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jueves, 28 de octubre del 2021

La paz en lo colectivo

En El Salvador queremos que las cosas cambien pero que lo hagan otros, que se manifiesten otros, que hagan el trabajo otros y que denuncien otros. La gente cree que si no le afecta a ella significa que no está ocurriendo, o como dice la canción “si no me acuerdo no pasó”.

Vivimos en una eterna burbuja de la apatí­a, de la ignorancia y de la indiferencia, y por eso es que las cosas no cambian. Hay que dejar a un lado la relevancia personal y unirnos como vecinos de la cuadra no para poner un portón aislándonos de los demás, sino para hablarnos, para intercambiar números de teléfono, para tener un plan de denuncia. Debemos de romper la burbuja y así­ abrirle paso al colectivismo para que lo que me afecta como individuo lo solucionemos como sociedad.

He visto cómo nos echamos zancadillas los unos con los otros al ciegamente afiliarnos a algún partido o religión o equipo de fútbol en lugar de vernos bajo la sombrilla del salvadoreñismo. Y esa clase de distinciones son inevitablemente divisivas en nuestro ambiente que no sale de la posguerra. Nos creemos los dueños de las verdades absolutas, aunque simplemente hayamos oí­do algún rumor en internet. Hay que investigar, hay que leer para conocer la verdad y no esperar a que nos den un resumen. O escribimos nosotros nuestra historia o la van a escribir otros a su antojo. Seamos los dueños de nuestro destino, de nuestra historia, de nuestro proceso como seres humanos.

La solución está en nosotros mismos. No hay que amarrar al perro después que mordió a la señora del pan. No hay que esperar que haya más policí­as para sentirnos seguros. No hay que esperar a la Sombra negra o a que metan a la cárcel a los mareros por mareros. No hay que imaginarse siquiera que los polí­ticos tienen la solución, ¡no! Hay que evitar que el niño se haga marero. Hay que evitar que haya necesidad de querer más seguridad. La clave, estimado lector, está en la prevención, en ponerle atención a quienes necesitan de nosotros, en darle la mano al necesitado pero con sinceridad y no nada más una tortilla dura que ya ni el perro se la come.

Hay que combatir la corrupción en todos los niveles y no creer que el fraude o la deshonestidad es un modelo a seguir. Hay que romper ese ciclo de deshonestidad donde los vigilantes mal pagados venderán su arma a un delincuente y la reportarán como perdida. El dueño de la agencia de seguridad privada se regocijará al saber la noticia y reclutará a más agentes privados mal pagados que venderán su arma a un delincuente y la reportarán como perdida y seguirá ese cí­rculo vicioso.

Resulta muy risible querer demandar mis derechos cuando no cumplo mis deberes. No hay que criticar a los burócratas por cerrar la ventanilla media hora antes si nos metimos en medio de la fila para avanzar y nos pasamos tres semáforos en rojo porque salimos tarde de la oficina donde le dijimos al jefe que í­bamos a llevar al niño enfermo al seguro y que no regresarí­amos hasta el dí­a siguiente cuando la realidad del partido nos atrapó con las cervezas. O todos en la cama o todos en el suelo.

Hace algunos años se vivió y hasta se celebró la tregua en El Salvador. Cosa tan turbia como el agua del Acelhuate. Y nos queremos dar a creer a nosotros mismos que la ausencia de muertos indica que hay presencia de paz, pero no lo es. La paz no es un papel firmado después de la guerra. La paz comienza en el hogar. con los ejemplos que le podamos dar a nuestros chiquitos que nos imitan a cada paso. La paz es agarrar un libro y sentarnos con nuestros hijos para que más tarde no agarren una pistola. La paz es querer a nuestras mascotas y a nuestros hijos como tales y no darles a patadas cuando estamos enojados.

Estar en paz consigo mismo es el primer paso hacia una paz más colectiva, más sostenible, más duradera.

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