Sergio Reyes |
A las 6 pm llegó el taxista a recogerme al hotel, para llevarme al Autódromo Hermanos Rodríguez. Ya estaba más cerca el momento que me había ilusionado desde que vi la noticia en el periódico meses antes. La portada del matutino confirmaba que ese era el día, a la vez que informaba que Kurt Cobain había sido encontrado sin vida el día anterior.
Al aproximarnos a la zona íbamos encontrando cada vez más gente caminando en dirección hacia el mismo lugar, con las calles aledañas llenas de ventas de recuerdos: camisetas, gorras, llaveros, posters, libros, discos, casetes, vasos, tazas y todo a lo que se le pudiera poner una imagen relacionada al evento de esa noche.

Al llegar a la entrada y mostrar mi boleto, se le arrancó el taco lateral y me devolvieron el resto. A continuación, una revisión física y con sensores pasando alrededor del cuerpo.
Nada que llamara la atención y así avancé junto a muchas personas, hacia un segundo punto de chequeo. Todo en busca de cosas no permitidas, como cámaras fotográficas, armas, comida, bebidas, etc. Nuevamente revisión pasada. Continuamos caminando y llegamos más cerca de los graderíos altos.
Aquí me encontré con la venta de un folleto oficial muy bien elaborado, que era el programa de la gira, con fechas y lugares, así como detalles de la producción del evento. Dado que la gira había iniciado el 30 de marzo en Miami, se incluían imágenes reales de lo que acompañaría a la banda en el escenario, como proyecciones, luces y láseres.
Al pasar una tercera revisión me dirigí a buscar la ubicación señalada en mi boleto. El lugar era abierto, con graderíos alrededor de una explanada, en la que en un extremo se ubicaba el escenario formado por un domo semicircular y en medio el sistema de control, así como una estructura que guardaba uno de los elementos visuales que aparecerían más tarde.
El boleto había sido comprado por mi tía Marta, quien residía en Guadalajara desde hacía muchos años, después de haber estudiado Medicina en México en los años 60 para después especializarse en Oftalmología en Guadalajara.

Viajé a México el jueves 31 de marzo, que era Jueves Santo, iniciando mis vacaciones de Semana Santa de 1994. Mi esposa e hija habían viajado el Domingo de Ramos.
En principio mi plan era viajar un día antes del concierto, pero mi mamá me cuestionó que cómo iba a ir sin visitar a mi tía y luego que cómo iba a ir sin mi familia, así que el viaje tomó la forma final, gracias a mi mamá.

Al llegar, mi tía me entregó el boleto y un folleto que le había llegado por correo con indicaciones para el día del concierto. Paseamos con la familia y el Domingo de Resurrección, 3 de abril, mi esposa e hija retornaron al país.
Yo había pedido permiso en mi trabajo por la Semana de Pascua para asistir al concierto el sábado 9 de abril. Me quedé con mi tía y mi prima-hermana Male, hasta el viernes 8 de abril, cuando me llevaron a la estación de buses para viajar a la Ciudad de México, entonces todavía referida como México D.F.
El sábado por la mañana contraté un taxi para que me llevara al lugar del concierto, pues quería conocerlo antes y anticipar cualquier requerimiento de llegada, además de buscar algún avance de lo que sería la noche.
El taxista después me ofreció un tour a la Plaza de las 3 Culturas y la Basílica de Guadalupe. Me recomendó ir a otro sitio y cuando me explicó de qué trataba, dije que no. De vuelta al hotel almorcé, descansé y me alisté a esperar de nuevo al taxista.
Ya en el interior del Autódromo, encontré mi ubicación, que mi tía había buscado que fuera muy buena.
El sistema de audio, formado por enormes enjambres de parlantes, distribuidos por todo el lugar, emitía una serie de sonidos aleatorios de manera continua, mientras llegaba la hora de inicio.
A las 8 pm se apagaron las luces, los sonidos se transformaron en una comunicación ininteligible, de donde fue emergiendo el tintineo de una señal como proveniente del espacio, mientras la pantalla semicircular mostraba una secuencia de imágenes de planetas y galaxias. Ingresa la guitarra y los teclados, seguidos del golpeteo urgido de la batería, que retumbó en mi pecho hasta un estallido que encendió todo el escenario, mostrando a cada miembro de la banda en un laboratorio de estímulos sonoros y visuales, en perfecta ejecución sincronizada.

