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domingo, 24 de octubre del 2021

La identidad moral del homo economicus

Los axiomas fundamentales de la economí­a tradicional incorporan una visión de la conducta humana que se conoce como homo economicus: hacemos lo que más nos gusta o lo que preferimos más, entre las opciones factibles.

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CAMBRIDGE ““ ¿Por qué vota la gente, si hacerlo es costoso y altamente improbable que incida en el resultado de las elecciones? ¿Por qué hace uno más de lo que debe en su trabajo?

Dos libros recientes ““Identity Economics [Economí­a de la identidad] por el premio Nobel George Akerlof y Rachel Kranton, y The Moral Economy [La economí­a moral] por Sam Bowles”“ indican que una silenciosa revolución está desafiando los fundamentos de la economí­a, prometiendo cambios radicales en la forma en que visualizamos numerosos aspectos de las organizaciones, las polí­ticas públicas, y hasta la vida social. Al igual que con el repunte de la economí­a del comportamiento (que ya incluye seis premios Nobel entre sus lí­deres), esta revolución emana de la psicologí­a. Sin embargo, mientras la economí­a del comportamiento se basa en la psicologí­a cognitiva, la revolución actual tiene sus raí­ces en la psicologí­a moral.

Como es el caso con la mayor parte de las revoluciones, la actual no está sucediendo porque, según lo estimara Thomas Huxley, bellas teorí­as antiguas estén siendo destruidas por feos hechos nuevos. Hace tiempo que sabemos de los hechos feos e inconsistentes, pero los individuos no abandonan un esquema mental a menos que puedan sustituirlo por otro: a la larga, son solo las teorí­as más nuevas y más poderosas las que dan muerte a las bellas teorí­as antiguas.  

Durante largo tiempo, la teorí­a económica aspiró a la elegancia de la geometrí­a euclidiana, en la cual todos los teoremas ciertos se derivan de cinco axiomas aparentemente incontrovertibles, como la noción de que solo hay una lí­nea recta que conecta dos puntos en el espacio. En el siglo XIX, los matemáticos exploraron las consecuencias de relajar uno de esos axiomas, y descubrieron la geometrí­a de los espacios curvos, en la que un número infinito de lí­neas longitudinales puede pasar a través de los polos de una esfera.

Los axiomas fundamentales de la economí­a tradicional incorporan una visión de la conducta humana que se conoce como homo economicus: hacemos lo que más nos gusta o lo que preferimos más, entre las opciones factibles. Pero, ¿qué hace que deseemos o prefiramos algo?

Hace mucho tiempo que la economí­a postula que aquello que orienta nuestras preferencias es exógeno a la cuestión de que se trate: de gustibus non est disputandum, como argumentaban George Stigler y Gary Becker. No obstante, empleando unos pocos supuestos razonables, como la idea de que más es mejor que menos, es posible hacer muchas predicciones sobre la forma en que las personas van a comportarse.

La revolución de la economí­a del comportamiento puso en duda la idea de que formulamos estos juicios de manera acertada. En este proceso, se sometieron a pruebas experimentales los supuestos en que se basa el homo economicus, y se llegó a la conclusión de que eran deficientes. Pero, a lo más, esto condujo a la idea de empujar sutilmente [nudge] a la gente a tomar decisiones mejores, como obligarla a excluirse en lugar de incluirse a la hora de optar por una alternativa mejor.

Es posible que la nueva revolución haya sido gatillada por un descubrimiento incómodo que realizó la revolución anterior. Consideremos el llamado juego del ultimátum, en el que a un participante se le da una suma de dinero, digamos, US$100. Él debe dar parte de este dinero a un segundo jugador. Si este acepta la oferta, ambos retienen el dinero. Si no, ninguno de los dos recibe nada.

El homo economicus le darí­a US$1 al segundo jugador, quien deberí­a aceptar la oferta porque US$1 es mejor que cero dólares. No obstante, a través del mundo, la gente tiende a rechazar las ofertas inferiores a US$30. ¿Por qué?

La nueva revolución supone que cuando tomamos decisiones, no consideramos meramente cual de las opciones disponibles nos gusta más. También nos preguntamos qué deberí­amos hacer.

De hecho, según la psicologí­a moral, nuestros sentimientos morales, acerca de los cuales Adam Smith escribió su otro libro famoso, evolucionaron para regular nuestro comportamiento. Somos la especie más cooperadora de la Tierra porque nuestros sentimientos evolucionaron para mantener la cooperación, para poner al "nosotros" por encima del "yo". Entre estos sentimientos se cuentan la culpa, la vergí¼enza, la indignación, la empatí­a, la simpatí­a, el miedo, la repugnancia, y todo un cóctel de otras emociones. En el juego del ultimátum, rechazamos ofertas porque encontramos que son injustas.

Akerlof y Kranton proponen añadir algo simple al modelo económico convencional de la conducta humana. Sostienen que además de los elementos egoí­stas tí­picos que definen las preferencias, las personas se consideran parte de "categorí­as sociales" con las cuales se identifican. Existe una norma o un ideal asociado con cada una de estas categorí­as, por ejemplo, ser cristiano, padre, albañil, vecino, o deportista. Y puesto que comportarse de acuerdo al ideal produce satisfacción, la gente actúa no solo para adquirir, sino también para llegar a ser.

Bowles demuestra que tenemos esquemas muy diferentes para analizar situaciones. En particular, los incentivos monetarios pueden funcionar en situaciones semejantes a las del mercado. Sin embargo, como lo reveló el famoso estudio de las guarderí­as infantiles de Haifa, la imposición de multas a quienes recogí­an a sus hijos con tardanza resultó tener el efecto opuesto: si una multa es como un precio, se puede decidir que es un precio que vale la pena pagar.

Pero sin la multa, el llegar atrasado constituye un comportamiento descortés, grosero, o falto de respeto en relación al personal de la guarderí­a, el cual serí­a evitado por las personas con amor propio incluso si no existieran las multas. Desgraciadamente, en el ámbito empresarial tanto como en el público, se ha restado importancia al énfasis en esta forma alternativa de regular el comportamiento. En su lugar, se han derivado estrategias a partir de la visión de que todas nuestras conductas son egoí­stas, de modo que el desafí­o intelectual ha sido el diseño de mecanismos o contratos "compatibles con los incentivos", esfuerzo que también ha sido reconocido con premios Nobel.

Sin embargo, como lo demostró George Price hace mucho tiempo, es posible que la evolución darwiniana nos haya hecho altruistas, por lo menos hacia quienes percibimos como miembros del grupo que llamamos "nosotros". Puede que la nueva revolución de la economí­a dé cabida a estrategias basadas en afectar ideales e identidades, no solo impuestos, multas y subsidios. En este proceso, tal vez comprendamos que votamos porque es lo que los ciudadanos deberí­amos hacer, y que desempeñamos una labor excelente en nuestro trabajo porque buscamos respeto y realización personal, no solo un aumento de sueldo.

De tener éxito, la nueva revolución puede conducir a estrategias que nos hagan más receptivos a los mejores ángeles de nuestra naturaleza. La ciencia económica y nuestra visión de la conducta humana no tienen por qué ser sombrí­as. Pueden llegar a ser hasta inspiradoras.

Traducción del inglés por Ana Marí­a Velasco

Ricardo Hausmann, ex Ministro de Planificación de Venezuela y ex Economista Jefe del Banco Inter-Americano de Desarrollo, es Director del Center for International Development at Harvard University y profesor de economí­a del Harvard Kennedy School.

Copyright: Project Syndicate, 2017. www.project-syndicate.org

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Ricardo Hausmann
Ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard
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