por Zarko Pinkas
El baño olía a humedad rancia y a inodoro tapado. La luz del pequeño bombillo parpadeaba, proyectando sombras que se movían como fantasmas sobre las paredes manchadas de moho. El hombre entró con cuidado, arrastrando los pies sobre el azulejo frío, sintiendo un escalofrío que subía por su espalda. Nunca había soportado los insectos, y esta noche, solo en la casa silenciosa, su miedo estaba dispuesto a devorarlo.
Escuchó un chasquido, leve, húmedo, proveniente del inodoro. Se detuvo, conteniendo la respiración. Su corazón latía con fuerza y la luz oscilante dibujaba una figura oscura que emergía de la porcelana. La cucaracha era enorme, grotesca, más grande de lo que la naturaleza permitía. Sus antenas se movían lentamente, como si olfatearan su miedo, y sus patas se apoyaban sobre el borde del inodoro con una precisión amenazante.
El hombre dio un paso atrás, y la criatura lo siguió con una lentitud calculada. Sus ojos brillaban con un reflejo aceitunado, y un chasquido seco anunció que estaba evaluando su presa. El hombre retrocedió hasta chocar con la pared, sintiendo el frío del azulejo a través de la camisa. Respiró con dificultad, intentando convencerse de que no era más que un insecto común, pero el tamaño y la postura de la cucaracha lo negaban.
Un vuelo súbito lo sorprendió. La cucaracha levantó sus alas de forma inesperada y se lanzó contra él. El hombre chilló y retrocedió, tropezando con la alfombra mojada, levantando partículas de polvo y suciedad. Su miedo lo hizo perder toda lógica. Buscó desesperado algo para protegerse y agarró papel higiénico usado. La textura húmeda y sucia le provocaba náuseas, pero no le importó. Lo sostuvo frente a su boca, tapándose mientras jadeaba y se agitaba, como si con ese papel pudiera contener el horror.
El insecto se posó en su pie. Sintió el contacto frío y viscoso sobre la piel desnuda. Su corazón se detuvo por un instante y su estómago se retorció. La cucaracha caminaba con seguridad, explorando sus dedos, acariciando uñas y pliegues de la piel. El hombre intentó mover el pie, pero la criatura se agarró con fuerza. Sintió sus patas que parecían agujas, sus antenas que buscaban, probaban, mientras él cerraba los ojos con desesperación.
—No… por favor… —susurró, con la voz entrecortada por el pánico.
La cucaracha subió lentamente por su pierna, y el hombre pudo sentir cada paso. Era un peso imposible, un recordatorio de su vulnerabilidad. Cada centímetro recorrido provocaba un estremecimiento de asco que le subía hasta la cabeza, mezclándose con miedo puro, primitivo. Trató de sacudirla, pero su brazo tembloroso no lograba más que hacerla girar sobre la pierna, acariciando las uñas y los dedos con precisión milimétrica.
Los latidos en sus oídos eran tan fuertes que apenas escuchaba nada más, pero percibió un sonido húmedo y pegajoso: la cucaracha mordisqueaba, exploraba, y el contacto era tan cercano que su mente empezó a oscurecerse con imágenes de insectos sobre su cuerpo, multiplicándose, llenando cada rincón del baño. El miedo se mezcló con el asco y la locura comenzó a instalarse.
Intentó gritar, pero solo salió un resuello húmedo atrapado por el papel higiénico, que se empapó de sudor y saliva. La cucaracha avanzó hacia su tobillo, rozando la piel desnuda, y él sintió que un hilo de desesperación le recorría todo el cuerpo. Sus manos temblorosas buscaban el grifo, cualquier arma improvisada, pero el miedo lo paralizaba. Cada movimiento parecía acelerar el vuelo de la criatura, que ahora se elevaba con sus alas, rozando su rostro, acercándose con una lentitud meticulosa, consciente de su poder.
Horas pasaron. El hombre creyó que el amanecer traería alivio; la cucaracha desapareció tras un salto fugaz, dejando el baño vacío y silencioso. Su respiración se volvió más controlada y algo de valentía volvió. Se miró en el espejo, tratando de recuperar la compostura, pero la imagen reflejada no era tranquilizadora. La piel pálida, el sudor pegado, los ojos dilatados, y una sensación punzante que recorría su oído.
De pronto, la vio. Una sombra grotesca, moviéndose con precisión letal, se deslizó desde el borde del espejo y se introdujo en su oído. El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar; un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo y un dolor frío, viscoso y vivo se incrustó en su mente. Su fuerza se agotó en un grito ahogado, sofocado por el terror y la incredulidad. La cucaracha no era solo un insecto: había encontrado su camino dentro de él, reclamando su miedo más íntimo, transformando el baño en un lugar donde la valentía no tenía cabida y el horror se volvía eterno.
Su grito se perdió entre las paredes, y la luz del bombillo parpadeó por última vez, dejando la habitación en un silencio absoluto y húmedo, donde solo el crujido de dientes destrozados se mezclaba con la certeza de que el terror había ganado.


