Por Zarko Pinkas-Ramírez
A finales de los ochenta, cuando el televisor era el altar doméstico de todas las casas y la señal analógica aún tenía algo de misterio, una Björk muy joven apareció en la pantalla para hablar del aparato como si fuera un organismo vivo. No era un tutorial común: era un gesto profundamente suyo, mezcla de ingenuidad, humor y una sensibilidad que desde entonces la situaba en el territorio de lo inclasificable.
El video —grabado alrededor de 1988, antes de que se volviera un ícono global— muestra a una Björk adolescente sentada frente a un televisor de caja, con esa expresión suya que parece combinar timidez, desafío y curiosidad pura. Habla en plena Navidad islandesa, comenta que ha pasado días enteros viendo programas cómicos, espirituales y festivos, y que, después de tanta imagen acumulada, decidió apagar el aparato para entender cómo funciona por dentro.
A partir de ahí, ocurre algo fascinante: Björk abre la tapa del televisor y lo describe como si explorara una ciudad secreta. Señala cables, placas y circuitos con la naturalidad de quien observa calles diminutas, edificios microscópicos, pasadizos eléctricos. Para ella, esa arquitectura interna tenía algo semejante a un paisaje urbano invisible; un cuerpo tecnológico que también podía narrar historias.

En medio de esa curiosidad, aparece el miedo. Björk recuerda lo que un poeta le dijo alguna vez: que la televisión no proyecta simplemente una luz, como el cine, sino que son “millones y millones de pantallas enviando un tipo de electricidad” que saturan la cabeza hasta hipnotizar al espectador. Con la seriedad de quien se lo creyó, admite que durante mucho tiempo pensó que por eso le dolía la cabeza cuando miraba demasiado la tele.
Su explicación tiene algo de fábula y algo de ciencia mal contada, pero la sinceridad con que lo dice revela una Björk que ya era diversa, inquisitiva y profundamente imaginativa. Una artista mirando el mundo desde un ángulo distinto, casi oblicuo, capaz de encontrar poesía incluso en un aparato de uso cotidiano.
Años después, confesó haber leído libros de un autor danés sobre cómo funciona realmente un televisor, y concluyó —entre risa y desencanto— que el poeta la había engañado. Por eso, en el video deja una advertencia inesperada: “No dejen que un poeta les mienta… como a mí me pasó”.
Revisitado hoy, aquel clip no solo es una pieza vintage para fans. Es una ventana a la mente de una creadora que siempre se movió en los bordes de lo real, que veía ciudades donde otros veían cables y que entendía la tecnología no como una herramienta, sino como un universo simbólico. La Björk de ese video no estaba explicando un televisor: estaba abriendo, sin saberlo, la puerta a toda su carrera posterior, construida sobre la misma mezcla de curiosidad, inocencia y audacia creativa que la hizo única desde el principio.


