spot_img
miércoles, 3 junio 2026

La Soledad

¡Sigue nuestras redes sociales!

Zarko Pinkas |

Hoy he sentido unas tremenda gana de salir de la habitación. Cogí el bastón, lo puse junto a la cama y con su ayuda me levanté con bastante incomodidad. Abrí la puerta y pude vislumbrar la silla de lectura de mi abuelo.

Recordé una mañana muy fría  cuando me leía los titulares de las noticias. Siempre apegado a la crítica, realizaba un comentario personal sobre las situaciones expuestas en las líneas de cada artículo. Estuvo bien meditar sobre mi abuelo, pues me dio esa emoción de que existen conexiones entre los genes de nuestra familia.

Yo estaba muy enfermo de bronquitis. Las pastillas recetadas por el boticario no surgieron el efecto pronosticado. Salí a mirar a la calle. Las veredas reflejaban las fiestas del día anterior. Muchas latas de cervezas yacían tiradas junto a las cloacas.

Varios cuervos saltaban y, con certeros picotazos, destruían la basura. Era una función considerablemente positiva en medio de tanta soledad urbana. Caminé entre ellos. No se inmutaron por mi cercana presencia. Al contrario, sus graznidos fueron haciéndose silenciosos, casi mudos.

Se escuchaban las campanadas de la iglesia a lo lejos. Me imaginé a los feligreses entrando a su recinto en busca de la paz del espíritu. Tuve la intención de ir por un segundo, pero rápidamente encontré una excusa para sacar esa idea de mis planes.

Fui al almacén del alemán más por una caja de cigarros y unas bolsas de té.  Las tomé y deposité el dinero sobre una pequeña mesa sin mirar mucho a don Pepe Kast. Todo lo tenía caro y su sonrisa me daba desconfianza, así que evitaba el contacto visual.

Deben haber pasado unas veinte horas que volví a la casa. El agua hirvió y su ruido me sobresaltó. Mi estómago se revolvió con una sensación fría en su interior. Me molesté conmigo mismo por sentirme tan débil y enfermo. Era un bello día para arruinarlo con mis enfermedades imaginarias.

Bostecé y me deje caer sobre el viejo sofá del abuelo. Puse la cabeza sobre la pequeña almohada y me quedé  viendo fijamente el cielo de madera. Noté su gran deterioro. El ventilador no servía casi. Desconozco cuánto tiempo le duran las pilas. Me amargué al darme cuenta que debería salir otra vez al almacén.

La cajetilla de cigarros no la encontraba en ningún lado. Puse la cabeza sobre mis rodillas sintiéndome totalmente incómodo. Quería fumar un par de cigarros al beber el té caliente. El televisor de pedestal me podría dar un tiempo de distracción. El aburrimiento me estaba sacando de mis casillas.

Los rayos del sol entraron por las rendijas del techo.  Amaneció y dormí con la tele encendida. Tenía los brazos entumecidos por la posición y el cuello adolorido. Me dije a mí mismo  como sea debía salir de este letargo tan desesperante.

Corrí al baño y me sumergí en la bañera. Pasaron unos minutos los cuales se convirtieron en horas.

Para mi asombro, golpearon la puerta. Me acerqué al espejo para peinarme y medio ordené la pequeña sala y comedor. Medité que si fuera yo, criticaría esta forma de vivir de un ser humano. Rodeado de tantos libros viejos, libretas de apuntes y colillas de cigarros en ceniceros.

Al bajar a abrir la puerta, tuve la impresión de ser observado. Me incomodé. Continué igual hasta llegar ante la puerta de vidrio y metal.

Nuevamente me pasé las manos por el pelo para dar una buena impresión a mi visitante. No importaba quien estuviera al otro lado.

Tuve una sensación de tranquilidad al ver que no había nadie. Pensaba que podía ser la Soledad que vendría a molestarme y sacarme de mis actividades diarias. Por suerte no fue de esta manera. Pude volver a mi vida serena.

Cerré la puerta con cuidado. No por miedo, sino por una intuición difícil de explicar, como si algo pudiera quebrarse si hacía ruido. El silencio regresó a la casa, pero ya no era el mismo. No era vacío: tenía densidad, peso, respiración.

Avancé hacia la sala y entonces lo noté.

La silla de lectura de mi abuelo ya no estaba vacía.

No sabría decir cuándo apareció ni cómo. No era grande; tampoco pequeño. Su cuerpo parecía hecho de restos: polvo antiguo, madera húmeda, sombra acumulada en rincones donde nunca llega el sol. Sus extremidades eran desiguales, como si hubiese sido armado con descuido. Tenía algo de duende y algo de demonio, pero sobre todo tenía algo profundamente familiar.

No me miró de inmediato. Parecía escuchar la casa.

Comprendí que no venía de afuera. No había cruzado la puerta. Vivía ahí desde antes, aguardando. Se alimentaba de voces ajenas, de presencias inútiles, de opiniones que no pedí. Era esa compañía que se sienta al lado cuando uno está enfermo y cansado, la que murmura, la que juzga, la que invade.

El bastón golpeó el suelo sin querer. El sonido le provocó una mueca que podría haber sido una sonrisa.

Retrocedí. No sentí pánico, sino claridad.

La Soledad —entendí al fin— no era lo que había que temer. La Soledad no entra sin permiso. Lo verdaderamente maligno es aquello que se queda, que opina, que ocupa el espacio interior cuando uno está débil.

Volví a mi habitación y cerré la puerta. Esta vez con llave.

Me senté en la cama, respiré hondo y acepté el silencio. Porque estar solo, al final, no era una condena. Era una forma de defensa.


También te puede interesar

Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

Últimas noticias