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domingo, 17 de octubre del 2021

La plaza y su sabotaje

Dos facciones oligárquicas enfrentadas mediante pacifismos y terrorismos

Durante las primeras tres horas de protesta, la manifestación del sábado 28 de noviembre en la plaza se comportó según su conocida rutina de agitar banderas criollas y pancartas ingeniosas con reivindicaciones dispersas, y en hacer sonar cornetas y pitos brincando y gritando en paroxística catarsis en modo de performance. Con ello glorificó de nuevo su alegre espontaneidad centrífuga y dio salida festiva a su indignación ante el gobierno, como en el 2015.

Pero desde las cinco de la tarde, poco antes del inicio del anochecer, un grupo de instigadores profesionales repitió el guion del sábado 21 y procedió a quemar un autobús en un lindero de la plaza, a hacer destrozos junto al Palacio Nacional, a agredir a la otrora salvaje y ahora apacible policía y a golpear a manifestantes pacíficos quienes desde el inicio de los disturbios los tacharon de infiltrados. A pesar de ese vociferado señalamiento, el sabotaje de la manifestación pacífica continuó impunemente hasta pasadas las nueve de la noche, sin que la medrosa policía antimotines hiciera nada más que replegarse. Cuando el aburrimiento ante el triste autobús en llamas hizo retirarse a los saboteadores, los antimotines recibieron orden de reagruparse y escenificaron un ridículo cuanto inútil simulacro de persecución mediática de los revoltosos a lo largo de la sexta avenida. Después, la policía reportó (de la nada) a dos incendiarios capturados.

Para el sábado 28 la convocatoria a la plaza de parte de los netcenters de la facción corporativa de la oligarquía fue menor que la del sábado 21, al extremo de que la prensa habló todo el tiempo de cientos (y no de miles) de manifestantes. Lo mismo ocurrió en ciertas ciudades del interior. El sabotaje a esas demostraciones por la facción oligárquica rentista también fue menor (un autobús y no un congreso quemado). La oficialmente requerida presencia de observadores de la infame OEA de Almagro, hizo que la fuerza de seguridad actuara como una comunidad de místicos para montar la patraña de que los sinceros y honestos manifestantes pacíficos son vándalos comunistas que destruyen la propiedad pública y privada. Con ello el gobierno rentista busca deslegitimar el hartazgo ciudadano frente a su obscena corrupción e inepcia. Ante lo cual vale preguntar cómo irán las negociaciones entre corporativos (dionisistas) y rentistas (arzuistas) mientras los primeros convocan a los manifestantes pacíficos a la plaza, al tiempo que los segundos pagan (desde el gobierno) a terroristas para que simulen que los pacíficos atacan a la policía y a ésta para aguantar y victimizarse.

Como en el 2015, es necesario que de las protestas surja una organización con reivindicaciones de clase para construir un instrumento político partidario popular, interclasista e interétnico que se torne en interlocutor alternativo a las facciones de la oligarquía frente las potencias de la multipolaridad. Esto, para relacionarnos con ellas de manera soberana y digna después de elecciones libres y una Asamblea Constituyente Popular y Plurinacional. Si esto no ocurre, el 2020 no será distinto del 2015 y la dominación oligárquica seguirá, no importa si por los corporativos dionisistas o por los rentistas arzuistas. Los bloqueos carreteros de indígenas y campesinos tampoco lograrán mucho mientras hagan sólo acciones dispersas producto de la espontaneidad y el hartazgo y no se organicen ―sin financiamientos externos― y reivindiquen sus históricos y justos objetivos de clase.

www.mariorobertomorales.info

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