Por Alonso Rosales, poeta
Te recuerdo, morena, desde el primer destello
que dejó tu silueta al cruzar la tarde de Río,
cuando el sol, cómplice y perverso,
resbaló por tu piel como quien escribe
una profecía de deseo sobre un templo vivo.
Aquel día, sin saberlo, el destino nos tejió
con hilos de fuego suave y misterio,
como si el universo intuyera
que habría noches en las que tu respiración
se volvería un idioma que sólo mi cuerpo entiende.
Partimos hacia Mato Grosso del Sur,
y el cielo se abrió sobre nosotros
como un escenario dispuesto al delirio.
Tú, morena hermosa, ibas sentada junto a la ventana,
y cada movimiento tuyo era una tormenta
envuelta en terciopelo.
Yo fingía mirar al frente,
pero era imposible no sentir
cómo tu presencia se expandía sobre el aire,
cómo el calor de tu piel
desnudaba el silencio entre nosotros
hasta volverlo una confesión sin palabras.
En la primera noche,
cuando la luna cayó sobre tu espalda
como un manto líquido,
supe que la frontera entre tu sombra y mi deseo
sería territorio sin mapas.
Nos miramos.
Fue suficiente.
El mundo, de pronto, dejó de existir.
La penumbra nos rodeó con un lento estremecimiento,
y tu cuerpo —sí, tu cuerpo, morena hermosa—
se convirtió en un paisaje que pedía ser recorrido
con una devoción antigua, casi sagrada.
Tus manos trazaban rutas invisibles
por las que mi aliento viajaba temblando,
y cada roce tuyo convertía el tiempo
en un incendio suave, profundo, inevitable.
Había en ti un ritmo secreto,
un vaivén contenido que prometía mundos,
y cuando te acercabas,
la noche entera parecía inclinarse
para escucharte respirar.
Oh, musa morena…
qué manera la tuya de existir en el espacio,
como si hasta el aire contuviera la forma
de tu deseo latente.
Tu mirada desataba mareas,
tu piel abría puertas que ningún hombre
puede olvidar cuando las cruza,
y tu voz —esa voz tuya, baja y cálida—
era una invitación que estremecía
hasta a mis pensamientos.
Hubo momentos en que me perdí,
y lejos de querer regresar,
quise caer más hondo, más profundo,
en la corriente tibia que nacía
cada vez que tu cuerpo se acercaba al mío.
El calor se volvió lenguaje,
la cercanía una plegaria,
y tu forma de entregarte al instante
era poesía hecha movimiento,
una danza íntima, silenciosa,
que sólo los dos conocíamos
y que el mundo jamás merecería escuchar.
A veces me pregunto
si aquellos días fueron reales
o si la vida, en un acto de misericordia,
me regaló un sueño de piel morena
para incendiar mis versos.
Pero luego te recuerdo—
tu risa baja,
tu piel latiendo bajo la media luz,
la manera en que tus ojos me reclamaban sin hablar—
y sé que fue verdad.
Toda.
Intensa.
Imposible de repetir.
Hoy, musa morena hermosa,
te escribo porque tu recuerdo aún respira en mí,
como una llama que se niega a apagarse,
como un perfume que duerme en mi alma
y despierta cada vez que cierro los ojos.
Y aunque el tiempo haya seguido su camino,
aún guardo en mi pecho
la certeza de que lo que vivimos
no fue simple deseo,
sino una alianza secreta
entre tu piel y mi destino,
entre tu sombra y mi latido,
entre tu nombre y el fuego silencioso
que sigue escribiéndote aquí,
en mi noche,
en mi memoria,
en mi voz
y en cada verso que nace
para honrarte.
Dedicado a Jean Mery Claire Río de Janeiro 2001