El concierto estaba iniciando con un tema que había dejado de ser tocado en los primeros años 70 y ese día volvía con toda su fuerza y emoción para marcar un momento inolvidable de mi vida.
Al paso del primer verso el ritmo se relaja, ahí tuve que entrar en razón y tomar control de mí mismo, porque a ese nivel de emoción pura podría no ser capaz de aguantar mucho.
Era el primer concierto al que asistía y no quería morir en ese día de un golpe. Al subir el ritmo de nuevo, yo ya estaba preparado para recibir la siguiente embestida, con la banda en pleno flujo, plantando en lo más alto su estandarte lleno de historia, ante todas las generaciones que se habían presentado al lugar.
Pink Floyd ejecutando Astronomy Domine, el tema que abre su primer álbum, The Piper at the Gates of Dawn (1967), superó todo lo que pude haber esperado de ese concierto, que podría haber terminado ahí, dejándome satisfecho.
Como para equilibrar emociones, siguió Learning to Fly, del álbum previo A Momentary Lapse of Reason (1987), el cual había hecho renacer a la banda y por el cual surgió una nueva generación de fanáticos de Pink Floyd, apoyado por el posterior álbum y video en vivo Delicate Sound of Thunder (1988), al igual que nacería otra generación de seguidores con esta gira y el nuevo álbum: The Division Bell (1994).

El álbum había visto la luz en el Reino Unido el 28 de marzo, mientras en América salió a la venta el martes 5 de abril. Ese mismo día fui a comprarlo a la tienda Mr. CD en Plaza Patria de GDL, conociendo el arte por los posters que decoraban las vitrinas de la tienda, con dos esculturas metálicas que representan dos caras opuestas, pero que a la vez componen una sola cara.
En casa de mi tía no había un reproductor de CD, solo una radio con casetera, por lo que mi único recurso fue abrir el CD, como siempre conservando el celofán con sus stickers, y leer todo el folleto. Como había sido con los álbumes de Pink Floyd que tenía a la fecha, el folleto venía con las letras de las canciones, toda la información de la producción, así como imágenes acompañando a cada tema, buscando entender el significado de toda la obra a través de todos sus elementos.
El único tema que empezó a sonar en la radio fue “Keep Talking”, que definía el hilo conductor del álbum: la comunicación, su impacto en las relaciones humanas, a nivel personal y social.
Así que cuando fueron presentando las canciones nuevas, sus nombres y algo de las letras ya eran de mi conocimiento. What do you want from Me?, A Great Day for Freedom, el corte ambientalista Take It Back, la mencionada Keep Talking, se combinaron con Sorrow y su admirable solo introductorio y la esperanzadora On the Turning Away, del álbum previo.

A la primera media hora, un saludo de David Gilmour, para confirmar que él estaba ahí, junto a Nick Mason y el totalmente reintegrado Richard Wright. David en camiseta blanca, Nick y Rick en camisa blanca de manga larga y pantalón oscuro los tres.
La primera parte del concierto finalizó, tras más de una hora, con el segundo tema de mayor edad ejecutado, One of These Days, del álbum Meddle (1971), anunciado por un viento cortado por el síncope del bajo y donde aparecieron en las torres a ambos lados del escenario dos jabalíes, que se hicieron famosos en la gira del álbum anterior.
Por motivos de la cercanía del aeropuerto, no tuvimos el avión estrellándose a un lado del escenario. Se puede vivir sin eso.
Luego el anuncio por parte de David Gilmour de un receso, necesario para todos en el evento.
Después de 20 minutos, luces fuera y justo empiezan las notas de Shine On You Crazy Diamond, a cargo de Richard Wright, con la aparición de otro elemento clásico: la pantalla circular al fondo con sus luces perimetrales.
Aquí inició un viaje de fantasía por los álbumes que dieron gloria a Pink Floyd: The Dark Side of the Moon (1973), Wish You Were Here (1975) y The Wall (1979). Nada de Animals (1977), solo la referencia al cerdo Algie, a través de sus primos modificados, los jabalíes de la primera parte.

