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martes, 2 junio 2026

La dictadura argentina y sus horrendas huellas

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Por Alonso Rosales

A cincuenta años del inicio de la dictadura militar en Argentina, encabezada por el general Jorge Rafael Videla, la memoria sigue abierta, latiendo con dolor y dignidad. No se trata solo de recordar una etapa oscura de la historia, sino de reconocer que sus heridas aún no terminan de cerrar.

Durante aquellos años, el terrorismo de Estado dejó una marca imborrable: miles de desaparecidos, familias destrozadas y una maquinaria sistemática de horror. Entre los crímenes más desgarradores estuvo el robo de bebés. Mujeres embarazadas fueron secuestradas, obligadas a dar a luz en centros clandestinos, y luego separadas de sus hijos. Esos niños fueron entregados, muchas veces, a familias vinculadas al poder militar. Así, crecieron sin conocer su verdadera identidad, sin saber quiénes eran, sin saber de dónde venían.

Mientras tanto, las abuelas comenzaron una lucha que el mundo no olvidará. Las Abuelas de Plaza de Mayo se convirtieron en símbolo de resistencia y amor inquebrantable. Buscaron a sus nietos durante décadas, enfrentando el silencio, la impunidad y el paso del tiempo. Muchas murieron sin poder abrazarlos. Otras, con una fuerza admirable, lograron reencontrarse con ellos, reconstruyendo fragmentos de una historia que nunca debió ser rota.

Hoy, esos nietos —hombres y mujeres que crecieron en la mentira— continúan la lucha. Algunos aún buscan su identidad. Otros, ya conscientes de su historia, levantan la bandera que les fue heredada. Porque la memoria no es solo un acto del pasado: es una responsabilidad del presente.

Sin embargo, en la Argentina actual persisten voces negacionistas que intentan minimizar o distorsionar lo ocurrido. Esa postura no solo hiere a las víctimas, sino que representa una amenaza para la verdad y la justicia. Olvidar, o peor aún, negar, es abrir la puerta a que la historia se repita.

La lucha por los derechos humanos no tiene fecha de caducidad. En ninguna sociedad. En ningún país. Siempre habrá quienes los violen, y siempre será necesario que haya quienes los defiendan. El día en que una sociedad deje de hacerlo, habrá perdido su esencia, su razón de ser.

Esa memoria también vive en otros rincones de América Latina. En El Salvador, el nombre de Óscar Arnulfo Romero resuena con la misma fuerza moral. Asesinado un 24 de marzo por su compromiso con los más vulnerables, fue la voz de los sin voz. Renunció a su propia seguridad porque entendía que no podía haber privilegios en medio del sufrimiento del pueblo. Su palabra, firme y valiente, incomodó al poder, y por eso intentaron silenciarla.

Pero no lo lograron.

Hoy, su legado sigue vivo en quienes lo conocieron, en quienes compartieron su camino, en quienes, como usted, guardan su memoria no solo como un recuerdo, sino como una misión. Así como en Argentina las abuelas sembraron dignidad, en El Salvador Monseñor Romero sembró conciencia.

Este escrito es, entonces, un acto de memoria compartida. Un puente entre luchas, entre dolores y esperanzas. Un recordatorio de que los derechos humanos no son una bandera de un solo país, sino una causa universal.

Porque mientras haya quienes recuerden, quienes busquen, quienes denuncien y quienes defiendan, la historia no será en vano.

Y la dignidad, esa que quisieron arrebatar, seguirá de pie.

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