Zarko Pinkas |
Ella, ultimamente, pensaba, que el mundo se había puesto extraño. No era una exageración ni una frase hecha; era una sensación constante, como una corriente subterránea que lo atravesaba todo. Bastaba encender la radio, abrir un diario o simplemente escuchar a la gente en la calle para notar que algo ya no encajaba. Las noticias habían dejado de parecer excepcionales y empezaban a acumularse con una lógica inquietante, como si respondieran a un orden que nadie terminaba de comprender.
Recordaba, sin querer, los pasajes que había leído años atrás en la Biblia , esas imágenes de catástrofes y señales que siempre le parecieron lejanas, casi simbólicas en Revelaciones. Ahora, en cambio, tenían otro peso. Era como si aquellas visiones hubieran comenzado a filtrarse en la realidad, una tras otra, sin estruendo, sin trompetas, pero con una persistencia que resultaba más perturbadora. A veces pensaba que solo faltaba eso: el sonido definitivo, el quiebre inequívoco que confirmara que todo había cruzado un límite invisible.
La luz volvió a irse justo cuando cerró la puerta. No fue una sorpresa; en ese barrio la electricidad aparecía y desaparecía sin aviso, como si dependiera de algo más que cables. Dejó las llaves sobre la mesa y caminó hasta la ventana para comprobar que la calle seguía ahí, intacta, reconocible. Seguía, y eso era suficiente. Había aprendido a conformarse con esa clase de certezas mínimas.
Sacó el celular por costumbre. No había señal, pero la pantalla seguía mostrando el mensaje que había intentado enviar horas antes, detenido en un limbo que ya no parecía técnico sino otra cosa. Encendió la lámpara a batería y se sentó con el diario sobre las piernas. No lo leía por interés, sino por repetición, como si ese gesto sostuviera una normalidad que ya no existía. Pasó las páginas sin detenerse demasiado, dejando que las palabras fueran solo ruido.
La incomodidad llegó sin aviso. No fue un sonido ni un movimiento, sino una interrupción en el ambiente, una sensación leve de desajuste. Levantó la vista hacia la pared frente a ella, donde la humedad había formado figuras irregulares con el tiempo. La conocía bien; había observado esas manchas durante meses. Bajó la mirada otra vez, pero el cuerpo no terminó de relajarse. Algo no estaba igual.
Volvió a mirar, esta vez más lento. En el centro de la mancha había una forma nueva, una leve protuberancia que no correspondía a la superficie. No era grande ni evidente, pero tampoco era algo que pudiera ignorarse. Se puso de pie sin apartar la mirada. Entonces lo entendió: no era una forma. Era un ojo.
Estaba incrustado en la pared como si hubiera crecido ahí. La superficie a su alrededor estaba húmeda, más oscura, como piel irritada. La pupila se ajustó apenas cuando ella cambió de posición, siguiendo el movimiento con una precisión que no dejaba espacio para dudas. No era una ilusión. No era cansancio. El ojo la estaba mirando.
El aire se volvió más pesado. Sintió que la garganta se le cerraba mientras retrocedía un paso, luego otro, hasta chocar con la silla. El golpe la sobresaltó, pero no provocó ninguna reacción en el ojo. No parpadeó, no se contrajo, no mostró molestia. Permaneció ahí, abierto, atento, como si el sonido no existiera. Como si solo existiera ella.
Fue a la cocina sin pensar demasiado y tomó un cuchillo. Regresó con la respiración irregular, sosteniéndolo con más fuerza de la necesaria. Se acercó despacio, midiendo cada paso, esperando alguna reacción que le confirmara que aquello tenía límites. No ocurrió nada. La quietud del ojo la enfureció más que cualquier gesto.
El primer corte apenas raspó la superficie. La pintura se abrió con facilidad, dejando ver una capa más oscura y húmeda debajo. No hubo sangre. No hubo resistencia. Volvió a atacar, esta vez con más fuerza. La hoja se hundió unos centímetros y entonces el ojo parpadeó. El movimiento fue lento, torpe, como si no estuviera diseñado para cerrarse del todo. Al abrirse nuevamente, dejó un rastro viscoso que comenzó a escurrir por la pared.
Un olor agrio llenó el espacio, espeso, casi dulce en el fondo, como algo que llevaba demasiado tiempo encerrado. El líquido no caía como agua; se adhería a la superficie, formando hilos densos que descendían con lentitud. El ojo no mostró dolor. Se ajustó. La pupila se contrajo y luego se expandió, enfocándola con mayor precisión, como si el contacto hubiera afinado su capacidad de verla.
Ella retrocedió de golpe y soltó el cuchillo. El metal golpeó el suelo, pero el sonido pareció distante. El celular vibró en la mesa. Lo miró sin querer hacerlo. Había un mensaje nuevo. No tenía remitente. No tenía señal. Solo dos palabras.
“Te veo.”
Levantó la mirada con lentitud. El ojo seguía en la pared, abierto, húmedo, vivo. Pero ahora la mancha se había extendido. Donde antes había una sola forma, comenzaban a insinuarse otras, apenas visibles, como si la superficie estuviera cediendo.
Y entonces entendió que no la estaban observando desde ese ojo. La estaban observando a través de él.


