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miércoles, 05 de mayo del 2021

¿Me robarás historia y memoria?

¡No! ¡No lo harás! No importa el lugar adonde ahora te encontrás, pues yo siempre he estado y seguiré estando en el lado donde están las víctimas. Y por ello no me estoy lucrando. En 1960 tenía cuatro años, pero no por ser un niño dejé de enterarme de lo que ocurría en mi país y de tener siempre presente la afrenta a la dignidad de nuestro pueblo, cuando el 2 de septiembre la Facultad de Humanidades de la Universidad de El Salvador ‒recuerda el respetado Renán Alcides Orellana‒ “fue rodeada por una gran cantidad de efectivos del ejército, que intentaban eliminar a las autoridades y a los dirigentes estudiantiles”.

Entonces, continúa don Renán, el rector Napoleón Rodríguez Ruiz junto al secretario general del alma mater “y muchos estudiantes, fueron blanco de una saña brutal […] Las tropas del gobierno golpearon y asesinaron al estudiante Mauricio Esquivel Salguero, que a su vez era bibliotecario de la Universidad”. Ese secretario general de la casa de estudios era, en esos días, mi padre: Roberto Emilio Cuéllar Milla, a quien vi llegar a casa días después de esa bestial represión oficial con la cabeza partida y vendada, su camisa ensangrentada y su brazo derecho enyesado; apareció así, fruto de los inmisericordes garrotazos policiales.

Eso, mirá, no fue una “farsa”. ¿O el equivocado soy yo? No, creo que vos porque esa realidad de mi país graficada en la imagen de una persona vapuleada ‒mi progenitor, abogado que me enseñó el valor de la justicia‒ fue la que quizás me marcó e hizo nacer la conciencia que morirá conmigo cuando por fin me vaya y no por algún motivo mercantilista.

Mandaste a que cubrieran con pintura el muro de un cuartel para que, afuera, la gente no leyera el nombre del principal responsable en el terreno de la matanza más terrible ocurrida en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo pasado: el de Domingo Monterrosa. Pero adentro de las instalaciones militares manteniendo ‒con tus decisiones‒ intocable el espíritu de cuerpo, incólume la complicidad e intacta la impunidad.   

Eso sí, después juntaste a un grupo de víctimas de este criminal y sus colegas militares. Entonces, imagino, no te atreviste a decirles que sus angustias, dolores y demandas eran una “farsa”; tenías como fondo de esa puesta en escena el retrato del mártir de un magnicidio “imaginario”, según tu “historia”. Como parte de esta, esperaste tu campaña electorera adelantada para ir a decirlo en el lugar donde ‒hace cuatro décadas‒ se perpetró una de las mayores atrocidades consumadas en una guerra que solo en tu cabeza cabe que fue ficción. Quizás por eso no invitaste a la asociación que debías haber invitado, la de las víctimas, y en cambio sí llevaste a una de las que te aplauden a ciegas.

Te cuento que la historia de este país y su pueblo, de sus sufrimientos y sus luchas, no la van a reescribir ni vos ni tus amanuenses. Ya la escribieron sus víctimas con sangre; también con ausencias como las de Patricia Emilie Cuéllar Sandoval, mi prima, cuyos hijas e hijo la buscaron a ella y a la justicia desde hace 38 años. Por cierto, ya te anuncio que muy pronto tendrás noticias de este caso en el que se incluyen además las desapariciones forzadas del papá de Paty, Mauricio, y de Julia Orbelina Pérez. Estaremos pendientes de tu reacción a la hora de las horas.

Los acuerdos mediante los cuales se puso fin a la guerra, tampoco fueron una farsa. El problema fueron sus incumplimientos y violaciones, comenzando por la amnistía que seguiría vigente si no demandamos su inconstitucionalidad el 20 de marzo del 2013 y la conseguimos el 13 de julio del 2016. Su contenido es muy bueno y debería retomarse; pero, al contrario, vos estás dinamitando eso que bien podría ser la guía básica para fundar el nuevo El Salvador que los otros no contribuyeron a edificar.

¿Hablas de “los acuerdos” y los descalificás? Supongo, entonces, que ya leíste el de Ginebra. Sino, leélo; no te costará, pues solo son página y media las que tendrías que ojear. Y retomálo pues hay que garantizar el respeto irrestricto de los derechos humanos, democratizar el país y unificar la sociedad para lograr la pacificación tan ansiada.

De todo eso, precisamente, lo poco logrado te estás encargando de revertirlo. Así, quizás, “harás tu historia”; pero, ojo, no me robarás la verdadera y dolorosa historia de las víctimas y de su lucha por hacer valer sus derechos pisoteados por una Fuerza Armada a la que querés vendernos como “nueva”. Esa real historia la tengo bien resguardada en mi memoria, porque ‒parafraseando al Sabina‒ vamos a recuperar los nombres de las cosas, vamos a llamarle pan al pan y vino al vino, sobaco al sobaco, miserable al destino y al que mata vamos a llamarle de una vez asesino. Quizás sí nos robaron todo: las palabras, el sexo, los nombres entrañables del amor y los cuerpos, la gloria de estar vivos, la crítica… Pero no consiguieron ni conseguirán robarnos la historia y la memoria.

Benjamín Cuéllar
Benjamín Cuéllar
Columnista Contrapunto

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