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La tierra y el territorio para la vida  

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Por Wilmar Harley Castillo Amorocho

Las sorpresas nos llegan cuando vemos o vivenciamos los acontecimientos que conocimos en los libros, los documentales o en entrevistas hechas a los/as protagonistas, entonces ser conscientes que somos los nuevos protagonistas o testigos/as es un desborde de dudas y expectativas. Estos acontecimientos traen consigo cambios que modifican el curso de la historia y también cambian cosas en nuestras subjetividades, permitiendo observar un antes y un después en los cambios que traen los acontecimientos.

Esto lo digo porque siempre admiré la recuperación de tierras por parte del campesinado organizado para construir las condiciones materiales de la vida digna. La experiencia de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC)(1) es la más representativa de esta lucha, pues fue un parte aguas en el movimiento campesino colombiano en donde se sintetizó la trayectoria de las recuperaciones de tierras que desde 1850 el campesinado impulsaba de manera atomizada y con algunos brotes organizados antes de 1968 (año que nació la ANUC) y después de su decaimiento nacional en la década de los 80, el movimiento campesino sumó experiencia de acción colectiva, organización comunitaria y mayor visión en los intereses colectivos.(2)

Más de 800 recuperaciones de tierras se dieron entre los años 1970 y 1975, colectivizando 984 predios donde el campesinado de la ANUC gobernaba sobre los nuevos predios, construían empresas comunitarias, impulsaban la formación política, hacían invertir parte del presupuesto del Ministerio de Agricultura en esos territorios, iban configurando su territorialidad campesina, fuertemente crítica frente al gobierno nacional. Aunque no pueda profundizar en la historia de este capítulo del movimiento campesino colombiano, trataré de aquí en adelante narrar y explicar la importancia de la recuperación de la tierra por parte del campesinado empobrecido como un aporte más a las reflexiones que ya se vienen haciendo en esta coyuntura sobre el derecho a la tierra en Colombia.  

La tierra sigue disputándose para la muerte o para la vida. La muerte está representada en los monocultivos (donde se usan agrotóxicos, se deforesta y destruye la biodiversidad, se esteriliza la tierra), la privatización de grandes extensiones de hectáreas, se desarrollan megaproyectos minero-energéticos. Por el contrario, la vida se representa en el cultivo de alimentos con enfoque agroecológico, cuidado de la biodiversidad, reproducción de la cultura campesina, se establecen circuitos agroalimentarios junto a las comunidades urbanas para que el intermediario no se lleve la mayoría de la plata y sea justa la ganancia económica del campesinado y de los beneficiarios de los alimentos.

En el punto de no retorno en el que nos encontramos la humanidad y el planeta por culpa del capitalismo que ha cambiado los ciclos climáticos y destruye los bienes comunes, no existe una “tercera vía” dentro del escenario donde se enfrenta la muerte y la vida. Definitivamente sembrar yuca o plátano sin tóxicos para alimentar, no solo es saludable, sigue siendo político en nuestros días y la recuperación de tierra lo reafirma. ¿Para qué se recuperan predios improductivos (privados o estatales)? ¿para levantar un rancho y poder cultivar comida? Esta acción colectiva a simple vista podría entenderse como una forma de auto-garantizar el derecho a tener tierra, pero su sentido trasciende el azadón y la semilla.

La reparamilitarización del territorio nacional que redujo a su mínima expresión social y política a la ANUC, también permitió imponer monocultivos y megaproyectos minero-energéticos a cargo de privados nacionales y extranjeros, no obstante la recuperación de la tierra vuelve a aparecer como parte del repertorio de movilización del movimiento campesino (blanco de la guerra integral del Estado) quién en determinados periodos se centró en el cierre de vías, toma de instituciones nacionales y mesas de negociación con el gobierno nacional, junto a las labores de construir figuras territoriales propias que ayudan al ordenamiento territorial popular, que a su vez contienen acciones sobre la forma de organizarse la comunidad alrededor de un plan de trabajo colectivo, acciones cotidianas familiares y comunitarias, elementos culturales y todo un tejido social autónomo que sustenta la fuerza social de las acciones en espacios públicos como carreteras o ciudades.

