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jueves, 06 de mayo del 2021

¿La guerra o la paz en Ucrania?

ESTOCOLMO – ¿Es Rusia capaz de vivir en paz junto a una Ucrania soberana, independiente y unida?, ¿o es inevitable una guerra declarada? Esta, desde hace tiempo, es la cuestión primordial para Europa del Este, que volvió al centro de la escena con la gigantesca concentración de fuerzas militares rusas en Crimea y a lo largo de la frontera oriental ucraniana.

Fue la cuestión de la independencia ucraniana la que finalmente llevó a la desintegración de la Unión Soviética hace tres décadas. Aunque la salida de otras repúblicas soviéticas no necesariamente hubiera implicado una amenaza existencial, la declaración de independencia de Ucrania decididamente lo fue. Selló el destino de la Unión Soviética, un colapso que el presidente ruso Vladímir Putin recordó como «la mayor catástrofe geopolítica» del siglo XX.

Durante las dos décadas posteriores a la desintegración de la Unión Soviética, Rusia se centró principalmente en construir su propio estado y forjar su propia identidad, pero eso cambió cuando Putin decidió volver a ejercer la presidencia en 2012, en el que sería su tercer mandato (después de desempeñarse como primer ministro por un período electoral durante el cual su amigote, Dmitri Medvédev, ocupó la presidencia hasta que Putin pudiera postularse constitucionalmente otra vez). Ahora se ha embarcado en un rumbo revisionista para crear la llamada Unión Euroasiática.

Ucrania, mientras tanto, había mostrado una fuerte preferencia por alinearse con sus vecinos de Europa Central. Y aunque esos países se habían unido a la Unión Europea, no había motivos por los que una relación más estrecha con ellos tuviera que debilitar los vínculos históricos y culturales ucranianos con Rusia.

En este contexto, la Asociación Oriental de la UE, que dio lugar a la Zona de Libre Comercio de Alcance Amplio y Profundo con Ucrania, fue parte de un intento de acercamiento más amplio con ese país. Ninguno de los acuerdos comerciales de Ucrania con la UE era incompatible con el que mantenía con Rusia, pero el Kremlin no opinaba lo mismo. Incapaz de aceptar esos acuerdos, comenzó a presionar al débil y vacilante presidente ucraniano, Víktor Yanukóvich, para que se alejara de la UE. Eso generó un levantamiento popular que derrocó a Yanukóvich (quien huyó a Moscú) y preparó el escenario para la guerra que comenzó en 2014.

El Kremlin entendía que Ucrania era un Estado débil y fracturado, que cedería si se lo sometía a una presión sostenida. Para justificar el revanchismo ruso, los funcionarios ofrecieron conferencias al mundo exterior en las que presentaban a Ucrania como una colección de despojos de imperios difuntos. Aunque en alguna medida esto sea cierto, se podría decir lo mismo de Rusia y de cualquier otro estado-nación moderno, si nos remontamos lo suficiente al pasado.

Comprometido con la idea de que Ucrania no es un verdadero país, el Kremlin parece haberse convencido de que robarle Crimea a principios de 2014 aceleraría su colapso; esperaba que Rusia pudiera entonces forjar la llamada Nueva Rusia (Novorossiya) en el este y el sur de Ucrania, dejando la parte que quedara fuera de su control como una pequeña «Galicia Occidental».

Con esas grandes ambiciones en mente, Rusia comenzó a desplegar insurgentes, «voluntarios» y armas junto con una operación masiva de desinformación para enfrentar a los ucranianos entre sí, pero el intento fracasó. Invadir otros países rara vez es una buena forma de hacer amigos… y este intento no fue la excepción. En vez de dividir a Ucrania, el Kremlin se las ingenió para unir a su población más que nunca. Para 2014 Rusia tuvo que desplegar grupos de batalla de las fuerzas armadas para rescatar lo que quedaba de su reducto separatista en la región ucraniana de Dombás.

Desde entonces, los esfuerzos para lograr un consenso político (a través de los dos acuerdos de Minsk) fracasaron. La sostenida guerra de baja intensidad acabó con 14 000 vidas y obligó a millones a huir de sus hogares. Aunque el público ucraniano tuvo dificultades para aceptar algunos de los compromisos que implicaría cualquier acuerdo, la verdadera barrera a los avances ha sido al rechazo del Kremlin a renunciar a sus enclaves en Ucrania. Al segmento nacionalista de la opinión pública rusa, base del apoyo a Putin, le resultará difícil asumir una «derrota» en Ucrania.

Ahora, según su ministro de Defensa, Rusia reunió dos ejércitos completos y tres unidades aerotransportadas en el este y el sur de Ucrania, supuestamente para realizar ejercicios militares. ¿Ejercicios para qué? La movilización está claramente dirigida a Ucrania. El propio vocero de Putin lo dijo explícitamente, afirmando que Rusia pretende intervenir en caso necesario para evitar ataques a los rusoparlantes en Ucrania.

Independientemente de que esta arriesgada política lleve a un conflicto declarado dentro de unas pocas semanas o meses (es probable que ni siquiera quienes toman las decisiones en el Kremlin estén seguros de esto), la situación continuará siendo peligrosa hasta que Rusia desista de sus ambiciones revanchistas. En última instancia, la cuestión tiene que ver con la guerra y la paz. Hasta que Rusia sea capaz de vivir junto a una Ucrania soberana y democrática, será imposible alcanzar un punto medio estable.

El resultado tiene implicaciones que van mucho más allá de Rusia y Ucrania, una agenda revisionista rusa exitosa no se detendría en la reconquista de Kiev, sino que buscaría desbaratar por completo el orden de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría. Eso sería extremadamente peligroso para todos, especialmente para la propia Rusia, mientras el Kremlin se obsesione con enfrentar al resto de Europa, no se enfocará en crear el futuro democrático y próspero que merecen los rusos. 

De uno u otro modo, el destino de la región en su conjunto está ahora vinculado al de Ucrania.

Traducción al español por Ant-Translation

Carl Bildt fue primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores de Suecia.

Copyright: Project Syndicate, 2021. www.project-syndicate.org

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Carl Bildt
Analista económico

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