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sábado, 31 de julio del 2021

Pandemia del COVID 19: la ciudadanía como chivo expiatorio

En épocas antiguas se creía que las enfermedades eran causadas por espíritus malignos o eran un castigo divino hacia personas que habían violentado alguna norma moral, por lo tanto, se consideraba responsable de su propia enfermedad a la persona afectada u otras personas, que se creía, tenían poderes sobrenaturales

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Jonatan Haidt sostiene que la moral es el pegamento que hace posible la cooperación social u orden social. Esto trae como consecuencia la responsabilidad moral, la necesidad de encontrar culpables cuando sucede alguna desgracia que es directa o indirectamente producto de las acciones u omisiones de los seres humanos. Pero a través de los milenios, en diferentes civilizaciones, las morales han sido diferentes, por tanto, la idea de quien o quienes deben ser los responsables de alguna desgracia ha sido diferente. 

En épocas antiguas se creía que las enfermedades eran causadas por espíritus malignos o eran un castigo divino hacia personas que habían violentado alguna norma moral, por lo tanto, se consideraba responsable de su propia enfermedad a la persona afectada u otras personas, que se creía, tenían poderes sobrenaturales. En los albores de la modernidad, se culpaba a mujeres acusadas de “brujas” de causar epidemias. En la década del treinta del siglo XIX, en Guatemala, sacerdotes les decían a los campesinos que los liberales eran los causantes de la epidemia del cólera. Actualmente nos encontramos en el marco de la pandemia del COVID-19, y así como se buscaban culpables en pasadas epidemias, también hoy se buscan culpables de la expansión del virus.

Ante la falta de libre albedrío y el error de asumir que la totalidad de personas puede cumplir las medidas de prevención de manera absoluta, y los posibles factores culturales implicados, que no se pueden cambiar de la noche a la mañana, Pablo Malo concluye que podría ser injusto culpar a la ciudadanía de la expansión de la pandemia del COVID-19.

Es necesario comprender que existen científicos e intelectuales disidentes a nivel internacional que discuten el nivel de peligrosidad que se le ha atribuido al COVID-19. Estos estudiosos también analizan las campañas de miedo y los efectos colaterales de las medidas de prevención del virus, muchas de ellas de corte draconiano.

Ante el descubrimiento de una nueva cepa del COVID-19, parece que el miedo ha vuelto, desde hace varias semanas, países países de Europa han regresado al confinamiento ante una segunda ola del virus. Desde mi perspectiva, es necesario no culpar más a la ciudadanía, reconocer los daños colaterales que provocan el confinamiento y la difusión del miedo apocalíptico y reconocer que es necesario tratar de armonizar las libertades y la economía con las medidas de combate anti-COVID porque las libertades y la economía también tienen un gran peso en la salud pública.

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Mario Mejía
Artista salvadoreño y columnista de ContraPunto
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