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martes, 27 de julio del 2021

Pandora

Parece que en el Ministerio Público alguien tiene un gusto especial por la mitologí­a griega, y suele escoger nombres de origen heleno para designar en clave la denominación de sus operaciones, encubiertas o no. La más reciente de estas acciones de investigación y acusación formal en los tribunales se denomina Pandora, en alusión a la figura mitológica de la Diosa que abre la caja que contiene todos los males y desencadena una ola incontenible de consecuencias inesperadas y negativas. La Caja de Pandora, como un maligno estuche de monerí­as embrujadas, una vez abierta, deja salir los dioses del mal y satura el ambiente de perjuicios y pestes.

En el caso que hoy nos ocupa, parece que la Caja de Pandora local ha liberado malas noticias para muchos polí­ticos y funcionarios, lí­deres de completo y mediano peso, aspirantes persistentes o ingenuos y unos cuantos prestanombres descarados. Todos, en amasijo pestilente, han quedado unidos por un hilo umbilical nauseabundo: la acusación, ví­a requerimiento fiscal, presentada por el Ministerio Público ante los tribunales por múltiples y diversos actos de corrupción, que conforman una cadena de delitos y abusos cometidos en contra de los recursos públicos y el tesoro nacional.

La llamada Operación Pandora ha servido, entre otras cosas, para mostrar los ví­nculos subterráneos, profundos e indisolubles, que atan, en laberí­ntico ovillo, la telaraña de la polí­tica con los pasillos sucios de la corrupción. Elementos que se complementan y retroalimentan, conformando un sistema vergonzante de corrupción e impunidad integrales en el paí­s. El espacio de la “hipercorrupción”, como suelen denominar los académicos a aquellas sociedades en donde, como en la nuestra, la corrupción ha echado ya raí­ces tan antiguas como profundas.

Pero la Fiscalí­a General, con el oportuno y debido acompañamiento de la MACCIH, ha abierto la Caja de Pandora. No ha sido fácil, sin duda. Ha habido un largo y paciente trabajo, minucioso como debe ser, que se viene realizando desde los buenos tiempos de don Juan Jiménez Mayor cuando fungí­a como vocero de la Misión de apoyo de la OEA. Desde entonces se han ido recogiendo pruebas sueltas, secuestrando legalmente miles de documentos, sometiéndolos a cuidadoso análisis, hasta encontrar el hilo rojo que atraviesa el ovillo, el pasillo abierto para salir del laberinto. Y aquí­ estamos ahora, por fin en la fase de judicialización, el momento más mediático del proceso, cuando la curiosidad pública, confundida muchas veces con el morbo colectivo, se convierte en el diario festí­n de ciertos medios de comunicación y en el deleite inescrupuloso del bien llamado periodismo de alcantarilla.

Expuestos ante el público, muchos de los acusados no vacilan en mostrar sus dotes de abundante cinismo. Ahora es que no sabí­an cuál era el verdadero origen de los dineros, millonarios en algunos casos, que recibí­an para financiar sus actividades proselitistas en la campaña electoral. En sus cuentas de banco aparecí­an de pronto millonarios depósitos, cuya procedencia no perturbaba la calma opulenta del beneficiario ni preocupaba a los operadores bancarios que tramitaban las transferencias. Millones que salí­an libremente y sin mucho trámite desde el tesoro público hacia las arcas de sospechosas fundaciones, cuyo desempeño generaba dudas y suspicacias por doquier. El tránsito de los dineros continuaba hasta los bolsillos privados, para ser reconvertidos posteriormente en confort envidiable, vida de lujo, apartamentos suntuosos, mansiones, vehí­culos del año, trajes y vestidos finos, en fin…todos los caprichos y preferencias de los nuevos ricos, con su vulgaridad congénita y su mal gusto a toda prueba… La mar y sus conchas.

Otros fondos, más seleccionados y cuidadosamente conducidos, serví­an para pagar las deudas del supuesto adversario, cómplice en realidad, y de esa forma sellar los pactos de inmunidad que atan y mantienen unidos a los fingidos contrincantes.

Todo esto está saliendo a flote. La Caja de Pandora está abierta y aún conserva secretos ocultos, nombres que no han sido revelados, operaciones escondidas, tramas pendientes de exposición pública. La Diosa Pandora no se cansa. Toda una coreografí­a financiera que serví­a de fondo para el sainete de los corruptos.

Pero, otra vez, ahí­ está la Caja de Pandora, con su tapa levantada, dejando salir al viento los malos olores y los brebajes repulsivos. Aunque la cierren, la putrefacción quedará siempre en el ambiente. La trama ha sido revelada, sus mecanismos internos han quedado al descubierto y, lo que es más importante, los nombres de sus protagonistas forman ya parte y sustancia de la borgesiana galerí­a de la infamia.

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