Zarko Pinkas |
Aquí yace lo que fui
y también lo que nunca pude ser.
Bajo esta tierra húmeda, donde la noche tiene olor a raíces podridas,
duerme mi cuerpo sin pedir redención,
sin reclamar libertad,
como si la muerte hubiera aprendido a guardar silencio
sobre todo aquello que alguna vez deseé.
Sobre la tumba nacen flores rojas y negras,
extrañas, solitarias,
abriendo sus pétalos como pequeñas heridas bajo la lluvia.
No dicen mi nombre.
No dicen tu nombre.
Pero juntas parecen recordar algo que nosotros mismos hemos olvidado:
que hubo un amor demasiado oscuro para llamarlo amor,
demasiado íntimo para llamarlo pecado,
demasiado sórdido para esperar perdón.
Y yo sigo aquí,
mirándome desde afuera,
como quien contempla a un muerto que todavía respira en la memoria.
Pienso cada día más en cuándo será,
cuándo llegará aquello que alguna vez fue
y aquello que nunca será.
Mientras tanto, la tierra sigue húmeda,
las flores continúan creciendo sobre mi ausencia,
y en algún lugar bajo la piedra
mi cuerpo espera sin esperanza,
como esperan los muertos
a que alguien cometa el último acto de amor:
pronunciar su nombre
y no sentir miedo.


