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domingo, 01 de agosto del 2021

Lí­deres zorro de América Latina

Pinochet nunca estuvo dentro de una celda, pero muchos de sus subalternos "“entre ellos el lí­der de la policí­a secreta"“ cumplieron condenas largas

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SANTIAGO ““ "Toda nación tiene los lí­deres que se merece", sentenció  el contrarrevolucionario francés Joseph de Maistre. Pero se equivocaba.  Los paí­ses de América Latina no eran merecedores de los vociferantes demagogos ni de los generales puño-de-hierro que, hasta hace poco, solí­an ocupar sus sedes de gobierno.

Un vistazo a Venezuela o Nicaragua nos hace recordar que todaví­a no desaparecen los demagogos ni los populistas. Sin embargo, desde los años  1990 ha ido en ascendencia un nuevo tipo de lí­der ““­moderado, intelectualmente humilde y propenso al gradualismo”“. Este es el liderazgo que América Latina se merece de verdad.  

El decano de esta generación de pragmáticos falleció la semana pasada. En un continente de lí­deres de palabras estruendosas, Patricio Aylwin, quien condujo a Chile de la dictadura a la democracia en 1990, constituí­a una rareza: un profesor universitario de voz suave, cuya pasión era el estudio de los aspectos más abstrusos del derecho administrativo. Su legado arroja luz sobre lo que deberí­an hacer los lí­deres latinoamericanos moderados si es que han de tener éxito.

Aylwin se vio ante una de las decisiones morales más difí­ciles que puede enfrentar el lí­der de una democracia recién restablecida: hasta qué extremo buscar el enjuiciamiento de quienes habí­an secuestrado, torturado y asesinado a miles de chilenos durante la dictadura del General Augusto Pinochet. Su respuesta continúa siendo polémica hasta el  dí­a de hoy. Según afirmó, procurarí­a la justicia “en la medida de lo posible”.

Esta idea pareció chocante al principio: ¿no se supone que la justicia es un imperativo moral absoluto? Lo es. Pero la historia demuestra que no es un imperativo que siempre se pueda lograr de forma perfecta. Obtener justicia, aunque sea imperfecta, constituye un objetivo moral en sí­. Aylwin comprendí­a esto y actuó de manera acorde.

La coalición que dirigí­a, audazmente recogió el desafí­o de Pinochet de participar en 1988 en un plebiscito para determinar si él continuarí­a  en el gobierno, ganó a pesar de todas las adversidades, y en 1990 apartó al dictador del poder. Si alguna vez ha existido el caso de un dictador alejado no por la fuerza de la violencia sino de la palabra, el  de Chile lo fue.

Luego de asumir el mando, el nuevo gobierno democrático decidió que antes de imponer castigos, era preciso establecer toda la verdad acerca de las violaciones de los derechos humanos.  La "Comisión de la Verdad y  Reconciliación" creada en Chile pasó a ser el modelo para entidades semejantes que fueron organizadas en la década de 1990 en Sudáfrica y otros paí­ses a través del mundo. Aylwin apareció en la televisión  para compartir la triste verdad con sus compatriotas. Con voz temblorosa, pidió perdón en nombre del Estado por los crí­menes cometidos. A los chilenos de mi generación todaví­a nos tiembla la voz cuando recordamos ese momento.

Los tribunales realizaron su labor. Pinochet nunca estuvo dentro de una celda, pero muchos de sus subalternos ““entre ellos el lí­der de la policí­a secreta”“ cumplieron condenas largas. ¿Cuántos paí­ses que emergen  de un oscuro perí­odo autoritario (es posible pensar en Rusia, Alemania Oriental, España, Portugal o Brasil) pueden decir que han hecho lo mismo? En el Chile de Aylwin, la justicia se puso en práctica en la medida de lo posible, pero ello no fue algo que se pueda menospreciar.

