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miércoles, 3 junio 2026

La industria de la belleza como nueva teología del cuerpo

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Por Zarko Pinkas-Ramírez

Si en la columna anterior hablábamos de la estética del dominio como un sistema que impone cánones y decide quién merece existir, aquí podemos ver cómo esa lógica se ha trasladado a la industria contemporánea de la belleza. El principio sigue siendo el mismo: controlar la percepción, marcar lo deseable y lo rechazable.

Históricamente, esta maquinaria no empezó con Hollywood ni con Instagram. Comenzó con la religión y la Inquisición: los modelos visuales de brujas, demonios y monstruos servían para definir lo moralmente y estéticamente inaceptable, para mostrar el límite entre lo humano y lo aberrante. La fealdad no era neutral; era un instrumento de miedo y obediencia. Lo bello, al contrario, encarnaba la perfección, la virtud y el poder. Con ello, se creó un sistema jerárquico: los cuerpos y rostros se volvían símbolos de autoridad o de condena, y la estética funcionaba como una teología secular del cuerpo.

Los demonios, de David Ryckaert, representación del siglo XVII  Heritage Images/Getty Images

Hoy, Hollywood y la política cumplen el mismo papel. Actores y actrices, aunque promoviendo diversidad superficial, siguen mostrando cuerpos escuálidos, uniformes, que nada tienen que ver con la realidad mundial. Políticos y celebridades crean un estándar aspiracional, mientras ocultan la vejez, la decadencia y la imperfección. Los influencers, por su parte, multiplican este canon, promoviendo una belleza anorexica, homogénea y superficial, sin historia ni cultura. La fealdad es mostrada con personajes deformadas que solo pueden apelar al amor por la  lástima y donde son los malos de las historias.  La estética contemporánea se convierte así en ritual y dogma: filtros, retoques, mentiras, cirugías y selfies funcionan como sacramentos; cada like, una confirmación de obediencia.

Katty Perry y Justin Trudeau

Schopenhauer y la belleza como consuelo exclusivo

Arthur Schopenhauer veía en la belleza una pausa en la voluntad de vivir, un refugio temporal del sufrimiento. Solo quienes podían contemplarla alcanzaban esa libertad. Hoy, ese privilegio se ha globalizado como un estándar imposible: cuerpos y rostros que pocos pueden alcanzar se convierten en íconos. La contemplación de la belleza, lejos de ser liberadora, se vuelve jerárquica y excluyente.

Hegel y la jerarquía de la estética

Hegel entendía la belleza como expresión del espíritu absoluto, pero también como un medio para jerarquizar civilizaciones y culturas. El canon occidental—griego, renacentista, europeo—se erige como norma global, relegando otras estéticas a etapas “inferiores” de desarrollo cultural. La historia de la belleza, entonces, es también una historia de poder y colonización estética: se impone un modelo que decide quién es digno de ser admirado y quién no.

Nietzsche y la belleza como imposición de valores

Nietzsche desafiaba el ideal: la belleza no es sinónimo de bondad ni armonía, sino de afirmación de vida e intensidad. La tragedia griega, con su horror y esplendor, muestra que lo bello puede ser caótico y transgresor. Hoy, el estándar impuesto por Hollywood y las redes sociales es uniforme y superficial, negando el caos y la fuerza que realmente producen la belleza. Los cánones contemporáneos son máscaras de poder, ocultando la complejidad y la imperfección humana.

Umberto Eco y la historia de la fealdad

Eco demostró que lo feo ha sido construido históricamente para reforzar lo bello y consolidar jerarquías. Monstruos, deformidades y brujas han servido siempre para marcar límites y mantener el orden. En la industria de la belleza contemporánea, la fealdad se convierte en rechazo social: cuerpos que no encajan en el canon son invisibilizados o ridiculizados, mientras la perfección se exhibe como norma y dogma.

Byung-Chul Han y la belleza digital sin aura

Byung-Chul Han lleva el análisis a la era digital. La estética de redes sociales ha perdido su “aura”; ya no provoca contemplación sino consumo. Lo bello se mide en likes, reproducciones y validación inmediata. Influencers, celebridades y algoritmos funcionan como evangelizadores modernos: propagan cánones de delgadez, juventud y piel perfecta. La belleza se vuelve obligación y control social, invisible pero omnipresente.

La actriz Anya Taylor-Joy

De la Inquisición a Instagram

Si los modelos de brujas, demonios y monstruos fueron instrumentos de control en la Inquisición, hoy Hollywood y las redes sociales cumplen la misma función. El canon de belleza dicta quién merece ser visto, admirado o valorado. La diferencia es que ahora los fieles son voluntarios: desean someterse al estándar y, con ello, reproducen el sistema de manera masiva. La estética se convierte en moral: lo que es bello está bien, lo que es feo es rechazable.

La industria de la belleza no es neutral. No crea libertad ni expresión: crea obediencia. Y mientras los actores, políticos e influencers lucen cuerpos perfectos en cámaras y selfies, la realidad queda ocultada, silenciada, descartada. Los ideales de belleza son ahora rituales, dogmas, leyes invisibles que nos enseñan cómo ver, cómo gustar y cómo valorar.

Quizás ha llegado la hora de cuestionarlo todo: de aceptar que la belleza no es un derecho, sino un instrumento de poder, y que la fealdad, la imperfección y la diversidad pueden ser nuestra forma de resistencia. En la teología contemporánea del cuerpo, tal vez ha llegado el momento de que los feos, los irreverentes y los imperfectos tomen el control de la historia.


La estética del dominio: cuando la belleza decide quién merece existir

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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