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miércoles, 08 de diciembre del 2021

La lectura y el cambio generacional

Tengo la dicha de escoger las clases que quiero dar y entiendo que es un privilegio pues a muchos se les da la carga académica sin siquiera tener ni opinión ni las cualificaciones para hacerlo

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Una vez que creemos en nosotros mismos, podemos arriesgarnos a la curiosidad, el asombro, el deleite espontáneo o cualquier experiencia que revele el espíritu humano.

                                                                                                                                                                                  e.e. cummins.

Leer para saber: cambiando paradigmas desde la obligatoriedad al placer por la lectura. En mi crónica sobre los centúricos o centennials, siendo estos nativos digitales que prefieren ver un tutorial de how to en YouTube que leer el tedioso manual de 100 páginas, sentenciaba que “Los educadores están en una encrucijada donde se trabaja con lo que se tiene o se muere de la depresión. Llegará ese momento donde los académicos y los profesores que no se adapten, por muy perspicaces que sean, quedarán rezagados a las mazmorras del saber, así como nuestras bibliotecas actuales donde los docentes mandan a sus pupilos como castigo”. Pero también “Les inculco a mis estudiantes en mis clases universitarias la importancia de escribir correctamente para optar a un buen trabajo o simplemente para verse más atractivos con eso de ser sapiosexual―los que seducen con la inteligencia. Insisto que deben saber de todo un poco, leer de todo, lo que les plazca y así tener temas de conversación con los demás. Invito a escritores para que vengan a charlar con ellos esperando que sirva de motivadores”.

Gracias a un colega en la universidad, me acabo de enterar que en el 2015,  el escritor, periodista y docente uruguayo Leonardo Haberkorn hace pública su renuncia a la docencia a través de blog donde decía “Me cansé… me rindo…”. ¿Los culpables? Facebook y WhatsApp. ¿O acaso serán los estudiantes los culpables? Haberkorn ha reconocido que es incapaz de hacerle frente a sus educandos que usan las redes sociales en el salón.

¿Cómo es posible que un galardonado periodista y escritor de una docena de libros se sienta inútil ante un minúsculo grupo de jóvenes? Estando en la misma situación suya de periodista-escritor-docente, muchos profesores universitarios en El Salvador nos encontramos con esa difícil situación codependiente del celular en las clases. Como son ya mayores de edad, las instituciones prefieren no violentar los derechos individuales prohibiendo celulares en las aulas. Entonces, es aquí donde el docente tiene que maniobrar con cuidado para no ofender a los centúricos.

“Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez. No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en periodismo. Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla. Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”, decía Haberkorn. Y después agrega “Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate”. Entonces, de lo que se trata aquí es que como docentes seamos honestos primero con nosotros mismos, hurguemos nuestras debilidades y si necesitamos buscar un trabajo distinto mientras meditamos nuestras dubitaciones en la labor educativa, ¡que así sea! Me revientan los profesores que dan clases porque necesitan el seguro de salud o porque tienen deudas que pagar. Y no es una cuestión exclusiva de nuestro país. Hace varios años di clases en una institución secundaria de clase baja en los Estados Unidos donde un maestro sesentón se quejaba constantemente, tal Haberkorn, al decir que los celulares le destruían las clases, que las chicas no merecían estar aprovechándose de la educación gratis, del transporte gratis, del almuerzo gratis y que él no estaba de acuerdo que se usaran los impuestos en gente que iba a terminar de parásito de la sociedad. Cierto día me pasé por su clase y él dictaba, en pleno 2015, desde su libro y donde algunas discentes copiaban con frialdad, otras se maquillaban, otras en sus celulares y el hombrecillo a quien le “faltaban un par de años para jubilarse” seguía con su monotonía.

Tengo la dicha de escoger las clases que quiero dar y entiendo que es un privilegio pues a muchos se les da la carga académica sin siquiera tener ni opinión ni las cualificaciones para hacerlo. Veo con desilusión aulas con temas interesantes donde los estudiantes no llegan o no le prestan atención. Es aquí donde los maestros deben tomar un paso atrás y reinventarse. Les digo a mis clases que la primera cosa que vamos a aprender es a desaprender. Si uno sigue repitiendo patrones errados seguiremos en el error y eventualmente se fosilizará y vendrá el aburrimiento.

Es una aberración pensar que el internet es nuestro enemigo, así como era errado pensar lo mismo sobre la radio o de la TV cuando llegaron. Un querido amigo me dice que las clases no son para entretener a los estudiantes, que no somos niñeros sino profesores, y en parte estoy de acuerdo. No es cuestión precisamente de entretener, pero si al escribir mis notas periodísticas, mis poemas, mis traducciones o mis libros lo hago lo más atractivo posible, ¿por qué no podemos echar mano de todas nuestras capacidades y contribuciones como actores, DJs, carpinteros o pupuseras en nuestras clases? ¿Ha cocinado usted alguna vez con sus alumnos, querido docente? ¿Sabe usted por qué la chica de risitos se duerme al nomás entrar a clase? Si no conocemos a nuestros alumnos, difícilmente tendremos su respeto o su atención.

