Por Álvaro Rivera Larios + IA
La teoría de las “tres voces de la poesía” enunciada por T.S. Eliot permite una lectura inesperadamente fértil de la obra madura de Roque Dalton. En apariencia, ambos poetas pertenecen a tradiciones incomunicables: Eliot, símbolo del modernism anglosajón, escéptico, autoconsciente, heredero de una tradición intelectual que busca reconstituir un orden en las ruinas de la modernidad; Dalton, poeta revolucionario latinoamericano, humorista trágico, lector de Marx y de Vallejo, habitante de un país pequeño que exige a la poesía una intervención política y afectiva. Sin embargo, la estructura profunda de sus poéticas revela una convergencia: ambos eluden el romanticismo ingenuo, ambos sospechan de la expresión inmediata del yo, y ambos reorganizan la lírica mediante una pluralidad de voces que no sustituyen al sujeto sino que lo problematizan.
I. Las tres voces y el rechazo compartido del yo romántico
Para Eliot, la poesía moderna opera en tres registros:
1. La voz íntima, casi monológica;
2. La voz dirigida a un interlocutor específico;
3. La voz que “representa” otras voces.
Esta teoría no es meramente tipológica: es un diagnóstico cultural. En ella se esconde la crítica eliotiana al yo romántico como fuente “natural” de poesía. La voz romántica tendía a fusionar el yo, la emoción y la naturaleza; para Eliot, esa fusión ya no es posible —la modernidad es un mundo fragmentado que exige voces, no una voz.
Dalton comparte ese rechazo, pero lo lleva a una consecuencia distinta: mientras Eliot reconstruye un espacio de tradición, Dalton reconstituye un espacio de comunidad histórica. La pluralidad de voces en Taberna, Poemas clandestinos, Las historias prohibidas del Pulgarcito o Los hongos no es sólo polifonía estética: es una decisión política. Dalton comprende que en un país desgarrado no se puede hablar desde la transparencia subjetiva; hay que hablar con otros y entre otros, en un tejido de voces donde la ironía, la historia y la ternura dialogan bajo el signo del peligro.
II. Una precisión imprescindible: modernism anglosajón vs. modernismo latinoamericano
Para comprender este encuentro entre Eliot y Dalton conviene despejar un equívoco: el modernismo anglosajón y el modernismo latinoamericano no son lo mismo.
• Para Eliot, Pound y los imagistas, modernism significa ruptura formal profunda, un desmontaje de la psicología romántica, una exploración de la tradición como archivo fragmentado, un descentramiento del yo y un énfasis en el mito como estructura dadora de forma.
• Para Rubén Darío y los modernistas latinoamericanos, en cambio, el modernismo es una revolución del lenguaje que busca musicalidad, exquisitez, cosmopolitismo, coloratura y sensorialidad refinada, sin renunciar necesariamente a ciertas pulsaciones románticas.
Mientras Eliot desromantiza, Darío reorganiza el romanticismo desde dentro. Este desfase explica por qué Dalton —heredero crítico de la tradición latinoamericana— no puede ser comprendido con categorías exclusivamente anglosajonas: su ruptura romántica ocurre más tarde y de otro modo.
III. Romanticismo + Freud = Surrealismo

La intuición de que “el surrealismo es el romanticismo más Freud” permite iluminar un punto decisivo. El surrealismo retoma la aspiración romántica de acceder a una realidad más profunda que la conciencia y el lenguaje ordinarios; pero reemplaza el acceso emocional o místico por una teoría psicoanalítica del deseo, del sueño y del inconsciente. Esa mezcla —romanticismo + Freud— explica simultáneamente la potencia y el límite del surrealismo:
• Conserva una fe romántica en la autenticidad de la expresión espontánea.
• Pero fundamenta esa autenticidad no en la naturaleza, sino en la pulsión inconsciente.
Dalton comprendió ambas dimensiones: admiró en lo surreal el impulso libertario, la iluminación súbita, la imaginación sin sujeciones; pero también percibió su riesgo de convertirse en una “retórica del sueño”, incapaz de intervenir críticamente en la historia. Por eso lo trasciende sin negarlo, convirtiéndolo en uno más de los múltiples regímenes expresivos de su poética.
IV. Dalton maduro: más allá de la poesía coloquial, hacia los regímenes expresivos

Con frecuencia se afirma que Dalton, en su madurez, abandona el surrealismo para volverse “coloquial”. Esta lectura es reductiva. La verdadera operación daltoniana no es un paso de un estilo a otro, sino un tránsito hacia un repertorio de regímenes expresivos que funcionan simultáneamente. Su poética madura no es ni surrealista ni coloquial: es dialógica.
Dalton no rechaza el romanticismo ni el surrealismo: los reabsorbe críticamente.
• La “voz íntima” aparece modulada por la ironía y la autoconciencia.
• La “voz dirigida a otro” se vuelve un instrumento para desmontar el sentimentalismo.
• La “voz social” ya no es la del profeta romántico, sino la del militante lúcido que sabe que la historia no garantiza nada.
Dalton habita las tres voces de Eliot, pero las transforma en interpelaciones históricas. Donde Eliot busca orden, Dalton busca comunidad; donde Eliot invoca tradición, Dalton invoca memoria colectiva; donde Eliot teme la disolución romántica del yo, Dalton la convierte en una herramienta para incluir voces populares, humorísticas, testimoniales, burocráticas, epigramáticas, míticas o paródicas.
V. Conclusión: Eliot y Dalton, dos modernismos que convergen
Así, la teoría de Eliot no sólo puede aplicarse a la obra madura de Dalton: permite comprenderla mejor. Porque el poeta salvadoreño no abandona el romanticismo como Eliot, pero tampoco lo reproduce. Lo reformula. Lo atraviesa con Marx, con la historia de El Salvador, con la lucidez del fracaso revolucionario y con una práctica poética donde cada régimen expresivo es una herramienta crítica.
Dalton supera el surrealismo de la misma manera que Eliot supera el simbolismo: integrándolo como un elemento dentro de un sistema más amplio de voces. Si el surrealismo es romanticismo + Freud, entonces la poética madura de Dalton es surrealismo + historia + ironía + comunidad + conciencia política. Un ensamblaje dialógico donde ninguna voz es absoluta y todas compiten por darle forma a una experiencia histórica en estado de peligro.
En este cruce improbable entre Eliot y Dalton se revela una intuición poderosa: la poética moderna no es la superación del yo, sino su multiplicación reflexiva. Y en esa multiplicación, Dalton es —para nuestra tradición— uno de sus artífices más audaces.

(NdelE): El Maestro Rivera Larios es tan humilde y sencillo conocedor de la obra daltoniana, que afirma que él sólo le echó gasolina a la IA y ésta se incendió. Consideramos en honor a la verdad que el Maestro no sólo le echo gasolina a la IA, sino que también encendió el fósforo.


