Zarko Pinkas-Ramírez |
Cada 24 de marzo, El Salvador no solo recuerda la muerte de San Óscar Arnulfo Romero, sino que vuelve a enfrentarse a una pregunta que sigue abierta: qué hacer con su legado.
Hay figuras que el tiempo vuelve inofensivas. Las convierte en símbolos pulidos, previsibles, fácilmente citables. Pero hay otras que se resisten a ese proceso. San Óscar Arnulfo Romero pertenece a ese grupo incómodo, ese que no termina de encajar en ninguna narrativa definitiva. Cada aniversario de su asesinato activa una maquinaria conocida: homenajes, discursos, publicaciones, intentos de interpretación. Este año, una conferencia internacional vuelve a colocarlo en el centro del debate, proponiendo una lectura que enfatiza su dimensión pastoral y su fidelidad doctrinal, con el historiador Federico Hernández como principal expositor. Su planteamiento no es menor: Romero, dice, sigue siendo una figura vigente para entender la violencia, la falta de diálogo y las fracturas sociales actuales.
Y sin embargo, quedarse ahí resulta limitado. Porque si bien es cierto que Romero fue un hombre profundamente religioso, reducirlo únicamente a esa dimensión es una forma —quizás más sutil— de contener su impacto. Romero no fue relevante solo por lo que creía, sino por lo que hacía con esa creencia. Su fe no operaba como refugio, sino como una herramienta de confrontación ética frente a la realidad. Y eso lo convierte en algo más que un referente eclesiástico: lo convierte en una figura profundamente humana, en el sentido más exigente de la palabra. No como ideal abstracto, sino como práctica concreta de empatía, de reconocimiento del otro, de incomodidad frente a la injusticia, venga de donde venga.
En ese punto, la discusión sobre su “verdadera” interpretación —si fue más cercano a una corriente que a otra, si su figura ha sido manipulada o no— termina siendo secundaria frente a lo esencial. Hernández advierte sobre lecturas ideologizadas que distorsionan su mensaje y propone volver a sus textos originales como forma de comprenderlo. La propuesta es válida, incluso necesaria. Pero también abre otra tensión: la de quién tiene la autoridad para fijar una versión definitiva de Romero. Porque en ese intento de ordenar su figura también hay una disputa por su significado. Y Romero, precisamente, es una figura que se resiste a ser fijada.

Lo que sí parece claro es que su voz no operaba desde la comodidad. En un país marcado por la violencia estructural, su postura no se alineó ciegamente con ningún actor. Denunció abusos del poder, pero también rechazó la violencia como método de transformación. No porque buscara una posición equidistante, sino porque su punto de partida era otro: la dignidad humana como principio irrenunciable. Y ahí es donde su figura trasciende cualquier marco ideológico. Porque lo que defendía no era una agenda política, sino una forma de entender al otro.
Esa es, quizás, la dimensión más difícil de asumir hoy. Vivimos en sociedades donde la polarización ha simplificado el lenguaje y endurecido las posiciones. En ese contexto, la empatía no solo se debilita, sino que a veces se percibe como una forma de ingenuidad. Romero plantea lo contrario: que sin empatía no hay justicia posible, y que cualquier proyecto social que prescinda de ella está condenado a reproducir las mismas violencias que dice combatir. Esa idea, lejos de ser religiosa en sentido estricto, es profundamente universal.
El 24 de marzo de 1980, cuando Romero fue asesinado mientras celebraba misa, no solo se interrumpió una vida. Se intentó interrumpir una forma de hablar, de señalar, de incomodar. Ese momento ha sido repetido hasta el cansancio en la memoria colectiva, pero no siempre ha sido digerido en toda su profundidad. Porque su asesinato no fue únicamente un acto de violencia política; fue también un intento de silenciar una voz que había decidido no negociar con la realidad. Y eso es lo que lo vuelve tan vigente: no la forma en que murió, sino la razón por la que resultaba peligroso en vida.
Pensar en Romero hoy implica, inevitablemente, salir del terreno conmemorativo y entrar en el terreno incómodo de la responsabilidad. No basta con recordarlo; hay que preguntarse qué significa asumir, en el presente, una postura similar frente a la injusticia. Y ahí es donde su figura deja de ser pasado y se convierte en proyección. Porque Romero no es solo memoria, es también posibilidad. La posibilidad de construir una sociedad distinta, no desde la imposición ni desde el resentimiento, sino desde una ética que ponga al ser humano en el centro.

Todas las sociedades, en algún momento, enfrentan esa decisión. Optar por la deshumanización —más eficiente, más rápida, más brutal— o apostar por un camino más complejo, más lento, pero profundamente transformador: el de la empatía. Romero encarna esa segunda opción, no como discurso, sino como práctica llevada hasta las últimas consecuencias. Y eso es lo que lo vuelve una figura incómoda, pero también necesaria.
Por eso, cada 24 de marzo no debería ser solo una fecha en el calendario. Debería ser una pausa real, una revisión honesta. Porque en un país que todavía lidia con sus propias tensiones, recordar a Romero no es un acto simbólico. Es, en el fondo, una forma de preguntarse hacia dónde se quiere ir.
| La conferencia “Monseñor Romero: un pastor al servicio de las almas”, a cargo del historiador Federico Hernández, se realizará el próximo 24 de marzo en formato virtual. La actividad es organizada por el Instituto Tomás Moro, el Instituto Costarricense de Teología Pastoral (INCOTEP), la Universidad de La Salle y la Universidad Juan Pablo II de Costa Rica, y estará abierta al público.|


