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martes, 27 de julio del 2021

Los centennials y la extinción del profesor

Les inculco a mis estudiantes en mis clases universitarias la importancia de escribir correctamente para optar a un buen trabajo o simplemente para verse más atractivos con eso de ser sapiosexual―los que seducen con la inteligencia. Insisto que deben saber de todo un poco, leer de todo, lo que les plazca y así tener temas de conversación con los demás. Invito a escritores para que vengan a charlar con ellos esperando que sirva de motivadores. Les instilo que las tareas se hacen cuando el profesor lo indica y no cuando a ellos se les ocurra. Les digo que eso de que es mejor pedir perdón que pedir permiso ya pasó de moda y que se necesita informar con anticipación si hubiese algo que pudiera interferir con su rendimiento académico.

Esto estaría bien si fuera 1999, pero teniendo en cuenta que estamos en un nuevo siglo y con una nueva etiqueta para los nacidos después del año 2000, toda mi persistencia queda en el aire con estos hijos de la tecnología moderna que nacieron con el teléfono inteligente pegados a sus pulgares: los centennials.

Según mis datos sobre los hábitos de los centennials, estos toman siestas cada tarde y no se levantan hasta pasada la media mañana al menos que tengan alguna obligación de estar en algún lugar. Son creativos, más que todo por las noches, y les importa mucho el tipo de planeta que tendrán en el futuro. Esa creatividad debe usarse para que ellos mismos desarrollen innovaciones en su aprendizaje y de esa forma hacer del contenido de alguna materia su responsabilidad individual.

Los alumnos, o sea, las personas que cursan estudios en un establecimiento donde reciben la enseñanza, tienen el mundo a sus manos con tan solo tocar un dispositivo. Llegar a un lugar para sentarse y que se les diga a lo largo de una jornada de clase lo que pueden encontrar en línea en una fracción de tiempo, lo consideran sobrevalorado.

Contrario a los millenials, que hoy rondarán los 30s, los centennials ya nacieron con la tecnología a su disposición y desde su infancia se han visto involucrados en las redes sociales, aun cuando no tengan la edad legal que las plataformas piden. Esto, en lugar de ayudar en el aprendizaje, vuelve a los chicos más inmediatistas. ¿Para qué aprender algo de memoria si mi teléfono me lo dice en menos tiempo de lo que toma en memorizarlo? ¿Para qué leer largos y tediosos manuales si YouTube me lo resume en un par de minutos? Con todo lo que los centennials tienen a su disposición, ¿por qué es entonces que no se puede tener una conversación medianamente inteligente con la mayoría de ellos? Me refiero a una conversación donde se razone, se argumente y se intercambien puntos de vista de una manera informada.

Los educadores están en una encrucijada donde se trabaja con lo que se tiene o se muere de la depresión. Llegará ese momento donde los académicos y los educadores que no se adapten, por muy perspicaces que sean, quedarán rezagados a las mazmorras del saber, así como nuestras bibliotecas actuales donde los dicentes mandan a sus pupilos como castigo.

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