Por Nelson López Rojas
Mis colegas me cuentan un chiste sádico que le da el nombre a esta columna. Dicen que unos delincuentes humillaban a un payaso y creían que lo disfrutaba hasta que el payaso dijo: “hey, cálmense que la risa es pintada”. Y así como el payaso, muchos vamos por la vida con la risa pintada y con el interior hecho trizas.
Hoy es el Día Internacional de la Felicidad, según las Naciones Unidas, amigos. Sí, otra vez. Así que, por decreto global y sin derecho a apelación, deberíamos estar felices. Qué alivio. Ya puedo dejar de preocuparme.
Este año no hace falta ni tema oficial, pues la felicidad ya viene incorporada en rankings, en gráficas, en informes internacionales que nos dicen que estamos mejor. Incluso bastante bien. El Salvador aparece ahora en el puesto 37 del mundo. Treinta y tres. Un número respetable, más felices que Grecia, Colombia o España. Esta es la sonrisa de foto oficial suficiente para no preocupar, pero insuficiente para entusiasmar.
Somos felices por ratos, en TikTok, en una fiesta, en una salida. O en los moteles, por ejemplo. Hay tantos que uno pensaría que vivimos en un eterno romance nacional. Un amigo buscaba un cuarto de alguno de los 7 moteles cerca de la Alcaldía capitalina y todos, todos estaban ocupados. Felicidad absoluta. La gente es intensamente feliz durante unas horas, con aire acondicionado y espejo en el techo. Luego se acaba el tiempo, se paga la cuenta y cada quien regresa a su casa, a su realidad, a su cansancio.
También somos felices en las iglesias. Con bocinas que parecen competir con el Juicio Final, con cantos estridentes y promesas de alegría eterna. Ahí la felicidad es colectiva, sudada, gritona, pero dura lo que dura el culto. Al salir, el tráfico, las deudas y la vida vuelven a poner todo en su lugar.
Dicen que somos felices porque somos resilientes, es decir, porque aguantamos, porque sobrevivimos, lo dicen como sinónimo de plenitud. La resiliencia, eso de seguir caminando con la suela rota bajo el ardiente sol de marzo no es felicidad.
También dicen que somos felices porque trabajamos mucho. Claro. Trabajamos tanto que no tenemos tiempo de preguntarnos si somos felices. Eso ayuda bastante a las estadísticas. Jornadas largas, salarios cortos y el tráfico eterno.
El World Happiness Report insiste en que compartir y confiar nos hace felices, pero todos vivimos desconfiando. Nos preguntan si queremos factura. Nos decomisan la mercadería. Nos talan el bosque ajeno y nos cobran el aire propio. Seguimos celebrando el lindo Centro Histórico mientras seguimos enojados con el prójimo.
La felicidad, nos dicen ahora, también se mide en pantallas. Pasamos horas y horas viendo cómo otros viven mejor, viajan más, comen mejor y hasta aman mejor. En otros países, eso está volviendo más infelices a los jóvenes. Aquí, todavía no tanto. Tal vez porque estamos demasiado ocupados intentando sobrevivir. Tal vez porque todavía hablamos en la calle. O tal vez porque ya aprendimos a reírnos del dolor antes de que duela más.
Hace poco hablábamos entre amigos de cómo se saludan los hombres. Que darle un beso a un hijo varón es sospechoso, que el afecto hay que medirlo, que el abrazo tiene género, que no sabemos si tenemos un amigo gay o no, etc. Así, con ternuras prohibidas, con emociones vigiladas, con cariño administrado por el qué dirán, se construye también nuestra infelicidad.
¿Qué nos haría felices? Claro que lo sabemos: tiempo, tranquilidad, afecto y comunidad. El problema es que vivimos en una lógica que nos roba eso mismo. Como decía Pepe Mujica, no compramos cosas con dinero, las compramos con tiempo. Y el tiempo es lo único que no nos devuelven… y como decía José María Napoleón: “vive feliz ahora, mientras puedas”.
Así que hoy, en este Día Internacional de la Felicidad, sonrío. Claro que sí, pero con la sospecha intacta porque mientras la felicidad siga siendo un ranking, una consigna o un decreto, todos seguiremos con una risa pintada.
Y la pintura, tarde o temprano, se cae.



