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lunes, 17 de mayo del 2021

La Textual

Cuento de una colaboradora de ContraPunto relacionado con la realidad rural de la educación en El Salvador

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En la pequeña escuela del pueblo le decí­an “La Textual” era un sobrenombre que le puso un periodista suramericano  que llegó a hacer un reportaje de la educación en el medio rural, según explicaba estaba comparando como se enseñaba en las ciudades urbanizadas y en los lugares rurales, querí­a entre otras cosas, resaltar las diferencias positivas y negativas de ambas enseñanzas.

Esa motivación lo llevo a la pequeña escuela rural donde asistí­a Miranda una pequeña niña de segundo grado, que todo lo que le decí­an lo tomaba literalmente y hacia exactamente lo que entendí­a que estaba dicho, por varias razones que no es el caso analizar, porque realmente no se sabe ¿por qué? Miranda tomaba muy en serio lo que se le decí­a, no usaba metáforas, supuestos y mucho menos dobles sentido de las palabras.

Se comprenderá entonces qué motivo tal apodo, eran las respuestas sencillas, las acciones y los   comportamientos de Miranda, sumándose además los comentarios e historias que las demás personas contaban de ella, por ejemplo: decí­an que una vez su madre la mando a limpiar los ejotes para  hacer un caldo y en lugar de quitarles las puntas extremas y lo que metafóricamente llamamos venas de este tipo de hortalizas, como hacen las personas comunes y corrientes, la niña fue y tomo  un sacudidor y empezó a limpiarlos uno por uno; otra vez le pidieron que le echara pitos a los frijoles y tomo los pitos de barro que su hermanito tenia para jugar y se los hecho a la olla donde estos se cocí­an.

 La madre contaba que cuando la niña estaba más chica  ella le regalo un cerdito de barro para ahorrar monedas  y le dijo que poco a poco fuera guardando los centavitos que de cuando en vez le daba,  Miranda entendió que eso era ahorrar,  entonces cuando su madre un dí­a le dijo que ahorrara el agua, la niña la fue guardando poquitos de agua en un recipiente que al pasar los dí­as rebalso y mojo todo el lugar donde dormí­an.

En otra ocasión al pueblo llegaron seguidores de un determinado partido polí­tico haciendo proselitismo y para congraciarse y demostrar que se interesaban por la población del lugar, repartieron platos de comida a mayores y menores, la madre de Miranda se acerco al lugar con la intención de obtener  alguna comida para sus pequeños y cuando lo habí­a logrado le dio un plato de comida a Miranda y le dijo: “muchachita se lo come todo, porque es la comida del dí­a” por supuesto que la madre se referí­a a la comida, pero Miranda entendió literalmente lo que se le dijo y se enfermo porque se comió también el plato, menos mal que era de cartón, fue entonces que la madre tomo conciencia que con la pequeña debí­a ser especifica de lo que le decí­a o querí­a que hiciera, para no tener serios problemas con ella.

La pequeña Miranda  era solicita, atenta y obediente pero todo lo entendí­a textualmente y su madre que era la única que la atendí­a, cuidaba de ella y de su pequeño hermanito, porque el padre les habí­a abandonado cuando la mama quedo embarazad de su segundo hijo, el hombre progenitor ni siquiera conoció al pequeño, pero la luchadora mujer que,  como decí­an en el pueblo “hacia micos y pericos” para darle a la niña y al niño lo necesario tubo que acostumbrarse al  comportamiento de la niña y le causaba risa cuando la chiquita que habí­a oí­do lo que decí­an sobre el esfuerzo de ella, venia y le preguntaba ¿ donde guardas los micos y pericos que haces? Entonces la madre solí­a tomarse el tiempo necesario para explicarle con detalles lo que querí­an decir en la vecindad.

 Miranda solo tení­a ocho años pero se esforzaba para comportarse como una persona adulta, cuando pasaron varios dí­as y su padre ya no llego, le pregunto a su madre ¿Por qué ya no veí­an a su papa? está, tratando de contener el llanto le dijo que “mejor se olvidaras de él, porque  el ya no existí­a”, la niña pensó que su papa no era real y que se habí­a disuelto desapareciendo en la nada, por lo que cuando le preguntaban sobre su padre ella respondí­a que no existí­a que se habí­a disuelto.

Con el tiempo y por los diversos malos entendidos, Miranda fue aprendiendo que no siempre las personas son  lógicas al expresarse y que cuando se comunican utilizan muchos supuestos que consideran sobreentendidos por quienes les escuchan, ella poco a poco se esmero por no ser  tan exacta  en lo que le decí­an, pero aun así­ la niña siguió siendo conocida por el sobrenombre que le atribuí­an “La Textual”.

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