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martes, 26 de octubre del 2021

Para vos nuay

—¿Y vos? ¿Vos no sos del pueblo, verdá?

—No, padre-cura; soy del valle…

—¡Hum, hum!… ¿Tus cipotes nuán venido a la doctrina, verdá?

—No, Siñor: tamos lejos…

—¡Hum, hum! Para vos nuay; para vos nuay. ¿Entendiste? Para vos nuay. Pase lotra, pase, pase…

Fragmento del cuento “Noche buena” en Cdb de Salarrué, 1933.

Vivimos en un país muy desigual, quizás por la desidia, quizás por la falta de oportunidades, quizás por la vivianada de algunos o por la avaricia de otros. Quizás lo que nos afecta más como sociedad es la indiferencia, el individualismo y las ganas de echarle zancadilla a quien nos hace sombra. Si tuviéramos una cultura de denuncia, y no el escándalo como vía de escape, los menos afortunados no se llamarían así ni vivirían en zonas marginales. Esta desigualdad se pone en evidencia cada vez que existe un fenómeno natural, una enfermedad como el dengue o ahora con esta pandemia.

“Cada uno cumple su Destino” decía Fernando Pessoa en su poema Eros e psique. Pero, ¿es eso? ¿Es acaso el destino de los pobres ser pobres mientras los ricos son más ricos? Cada individuo cumple una función social: de informar, de hacer tortillas, de dar clases, de manejar el microbús, de ser dueño del salón de belleza o de una venta de carros. Esto implicaría que existe una misma sociedad para todos, pero no lo es. Así como NYC no es Nueva York ni la Ciudad de Panamá es toda Panamá, las ciudades grandes de El Salvador no representan a los individuos olvidados en zonas remotas de los distintos departamentos.

Aun en el departamento de San Salvador hay lugares donde la pobreza es tal que los alumnos no tienen ni una mesa para hacer las tareas. ¡En San Salvador! El Ministerio de Educación no es capaz de influir de forma sistemática y determinante para que las cartillas que reparten a los alumnos no vayan a parar a la cocina de leña. ¿Y si la mamá responsable de la casa no sabe leer? ¿Y si la madre tiene que salir a trabajar? ¿Y si no llega el internet para buscar los países que conforman Mesoamérica? El clasemedia dirá que los pobres siempre tienen una cora para chatear, ¡pero esos son los hábitos y las modas culturales que el capitalismo ha creado en su entorno!

Hay poblaciones rurales paupérrimas que, por no significar un importante número de votantes, han sido olvidadas. Le pregunté a una mujer, madre de cinco hijos, si había cobrado los $300. Me mira y reniega que nadie pudo darle información pues su DUI no había salido “sorteado”. Ni ella ni sus padres. Ella trabaja en una finca donde “gracias a Dios” le descontaron solo una quincena. Ella es una de muchas familias de la campiña salvadoreña donde la ayuda no llega y donde la educación se queda a medias porque los maestros no llegan y cuando lo hacen ponen a los niños más grandes a enseñarles a los más pequeños. Clasismo de altura.

No es de culpar a ARENA o al Frente o a Bukele. Esta indiferencia la hemos venido arrastrando por siglos. Si un partido hace obras es para que la gente vea que se hace algo, no para que le sirva dicha obra a la población. En pleno siglo XXI, ¡la gente todavía camina kilómetros para ir por un cántaro de agua! Inaudito.

El fragmento del cuento de Salarrué que abre esta reflexión se publicó hace casi cien años y seguimos igual. El gobierno se esfuerza por darle a los médicos el equipo de protección individual (EPI) que necesitan, pero hay hospitales donde los “dueños” de los mismos deciden quienes merecen el EPI y quienes no; hay iglesias que les dan ayuda nada más a sus miembros porque solo ellos tienen la fe verdadera; hay partidos políticos que reparten víveres “desinteresadamente” pero le recuerdan al damnificado quién se los dio.

Aunque los condicionantes religiosos, sociales, económicos y políticos hayan sometido a los salvadoreños a esa cultura del “para vos nuay”, en momentos trascendentales como el actual debemos ayudar al otro, y si eso implica gastar $10 en una compra de víveres para menos afortunado, hagámoslo. Desechemos el individualismo y adoptemos la colectividad ayudando al necesitado o quedándonos en casa, por el bien mayor.

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