán, Fondo de Cultura Económica, Fideicomiso Historia de las Américas, Serie Ciudades, México, D.F. 2006

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