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miércoles, 28 de julio del 2021

Miedo, espanto, consternación…

Estas palabras, sinónimos de horror, son las que a diario afronta mucha gente en El Salvador por la ola de violencia interminable, de la que no escapan niñas, jóvenes, mujeres…

Por ejemplo los recientes asesinatos de cuatro mujeres y dos niñas, fueron cometidos con frialdad por personas que han perdido todo humanismo (quien sabe si lo tuvieron) y turbaron una vez más a la sociedad. Aunque escandalosamente haya quienes usen redes sociales para aprobarlos.

Pero algunos medios, aunque destacaron en sus espacios los crueles asesinatos de una mujer embarazada, su hija y una nieta de cuatro meses en un barrio pobre de Ciudad Delgado y otra mujer de mediana edad junto a sus dos hijas, la menor de 8 años, en la colonia Quezaltepec de Santa Tecla, aludieron principalmente un combate en el que murieron 6 pandilleros y 2 policí­as. Y no es que esas vidas valgan menos.

En el triple asesinato en Delgado, las dos mujeres dormí­an y cerca de medianoche habrí­an llegado hombres armados que –según vecinos posteriormente entrevistados- dijeron ser policí­as y luego los tiros. A la mañana siguiente cundió la noticia que alarmó.

Un agente policial dijo a periodistas que la abuela, una mujer de 42 años, embarazada por su relación con un pandillero que está en la cárcel, herida alcanzó a llamar por teléfono a alguien y le dijo lo que sucedió, que la nena estaba viva, pero necesitaba atención médica. No se sabe cuánto tardó en llegar el auxilio, pero no fue posible salvarle la vida, tampoco a la mujer.

Por ese caso no se ha detenido a nadie. El otro triple asesinato ocurrió una semana antes y los asesinos no usaron armas de fuego, probablemente cuchillos o cualquier otro objeto filoso. La razón era el robo y lo más grave es que la familia conocí­a a uno de los criminales y por eso habrí­a entrado sin dificultad al hogar en pleno dí­a. Dos hombres fueron capturados, de inmediato presentados a la prensa y enfrentarán la justicia.

En la matanza de Delgado los vecinos de la zona oyeron las explosiones, pero nadie salió a ver lo que pasaba. Temerosas las familias se refugiaron en sus covachas y rogando de que nadie llegara a tocarles la puerta. En el otro crimen parece que tampoco nadie alertó a las autoridades. El temor cunde y hasta los mismos policí­as lo tienen. En poco más de tres meses han muerto violentamente 15 agentes y el año pasado fueron más de 60. Razones para temer las hay.

En 2015 hubo 6,675 asesinatos, un promedio diario de 23.5 homicidios y con la escalofriante cifra de 103 crí­menes por cada 100,000 habitantes, una epidemia que nos ha dato el nada honorí­fico tí­tulo del paí­s más violento del mundo.

A veces ni cuenta nos damos o como pasa lejos y a otras familias, pareciera que ignoramos esa triste realidad.

Según registros de la policí­a o del Instituto de Medicina Legal, divulgados por la prensa, del 1 de enero a la primera semana de abril fueron cometidos 2,068 homicidios, cuatro menos de los cometidos en el mismo periodo de 2015, aunque no deja de provocar consternación.

Y es que nuestra sociedad está enferma. Una larga guerra civil en la que murieron unas 75,000 personas –la mayorí­a civiles-, miles resultados heridos y unos 12,000 quedaron lisiados, así­ como al menos 8,000 siguen desaparecidos, provocó traumas de los que no todos nos salvamos.

El fin al conflicto fue negociado y se firmó la paz en enero de 1992, nunca se violó al cese al fuego pero siguieron los crí­menes, en una especie de enfrentamiento social silencioso que fue creciendo en la medida que las pandillas se fortalecí­an.

Hoy esos hijos o nietos de la guerra están vinculados, de una u otra forma, al actual clima de violencia y al que nos resistimos a llamar “guerra”. Las pandillas, que eran juveniles, al concluir el cruento conflicto armado son adultos y pasaron de socialmente desadaptados, por el abandono de la familia y otras razones sociales, a violentas estructuras delincuenciales vinculadas al crimen organizado y fechorí­as a lo grande.

La enfermedad social se expresa en el violento uso del lenguaje, a través de las cada vez más populares redes sociales o medios digitales. Por ejemplo un tipo, que ni siquiera se identificó en uno de esos medios escribió sobre la matanza en Ciudad Delgado: “La vieja preñada y la hija de 22 años si eran pandilleras me alegro mucho que se las hayan quebrado. Con la muchachita pequeñita el problema es que cuando creciera y se desarrollara en ese mismo ambiente, seguro que llegarí­a a convertirse en una pandillerita más…” Justificación deshumanizada.

Otro con más sentido de compasión escribió en el mismo medio: “Lamento esta barbarie, señor presidente pronúnciese por favor, es injusto ver este tipo de noticias, es la peor barbarie que hayamos visto (el crimen) a una niña de cuatro meses…”

No todo está perdido, hay mucha gente clamando por una convivencia sin violencia, y son más los que suspiran y exigen se acabe el derramamiento de sangre diario, en el que una generación de jóvenes están en peligro si no logran emigrar a otros confines.

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