La pintura como redención en la vida de Rafael Rodríguez

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El pintor Rafael Rodríguez Molina es un hijo del arte, de la visión de muchas personas sensibles que vieron en él su talento, el cual estuvo dormido en un país donde aún campean muchas fronteras

Por Grego Pineda

La creatividad trascendente, como caudal prístino en almas escogidas, se abre paso y cruza fronteras. Todo tipo de fronteras: crea espacios donde las cuatro estaciones pueden reinar a la misma vez, por irracional que parezca; y además todo un mundo de posibilidades florece. Es el caso del salvadoreño Rafael Rodríguez Molina. He aquí su historia.

Tuve referencias de Rafael, cuando miré, por primera vez, la pintura original “La Madona del Desierto” que engalanaba el espacio vital de la presidenta de la Casa de la Cultura El Salvador, en Washington DC., y el impacto visual provocó una inmediata comunicación entre mi curiosidad y el mensaje que subyace en tan hermosa pintura. La perspicacia de Jeannette Noltenius me ahorró las preguntas.

«Sí -dijo Jeannette- es asombrosa. Es de un joven salvadoreño y sus obras están cargadas de simbolismos, por ejemplo, ésta -señaló a la pared que sirve como marco a la obra de proporciones humanas-. Es una revelación este muchacho, que ha tenido todos los inconvenientes de un inmigrante pero que, a pesar de todo, en pocos años, ha logrado destacar y tener presencia por su versatilidad en el arte: pintor, muralista, escultor. Tienes que conocerlo».

Nos citamos en la ciudad de Hyattsville, Maryland, donde tiene su estudio junto a una comunidad de artistas, tomamos cafés con muchas horas de conversación. Supe cómo se descubrió artista. «Nunca pinté ni sabía que me gustaba el arte -dijo- pero cuando vine a este país y después de duras experiencias en el camino, logré iniciar mis estudios de Secundaria, con el apoyo de mis hermanos: José y Marcos Rodríguez. No sabía inglés y me sentía abrumado con el aislamiento. Y era peor cuando debía interactuar con mis compañeros y profesores».

«Entre las clases regulares que estudiaba estaba la de arte y las profesoras nos estimulaban a buscar maneras de expresarnos. Y allí fue cuando sentía que podía exponer lo que sentía, lo que pensaba y lo que me afligía, que era mi status migratorio, el trabajo a medio tiempo y a la vez, mi frustración de no entender el inglés. Y me concentré y poco a poco mi cosmovisión pictórica le fue gustando a profesores y compañeros».

«Desahogaba emociones en cada obra y de ellas se comentaba mucho y entonces entendí que sí, que me comunicaba con todos, en un nuevo lenguaje: la libertad creativa, las imágenes contenían largos y difíciles historias que aún procesaba: el cruce del desierto, la captura y el tiempo que pasé en un centro de detención migratorio, mis anhelos y temores. Mis profesoras decían que yo tenía talento y sus consejos fueron una luz en el camino del arte que se volvió una pasión y ahora siento que no solo me comunico en inglés, sino universalmente».

Al terminar la secundaria y con asesoría, apliqué a las Escuelas de Arte de muchas universidades y logré preparar un sólido portafolio que despertaba interés en algunas de ellas, pero todo terminaba cuando se exigía definir el status legal. Nunca me desalenté porque recibía apoyo moral de las profesoras Ms. Edward, Hannah Blok, Ms. Rivera y mentoras: Ms. Linda Cameron y Ms. Cathy Smith. Incluso cuando no fui aceptado en ninguna, por falta de “papeles”, ellas buscaron opciones; entonces Ms. Thelma Boyd-Nash (QDDG) pagó mi primer semestre en Montgomery College y me apoyó hasta el final de sus días. ¡Creía en mí!, y yo la recuerdo con cada exposición».

«Tengo la mentoría de Margaret Boozer, directora de Red Dirt Studios, quien me ha bendecido con su generosidad para seguir creciendo en técnicas y no desmayar en buscar oportunidades. Aún y trabajando en varios oficios, seguí estudiando y he logrado un Asociado en Finas Artes del Montgomery Community College. Y, al fin, ya con mi status legal definido, he sido aceptado por prestigiosas Escuelas de Arte y el próximo año voy a ese nuevo nivel de reto, oportunidad y aprendizaje».

En conclusión, el pintor Rafael Rodríguez Molina es un hijo del arte, de la visión de muchas personas sensibles que vieron en él su talento, el cual estuvo dormido en un país donde aún campean muchas fronteras. Rafael ya está en la tierra de las oportunidades y el mundo ha ganado un artista llamado a trascender.

(*) Escritor de la diáspora salvadoreña en EE. UU, Magíster en Literatura Hispanoamericana.

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Grego Pineda
Escritor de la diáspora salvadoreña en EE. UU, Magíster en Literatura Hispanoamericana, columnista y colaborador de ContraPunto
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