Aprovechemos los recursos, las distintas expresiones culturales de nuestros estudiantes, pidámosles que hagan un video y lo suban a YouTube o a Facebook como parte de su formación. Usemos sus celulares en nuestras aulas para crear expectación de lo que se va a tratar la clase.

Desde luego que existe algo a lo que llamo “responsabilidad individual”, pero si en sus casas no se les ha inculcado, si el sistema perverso de educación los ha ido pasando por no herirles los sentimientos, si en la U se tienen que pasar porque si no nos quedamos sin alumnos, entonces debemos nosotros como maestros, desde nuestras trincheras, cambiar poco a poco las actitudes de los participantes.

Decía en mi artículo que comparaba a Singapur con El Salvador: Es innegable que estamos ante malas prácticas culturales de estudio, de lectura y escritura, estamos ante muchos maestros sin sensibilidad pedagógica ni memoria histórica, ¡pero tienen ganarse la vida de alguna forma!  Los maestros se rigen por un sistema educativo que sale del MINEDCYT, es decir, sin la participación de los padres, sin el interés de los alumnos y sin innovaciones, los docentes solos no pueden hacer nada, es un problema mayúsculo. Es por eso que se enseña la gramática en las escuelas de forma normativa, como se enseñaba hace 50 años, sin crear en el educando ninguna oportunidad para pensar o para enamorarse de la lectura. Las matemáticas se vuelven enemigas de los enseñandos pues no se ve útil ni trascendental. Las ciencias no pasan de repetir y memorizar la tabla periódica y comprar tubos de ensayo. Se hacen "ferias de logros" como un show para que los padres se sientan incluidos en una educación unidireccional. En Singapur, 8 de cada 10 niños reciben tutorí­a fuera de la escuela; aquí­ en muchas instituciones hay centros de tutorí­a pero la indiferencia de los padres aunada al desinterés de los alumnos en aprender hace que sigamos sumidos en la ignorancia. Hay que pensar en un método que enseñe a los discentes a encarar problemas, a potenciar sus capacidades, a elaborar preguntas relevantes, a cuestionarlo todo y a todos. No es simplemente ser funcional y responder "aunque sea el mí­nimo" en una entrevista de trabajo al preguntársele cuánto quiere ganar, sino a razonar una respuesta inteligente y convincente ante tal pregunta.

Entonces, culpar a los chicos por un resultado que arrastramos por siglos es risible. Ser docente no tiene que ser porque no encontramos otra cosa que hacer, así como lo decía George Bernard Shaw en su máxima “El que puede, puede; el que no da clases”. Reinventemos nuestras metodologías. Eso de sacar ideas principales, secundarias, personajes, etc ya pasó de moda. Comencemos por abrir el Instagram y pedirles que busquen sobre la guerra en los años 80 o sobre la verdadera historia del Guasón.

Comenzar o terminar una clase contándoles un cuento de Salarrué sin decirles lo que es, o una porción del principito donde el zorro dice “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz”, ¡imaginémonos a nuestros estudiantes gugoleando la frase y quizás hasta el libro!

Sin embargo, me doy cuenta que hay que ser consecuentes y genuinos. Pedirle al expresidente Sánchez que enseñe a través de Tweeter no sería coherente ni lógico. Pedirle a aquel viejito gringo que ponga un video de YouTube sería innatural. Cada quien en lo suyo. Si mi intención es generar interés por la lectura, debo comenzar aunque sea por un Tweet, por un Snap mal escrito o por una cita mal atribuida. De ahí podemos partir para que los estudiantes tengan a la lectura como una aliada y no como una enemiga.

Hace ya años pasé de ser el sabelotodo preguntón a desarrollar la “Teoría Inquisitiva” en donde mis clases giren alrededor de preguntas hechas por los alumnos. Yo también me cansé que no supieran que África no es un país de Sudamérica o que los gringos no son los únicos americanos o que los japoneses no son chinos. Opté por la teoría inquisitiva porque soy curioso y me gusta la curiosidad, me gustan las preguntas incómodas, me gusta que pregunten y sean genuinos pero como no tenemos cultura de inquirir, les doy un pedacito de papel en donde pueden preguntar anónimamente lo que deseen. Y nos reímos todos de los errores, de todo y de todos los involucrados y corregimos y nadie sabe quién lo escribió. Todos podemos aprender a través de una pregunta ignorante e informarnos y aprender para ser seres más cultos o criaturas menos incultas según se vea.

Leonardo Haberkorn termina su carta de renuncia con una frase que pudiera ser muy nuestra en nuestra PAES al final del año lectivo: “Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante. No quiero ser parte de ese círculo perverso”.

Finalmente, estudiemos estas frases que nos deben acompañar en nuestra profesión docente o como personas: hurguemos nuestras debilidades; rechacemos la indiferencia; si algo no funciona, cambiémoslo; alejémonos de la monotonía; desaprendamos y reinventémonos.

Autor es académico de la Universidad Don Bosco

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.
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