Después de los paros nacionales del 2013, 2016 (de carácter nacional y con participación de diversas organizaciones campesinas, indígenas, afros y pobladores urbanos bajo acuerdos comunes), movilizaciones de organizaciones campesinas (departamentales o municipales) y la participación en el Paro Nacional del 2021, se desempolva la clásica recuperación de tierras que abuelos/as y padres/madres ayudaron a impulsar en el siglo pasado, que con mucha alegría veo que sucede fuera de los libros de historia.

Como respuesta los terratenientes y sus bandas armadas privadas se ponen a la defensiva para evitar la recuperación de las tierras, usando las predecibles tácticas defensivas y ofensivas: señalamientos y estigmatización (usando en el discurso “invasores, defender la propiedad privada, defender el progreso”), acciones de persuasión con personal armado en camionetas, denuncias en redes sociales y medios masivos privados por parte de sus representantes en el Congreso de la República, propuestas de ley que blinden, aún más, sus predios y negocios, apoyo de los medios masivos privados, movilizaciones en sus territorios y aquellas acciones nuevas que estén acorde a estos tiempos que son materia de análisis.

Sobre esto, el papel de los medios masivos privados y las redes sociales, es imponer el sentido de los terratenientes sobre la tenencia y uso de la tierra para que un manto de legitimidad cubra las acciones que este sector haga en el terreno, incluyendo aquellas que derramen sangre campesina. Llama la atención que la demostración de fuerza social (y militar privada) de los terratenientes está haciendo parte del cubrimiento de esta coyuntura (3), para aterrorizar al campesinado organizado y ganar apoyo en el resto de la población rural y urbana.

Claro que no se expondrán las causas históricas de la recuperación de tierra contra el terrateniente en los medios masivos privados, sino que expondrán un conflicto entre dos partes, donde uno se “defiende” del otro que “pone en riesgo la propiedad”. El detalle está en que no hay puestos para espectadores, solo para protagonistas porque con el actual gobierno del Pacto Histórico no se puede asumir que por sí solo implementará la Reforma Agraria Integral (4) y que esta acogerá los intereses del movimiento campesino, por el contrario, el campesinado y las comunidades rurales son los actores principales de la construcción de la Reforma Agraria Integral.

Hasta ahora, según los gremios empresariales de los departamentos de Cauca y Valle del Cauca, van 1.000 hectáreas retomadas por indígenas/campesinos en este año, llegando a las 6.000 hectáreas retomadas desde el 2014, según los gremios de estos departamentos (5). Así mismo, en los departamentos del Cesar también se vienen recuperando tierras, humedales y ciénagas para que no sigan convirtiéndose en desiertos, monocultivos de arroz y palma aceitera ni para que pasten los búfalos son algunos ejemplos de recuperaciones de tierra por parte del campesinado, indígenas y afros, que frente al número de hectáreas en manos del sector privado nacional e internacional es mínima, pues desde el 2010 van 6.64 millones hectáreas (6).

En medio de cercas tumbadas, banderas y consignas, diálogos con autoridades, gente armada en camionetas blancas, hay 114 millones de hectáreas pendientes para ser cultivadas para la vida.

Wilmar Harley Castillo Amorocho

NOTAS:

  1. Asociación creada en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo (7 de agosto de 1966 – 7 de agosto de 1970) para controlar a la población campesina y hacerla parte del plan modernizador del campo colombiano. El Ministerio de Agricultura, el Instituto Colombiano de Reforma Agraria y el Banco Agrario fueron las instituciones que interlocutaban, asesoraban, apoyaban el plan de trabajo de la ANUC. Pero desde el primer Congreso nacional (el 7 de julio de 1970) la asociación asumió la postura de autonomía frente al gobierno nacional, presionándolo para que implementara la Reforma Agraria a través de la movilización social y de la gestión institucional.
  • El trabajo de doctorado en proceso de publicación de Andrea Cely, “La lucha campesina como forma de vida Colombia 1850-2015” es un apoyo importante para sustentar los argumentos en este artículo.

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Wilmar Harley Castillo
Wilmar Harley Castillo
Comunicador social, especialista en Política Pública para la Igualdad; comunicador de la Coordinadora Nacional Agrario de Colombia. Columnista y comunicador de ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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