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martes, 07 de diciembre del 2021

La polí­tica exterior y sus vaivenes

Honduras, dicen los que saben de estas cosas, ha tenido en el pasado algunos buenos, excelentes, diplomáticos. Profesionales que han sabido diseñar y conducir los difí­ciles lineamientos de una polí­tica exterior adecuada y beneficiosa para el paí­s. O, lo que es lo mismo, una polí­tica exterior que refleje los intereses y objetivos nacionales de manera fiel y provechosa. Así­ ha sido, aseguran, en el pasado.

La polí­tica exterior no es terreno plano y, a veces, puede resultar campo minado. Con frecuencia tiene arenas movedizas y hondonadas inesperadas. Por lo mismo, debe estar en manos de profesionales con la experiencia debida, el conocimiento suficiente y la habilidad negociadora apropiada. Personas capaces de promover, con inteligencia y astucia, los grandes intereses del paí­s para alcanzar los objetivos nacionales que la propia Constitución polí­tica establece. La diplomacia es, por eso mismo y entre otras cosas, una ciencia y un arte. Trabajo de expertos y asunto de profesionales. No se la puede dejar en manos de aficionados o aprendices.

En los últimos meses los temas de la polí­tica exterior han despertado de nuevo el interés de la opinión pública mejor informada. El rediseño de las polí­ticas migratorias y el impacto del éxodo centroamericano hacia el norte, la estridencia amenazante de la Administración Trump, el triunfo de candidaturas novedosas en el entorno geográfico regional (México y El Salvador, especialmente), la grave crisis por la que atraviesan Venezuela y Nicaragua, el retorno de regí­menes orientados a posiciones de derecha frente al repliegue humillante de la izquierda en buena parte del continente, son apenas algunos de los acontecimientos y hechos que, de alguna manera, demandan de las Cancillerí­as una combinación inteligente de intereses locales con las coyunturas internacionales, un sabio rediseño de posiciones y posturas que beneficien y coloquen al paí­s en mejores condiciones.

Pero, a juzgar por las actitudes y decisiones adoptadas en meses recientes, se puede concluir que la llamada “polí­tica exterior” hondureña responde más a los intereses inmediatos del clan gobernante, a sus ambiciones mayúsculas y desmedidas, que a los intereses y objetivos de la sociedad hondureña en su conjunto. Es como si la ambición de la tribu se impusiera insolente sobre el bien común y el afán colectivo.

Los ejemplos sobran. Para sólo citar un par de casos, ese viraje súbito hacia Israel, tomando partido en un conflicto tan difí­cil y explosivo, tan local como internacional, puede traernos consecuencias inesperadas. Ya lo han advertido, con lenguaje dual y casi temeroso, algunos miembros destacados de la comunidad palestino hondureña. Lo mismo puede decirse de ese radicalismo súbito en el caso de Venezuela, en donde el gobierno actual insiste en alinearse con la cruzada impulsada desde Washington y secundada alegremente por las actuales autoridades de la Organización de Estados Americanos (OEA). La absurda decisión de ofrecer el traslado de la embajada hondureña desde Tel Aviv a Jerusalén, inspirada en un afán servil y humillante ante la polí­tica exterior de la Administración Trump, no sólo nos pone en ridí­culo ante la comunidad internacional sino que también nos introduce, aunque sea por la puerta de atrás, en un peligroso e inflamable conflicto que no es nuestro ni nos concierne directamente. De igual manera, sumar al paí­s a los intentos de invasión militar contra el actual gobierno de Venezuela nos introduce en otro conflicto, este sí­ más cercano y no menos peligroso que el otro.

¿Quién ordena estos giros y virajes en la polí­tica exterior del paí­s? ¿Quién diseña u orienta esta supuesta “estrategia” criolla ante la comunidad internacional? Todos sabemos que se trata del gobernante actual, el inquilino cuestionable de Casa Presidencial, quien, por lo visto, subordina los intereses del paí­s a sus caprichos aldeanos y a sus pretensiones de aliado tan dócil como incondicional de la Administración norteamericana. Olvida que a su gobierno en Washington le ven de doble manera: como aliado solí­cito y obsecuente en materia de seguridad, pero incómodo e impresentable en materia de corrupción. Esa doble visión puede cambiar de énfasis en cualquier momento, de acuerdo a los vaivenes propios de la polí­tica interna de los Estados Unidos, que puede ser tan volátil como lo demande la democracia y la voluntad de los ciudadanos en las urnas. La subordinación ciega e incondicional ante los intereses de la polí­tica exterior de Washington, no es ni puede ser la mejor forma de promover y defender los intereses y objetivos nacionales de nuestro paí­s. Es, en todo caso, una forma oportunista y servil de confundir la propaganda con la polí­tica, de pretender jugar damero en la mesa de ajedrez.

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