Una producción en video sorprendente, comenzando por Shine On, donde se recorren las cinco primeras partes (de un total de 9) acompañadas por una narración visual, que va desde la ilusión del ingreso de un joven a un mundo nuevo, lleno de estímulos y posibilidades, hasta el descenso a la desilusión de la vida adulta, que hace recordar al loco diamante: Syd Barrett, figura fundacional del grupo, que aportó desde el nombre del grupo hasta la dirección musical y temática, superando el comienzo errático de la banda.
El viaje continuó con Breathe para pasar a una cascada de relojes de Time y su magistral solo introductorio a cargo de Nick Mason, para ir a otro tema nuevo, High Hopes, donde se muestran las banderas desplegadas que reafirmaban la nueva actitud de la banda.
Regresamos a la nostalgia de Wish You Were Here, luego la que no podía faltar: Another Brick in the Wall pt 2 (mi punto de ingreso a este universo), con la frase Hey Teacher en un rótulo luminoso abajo del escenario, parpadeando al ritmo de la música, contestado por el público en las graderías con encendedores, para llegar a las voces elevadas al cielo en The Great Gig in the Sky, los obreros caminando al ritmo de un teclado calmo en Us and Them y un video humorístico para Money.
Hubo luces en el cielo y muchos dijeron que eran los extraterrestres queriendo tener una vista del concierto.
Una breve pausa y el escenario se encendió con el arranque de Comfortably Numb, y la aparición de una esfera gigante hecha de espejos que se eleva desde la estructura del medio, abriéndose en capas que reflejan los láseres en todas las direcciones del recinto, como en una discoteca del tamaño del autódromo, para recibir un momento que escapa a toda comprensión terrenal: la ejecución del apoteósico solo de David Gilmour, considerado por muchos como el mejor de toda la historia del rock. Esto fue el culmen del concierto.
Después de dos horas y media, la banda se reunió al frente para hacer una reverencia conjunta al público y despedirse, aunque todos sabíamos que no era así.
Se inicia la petición de “otra, otra” que dura unos cinco minutos subiendo de intensidad, hasta que se reactivó el escenario con la introductoria guitarra de Hey You, que llevó al público a un nuevo éxtasis, para pasar a otra favorita: Run Like Hell, en que Gilmour, Mason, Wright y la banda cerraron el evento con una improvisación pesada y acelerada, en medio de un incendio de luces fulminantes. No hubo pirotecnia por las razones expuestas antes.
Después, tocó ir volviendo a la realidad para asimilar que el concierto había finalizado y venía la salida y el regreso.
Ya afuera, dando una vuelta por las ventas de los alrededores, me detuve en un redondel abajo del paso del metro y un muchacho me pidió que le recomendara un casete que tuviera música de la que acababa de escuchar. A nuestro lado pasaron tres limusinas negras con vidrios polarizados, que asumo quienes iban dentro. Alguna vez soñé con estar en una reunión después del concierto con los tres.
Al día siguiente, domingo 10, hubo un segundo concierto, dada la masiva demanda de boletos, y de lo que me di cuenta hasta que estuve en México. Estas fueron las dos únicas presentaciones de Pink Floyd en América Latina en toda su historia.
Yo ya tenía mi itinerario y había que cumplirlo, para presentarme el lunes 11 de abril a labores.
Una semana después de haber regresado, mi jefe me llamó a su oficina porque otro compañero con quien salí en ruta de trabajo le comentó que me notaba extraño, ido, no presente.
¡¡¡Y qué era de menos lo que había vivido!!!

Días después invité a mi jefe a cenar a mi casa y le puse completo The Division Bell, y le gustó.
El álbum en vivo y video que se publicó después, P.U.L.S.E. (1995), corresponde al final de la gira europea, del segundo semestre del mismo año, donde Pink Floyd hizo la rendición final de The Dark Side of the Moon, en el extinto Earls Court, de Londres.
Y admito que no me emociona como lo hace el recuerdo de haber estado esa noche de sábado en la Ciudad de México.