Aylwin pertenecí­a al Partido Demócrata Cristiano, que en Chile surgió  de las cenizas del antiguo Partido Conservador. Era católico observante. No le hubiera gustado que lo tildaran de liberal. Sin embargo, gobernó de acuerdo al estilo del zorro liberal del filósofo Isaiah Berlin, el que sabe de muchas cosas, en oposición a su erizo, el que sabe mucho de una sola cosa.

Los populistas siempre son erizos, ya sea en América Latina o en otros lugares. Son dogmáticos. El mundo tiene que adaptarse a su ideologí­a monolí­tica, en lugar de viceversa. El pragmatismo, la experimentación con diferentes polí­ticas, el aprendizaje gradual, no son  lo suyo. "Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. ¿Qué hace usted, señor"? El espí­ritu tras esta famosa sentencia, atribuida a John Maynard Keynes, resulta ajeno al sector de los populistas, pero no así­ a  la generación de pragmáticos latinoamericanos capitaneada por Aylwin.

Él era el antipopulista. Asumir el poder después de 17 años de un gobierno autoritario de derecha, conlleva una enorme tentación de prometer mucho y gastar generosamente. No obstante, Aylwin practicó la austeridad fiscal y ofreció a los chilenos dignidad, además de sudor y trabajo duro (pero no sangre ni lágrimas).

Aylwin instintivamente desconfiaba de los mercados y en alguna ocasión afirmó con orgullo que jamás habí­a puesto pie en un centro comercial. Sin embargo, luego de instalado en la presidencia, no solo mantuvo el sistema económico de libre mercado de Chile, sino que lo profundizó, celebrando acuerdos de libre comercio con un gran número de paí­ses. Al mismo tiempo, su gobierno elevó los impuestos, aumentó el gasto social y fortaleció la negociación colectiva a través de un acuerdo con los sindicatos. Su liderazgo fue el del zorro en su mejor expresión.

Los resultados fueron alentadores. En los años desde 1990, el ingreso  per cápita en Chile se ha triplicado. En ese entonces, el 40 % de los chilenos viví­a por debajo de la lí­nea de la pobreza; hoy dí­a, la cifra es de alrededor del 10 %. La desigualdad no se ha reducido, pero, contrario a lo que afirman algunos crí­ticos, tampoco ha aumentado.

El economista Albert O. Hirschman, probablemente el observador más agudo de la polí­tica latinoamericana de los últimos cincuenta años, ha sido crí­tico de lo que él llama ““citando a Flaubert”“ la rage de vouloir conclure,  o la obsesión que muestran algunos lí­deres de la región por tratar de llevar todo a una conclusión inmediata. En su lugar, Hirschman llamó a los lí­deres a desarrollar una "pasión por lo posible", y pacientemente "vender las reformas de a poco".

Aylwin acogió este llamado. Lo mismo hicieron Fernando Henrique Cardoso de Brasil, Alan Garcí­a de Perú, Ernesto Zedillo de México, Juan Manuel Santos de Colombia, Ricardo Lagos de Chile y Julio Marí­a Sanguinetti de Uruguay. Por un tiempo, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva pareció formar parte del grupo. Mauricio Macri, jefe de gobierno de Argentina, es un postulante contundente, pero con solo unos pocos meses de presidencia, es demasiado pronto para decidir.

El "posibilismo" no es lo mismo que la complacencia. Por el contrario, en las palabras de Hirschman, apunta a "ampliar los lí­mites de lo que es o se percibe que es posible". Hubo una época en la que no parecí­a posible que América Latina fuera bien gobernada. Hoy dí­a, sabemos que no es así­. Por ello, deberí­amos agradecer a lí­deres como Patricio Aylwin.

Traducido del inglés por Ana Marí­a Velasco

  Andrés Velasco, ex Ministro de Hacienda de Chile, es Professor of Professional Practice in International Development en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de Columbia University, Estados Unidos

© Project Syndicate 1995″“2016

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