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viernes, 6 noviembre 2026

Noviembre en la memoria

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A las víctimas del olvido y la impunidad

Por Carlos Santos

El primer puñetazo lo recibió con resignación, como  bestia herida y vencida que reconoce, sin necesidad de comprobar, la superioridad de su depredador. Se dejó caer sobre el piso y permaneció inmóvil, esperando los siguientes golpes. Vinieron uno tras otro, sin prisa, con una obstinación que parecía no agotarse nunca.

No hubo interrogatorio. Los hombres golpeaban en silencio, entregados a una violencia que no necesitaba explicaciones.

Sintió la sangre en la boca. Le bajaba copiosamente de la nariz, le empapaba los labios, se le metía entre los dientes. Las manos, amarradas a la espalda, comenzaron a dolerle con una intensidad que por momentos superaba la de los golpes. Intentó acomodarlas, apenas unos centímetros, pero las cuerdas se hundieron todavía más en las muñecas.

Afuera, el silencio recorría las calles desiertas, entonces, recordó la noche anterior, brumosa y fría, y tiritó. Sin embargo, aquel temblor no provenía del frío. Tampoco del odio ni de ese valor que algunos condenados descubren cuando ya no tienen nada que perder. Era miedo. Un miedo miserable, antiguo, que le subía desde las entrañas y le hacía castañetear los dientes. Sintió vergüenza de su propia cobardía.

Entonces, sin que nada lo anunciara, una explosión desgarró la noche.

El estampido ocurrió tan cerca que sintió una sacudida brutal en el pecho. Durante unos instantes quedó completamente sorda. Abrió la boca, pero no escuchó su respiración. Después, muy lentamente, comenzaron a llegarle las risas de los hombres, primero remotas, deformadas por el zumbido que le atravesaba los oídos, luego cada vez más claras. Se burlaban de ella.

Sintió el cuerpo mojado. Un líquido tibio le empapaba la camisa, le corría por el cuello y se extendía debajo de su espalda. El olor de la sangre había invadido el recinto. Entonces creyó que la habían matado.

Apretó los párpados con todas sus fuerzas. No quiso comprobarlo. El zumbido persistía, aunque ahora parecía venir de algún lugar distante, como si sus oídos hubieran quedado abandonados en otra habitación.

Uno de los hombres se acercó y le arrancó de un tirón la venda que le cubría los ojos.

Quiso levantar la cabeza. No pudo. Intentó mover los pies, incorporarse sobre un costado, hacer cualquier cosa que le permitiera reconocer que todavía estaba viva. Nada le obedecía. Su cuerpo había dejado de pertenecerle. Permaneció tendida, desarticulada, como una marioneta a la que acababan de cortarle las cuerdas.

Su nombre terminaría por desaparecer de la memoria de los hombres. Su historia, si alguien llegaba a contarla, tendría la apariencia inverosímil de un cuento de horror.

Había sido la primera víctima de los escuadrones de la muerte. Durante décadas, aquella noche se prolongaría en la desgracia para miles más, cambiarían los rostros, los nombres y los verdugos, pero el horror seguiría intacto, sobreviviendo a los muertos, envejeciendo con los vivos, perpetuándose en la historia de un país condenado y maldito por olvidar a los que sus asesinos se empeñaron en borrar.

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Carlos Santos
Carlos Santos
Investigador y académico en temas de Derechos Humanos. Ha sido miembro de PEN International y participante del programa Writers in Exile de PEN Canada. Le otorgaron el premio CASA de las Américas 2026 en género de Literatura Testimonial. Redactor y columnista de ContraPunto

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