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sábado, 16 de octubre del 2021

La ley de los 10 mandamientos

En vista de que el incumplimiento de esa ley le trajo al pueblo condenación, Dios proveyó a Jesucristo para constituirlo en mediador de un nuevo y mejor pacto

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Fue dada por Dios a través de Moisés al pueblo de Israel para ganar la salvación y para una sana convivencia –jamás dada a cristianos– ese conjunto de leyes y reglamentos del Antiguo Testamento o viejo pacto, es importante dentro del Judaí­smo, para ser salvo hay que cumplirlos a cabalidad (ver Éxodo cap. 20, Deuteronomio cap. 5).             

Jesús quien era judí­o y dentro del judaí­smo extractó los mismos 10 en 2, "amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo", ya que los primeros mandamientos se refieren a honrar a Dios como por ejemplo que no se harán esculturas ni imágenes es decir idolatrí­a, y los últimos se refieren al  respeto del prójimo.

En vista de que el incumplimiento de esa ley le trajo al pueblo condenación, Dios proveyó a Jesucristo para constituirlo en mediador de un nuevo y mejor pacto. Anunciado desde el Antiguo Testamento en Jeremí­as 31:31-33, ratificado por Pablo en Gálatas 2:11-16, 3:10-18, Hebreos 10:12-25.

Pablo nos hace una magistral presentación de la gracia de Jesucristo en Romanos cap., del 4 al 8, donde explica que la salvación es por la fe en Jesucristo solamente, y no por cumplir la ley de los 10 mandamientos ya que tal ley se convirtió en maldición pues por su transgresión trajo condenación, mientras que la gracia de Jesucristo trajo salvación. No obstante, la religión, por ignorancia o perversidad, falsamente ha hecho creer que solo los "buenos" que cumplen los 10 mandamientos van al cielo, y encima de eso, inventó e impuso a su clientela la parafernalia de los "sacramentos".

Dicha ley demanda el legalismo de obediencia plena para ser salvo, pero Dios vino a buscar pecadores, no "falsos e hipócritas" justos, y demanda solo fe y creer en el sacrificio de Jesucristo para perdón de pecados, para ser salvos. Gálatas 3:1-5, Efesios 1:13, nos confirma que el Espí­ritu de Dios se recibe por fe y no por obras. La ley condena y mata, pero la fe en Jesús es fuente de vida.

Desde el Antiguo Testamento, Isaí­as cap. 53, ya Dios habí­a anunciado que Jesús vendrí­a para ser azotado y herido por nuestras rebeliones y pecados, que Dios cargarí­a sobre él en su sacrificio en la cruz el pecado de todos nosotros. Esa es la esencia del evangelio de Jesús, esa es la esencia del propósito de su venida. Es falso que viniera a apoyar revoluciones o movimientos en favor de los pobres y excluidos, lo cual, es lo que le gusta a la gente y lo que a la gente le gusta oí­r, de ahí­ el mensaje de los llamados papas desde el balcón, porque ese es el mensaje que vende bien a la religión.   

Recalcando, en Efesios 2:1-9, Dios nos dice que no obstante, que estábamos –muertos– en nuestros delitos y pecados, Dios nos dio –vida– juntamente con Jesucristo, quien nos resucitó, que por –gracia– somos salvos por medio de la fe, la cual no es nuestra sino que es un don de Dios –no por obras– para que nadie se glorí­e, de ser bueno, caritativo y sacrificado por los pobres, religioso, ni de ser canonizado santo en falsas ceremonias papales, etc.etc.

Una vez más, al respecto de –santos– Dios en Hebreos 10:14-17, nos dice claramente que los cristianos, por supuesto que los legí­timos, somos perdonados y santificados por la sangre de Jesús. Sus cartas, Pablo las dirige a los santos. A través del sacrificio de Jesús, somos declarados y vistos santos por Dios, y no por que hayamos sido falsamente “canonizados santos” por ningún hombre pecador.

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