Por Susana Barrera
¿Por qué nos cuesta tanto hablar de aquello que forma parte de nuestra propia humanidad?. Hemos aprendido a bajar la voz cuando hablamos de sexualidad, a disfrazar sus palabras y a sentir vergüenza o enojo ante preguntas que merecerían respuestas claras. En muchos espacios, la condena ha ocupado el lugar de la educación.
El libro “La sabiduría de las putas. Burócratas, burdeles y el negocio del sida” , de la epidemióloga Elizabeth Pisani, y además periodista, permite acercarnos a esta contradicción. Desde su experiencia investigando el VIH, la autora cuestiona cómo los prejuicios morales y los intereses institucionales pueden desviar los esfuerzos de prevención o educación alejándolos de las realidades de las personas.
Pisani explica cómo el mundo, en los 80s, desde el edificio de Naciones Unidas en NY estrenó jerga para referirse a la sexualidad y sus protagonistas y responder a una dinámica de cooperación que no precisamente llegaba a donde más se necesitaba.
Su trabajo invita a escuchar a quienes suelen quedar fuera de las decisiones, aunque conozcan de primera mano aquello que se pretende resolver y que se esconde en la doble moral.
Esa mirada me remite a mi experiencia de trabajo con mujeres trabajadoras sexuales organizadas.
Recuerdo las prácticas de colocar preservativos en zanahorias: un ejercicio sencillo que abría conversaciones serias sobre protección, cuidado y decisiones. Allí había mujeres compartiendo conocimientos sobre su trabajo y sobre una sociedad que con frecuencia las juzga antes de escucharlas.
También escuché relatos sobre hombres que, además de un encuentro sexual, buscaban conversación, compañía o un espacio donde expresar su creatividad y preocupaciones. Aquellos testimonios me hicieron pensar en las soledades que atraviesan nuestra vida cotidiana y que no pueden expresarlo por tabúes .
Sin equiparar ese acompañamiento con una terapia profesional, había allí una dimensión humana que merece ser comprendida, como lo sugiere Pisani.
Reconocer el trabajo sexual entre personas adultas que consienten libremente exige escuchar sus voces y defender su dignidad. Exige, además, distinguirlo de la prostitución, trata, la explotación y cualquier forma de violencia.
El respeto a las personas debe orientar esa conversación. Desde mi propia manera de entender la vida, considero que la sexualidad es un don cuando se vive con libertad, consentimiento, responsabilidad y respeto. Puede ser encuentro, placer, ternura y una forma profunda de comunicación.
Cada persona tiene derecho a decidir cómo vivirla, a establecer límites y a que esos límites sean respetados.
Sin embargo, hemos construido una relación contradictoria con ella. La utilizamos para vender productos, atraer miradas y alimentar conversaciones privadas, mientras nos incomoda abordarla con seriedad en la familia, la escuela o la comunidad.
Esa incomodidad se vuelve especialmente dura con las mujeres, sobre quienes recaen juicios por desear, decidir, disfrutar o hablar abiertamente de su cuerpo.
Cuando trasladamos esa condena a la educación sexual, dejamos preguntas esenciales sin respuesta. ¿Cómo reconocer una presión?, ¿Cómo comunicar un límite?, ¿Qué significa consentir?, ¿Cómo cuidar la salud y reconocer una relación respetuosa?
La educación sexual que necesitamos debe responder a esas preguntas con información adecuada a cada edad, sensibilidad y reconocimiento de la dignidad humana. Debe ofrecer herramientas para comprender el cuerpo, identificar la violencia y tomar decisiones informadas.
También debe enseñar que nadie está obligado a sostener relaciones sexuales para demostrar amor, conservar una pareja o satisfacer expectativas ajenas.
La reflexión que me deja el acercamiento a Pisani es una invitación a revisar nuestros prejuicios. Escuchar antes de juzgar. Conocer las realidades antes de diseñar respuestas. Preguntarnos cuánto de nuestra aparente preocupación por la moral se traduce, de verdad, en cuidado hacia las personas.
Lo ideal sería una sociedad capaz de hablar de sexualidad con la misma seriedad con que habla de otras dimensiones de la vida. Una sociedad donde una pregunta encuentre orientación y donde el respeto al cuerpo propio y ajeno se aprenda desde temprano.
La sexualidad merece palabras claras, educación y cuidado. Nuestra humanidad también se expresa en la manera en que aprendemos a vivirla.


