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sábado, 25 de septiembre del 2021

¿La codicia corporativa prolongará la pandemia?

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Este Especial de la Semana está elaborado conjuntamente por Joseph E. Stiglitz y Lori Wallach

NUEVA YORK – La única manera de poner fin a la pandemia del COVID-19 es inmunizar a la cantidad suficiente de gente en todo el mundo. El eslogan “nadie está a salvo hasta que todos estén a salvo” capta la realidad epidemiológica que enfrentamos. Los brotes en cualquier parte podrían diseminar una variante de SARS-CoV-2 resistente a las vacunas, obligándonos a todos a regresar a alguna forma de confinamiento. Dada la aparición de nuevas mutaciones preocupantes en India, Brasil, Sudáfrica, el Reino Unido y otras partes, no se trata de una simple amenaza teórica.

Peor aún, la producción de vacunas actualmente no está ni cerca de proporcionar los 10.000-15.000 millones de dosis necesarias para detener la propagación del virus. Para fines de abril, sólo se habían producido 1.200 millones de dosis en todo el mundo. A este ritmo, cientos de millones de personas en los países en desarrollo seguirán sin estar inmunizadas por lo menos hasta 2023.

Por lo tanto, es una gran noticia que la administración del presidente norteamericano, Joe Biden, haya anunciado que se sumará a los otros 100 países que buscan una exención de emergencia por el COVID-19 de las reglas de propiedad intelectual (PI) de la Organización Mundial de Comercio que han permitido la monopolización de las vacunas en todo este tiempo. Negociaciones oportunas de un acuerdo de la OMC que elimine temporariamente estas barreras crearía la certeza legal que los gobiernos y los fabricantes en todo el mundo necesitan para aumentar la producción de vacunas, tratamientos y diagnósticos.

En el pasado otoño, el ex presidente Donald Trump reclutó a un puñado de aliados de países ricos para bloquear cualquier negociación de exención de este tipo. Pero la presión sobre la administración Biden para revertir este bloqueo contraproducente ha venido creciendo y ha logrado reunir el apoyo de 200 premios Nobel y ex jefes de Estado y de Gobierno (entre ellos muchas figuras neoliberales prominentes), 110 miembros de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, diez senadores estadounidenses, 400 grupos de la sociedad civil de Estados Unidos, 400 parlamentarios europeos y muchos otros.

Un problema innecesario

La escasez de vacunas contra el COVID-19 en el mundo en desarrollo es esencialmente el resultado de esfuerzos de parte de los fabricantes de vacunas por mantener su control monopólico y sus ganancias. Pfizer y Moderna, los fabricantes de las vacunas mRNA extremadamente efectivas, se han negado a responder o no supieron hacerlo a numerosos pedidos por parte de fabricantes farmacéuticos calificados que querían producir sus vacunas. Y ni un solo originador de vacunas ha compartido sus tecnologías con los países pobres a través del Acceso Mancomunado a Tecnología contra el COVID-19 voluntario de la Organización Mundial de la Salud.

Las promesas recientes de las compañías de poner dosis de vacunas a disposición del programa Acceso Global a las Vacunas contra el COVID-19 (COVAX), que las enviará a las poblaciones de mayor riesgo en los países más pobres, no son ningún sustituto. Estas promesas pueden aliviar la culpa de las compañías farmacéuticas, pero no aumentan significativamente la oferta global.

En su calidad de entidades con fines de lucro, las corporaciones farmacéuticas están interesadas principalmente en las ganancias, no en la salud global. Su objetivo es simple: mantener la mayor cantidad de poder de mercado posible durante el mayor tiempo posible para maximizar las ganancias. En estas circunstancias, está en los gobiernos intervenir de manera más directa para solucionar el problema de la oferta de vacunas.

Una solución sensata

En las últimas semanas, legiones de lobistas farmacéuticos han invadido Washington con el objetivo de presionar a los líderes políticos para que bloqueen la exención por el COVID-19 de la OMC. Si la industria estuviera tan comprometida con la producción de más dosis de vacunas como lo está con la generación de argumentos engañosos, el problema de la oferta tal vez ya estaría solucionado.

Por el contrario, las compañías farmacéuticas han recurrido a una cantidad de argumentos contradictorios. Insisten en que una exención no es necesaria, porque el marco existente de la OMC es lo suficientemente flexible como para permitir el acceso a la tecnología. También sostienen que una exención no sería efectiva, porque los fabricantes en los países en desarrollo carecen de los recursos para producir la vacuna.

Sin embargo, las compañías farmacéuticas también dan a entender que una exención de la OMC sería demasiado efectiva. ¿Qué otra conclusión se podría extraer de sus advertencias de que minaría los incentivos de investigación, reduciría las ganancias de las compañías occidentales y –cuando todos los otros argumentos fallan- que ayudaría a China y a Rusia a derrotar a Occidente geopolíticamente?

Obviamente, una exención marcaría una diferencia real. Es por eso que las compañías farmacéuticas se oponen con tanta vehemencia. Asimismo, el “mercado” confirma este pensamiento, como quedó evidenciado en la marcada caída de los precios de las acciones de los principales fabricantes de vacunas después del anuncio de la administración Biden de que participará en las negociaciones por la exención. Con una exención, se producirán más vacunas, los precios caerán, y también las ganancias.

Aun así, la industria dice que una exención marcaría un precedente terrible, de manera que vale la pena considerar uno por uno sus argumentos.

Grandes mentiras de las grandes farmacéuticas

Después de años de hacer campañas encendidas y de millones de muertos en la epidemia de VIH/SIDA, los países de la OMC acordaron sobre la necesidad de licencias de PI obligatorias (cuando los gobiernos permiten que empresas domésticas produzcan un producto farmacéutico patentado sin el consentimiento del dueño de la patente) para garantizar el acceso a los medicamentos. Pero las empresas farmacéuticas nunca cedieron en sus esfuerzos por minar este principio. Es en parte por la mezquindad de la industria farmacéutica que, para empezar, necesitamos una exención. Si el régimen de PI farmacéutica prevaleciente hubiera sido más complaciente, la producción de vacunas y tratamientos ya habría aumentado.

El argumento de que los países en desarrollo carecen de las capacidades para fabricar vacunas contra el COVID basadas en nuevas tecnologías es falso. Cuando los fabricantes de vacunas en Estados Unidos y Europa sellaron alianzas con productores extranjeros, como el Instituto Serum de la India (el mayor productor de vacunas del mundo) y Aspen Pharmacare en Sudáfrica, estas organizaciones no habían tenido ningún problema evidente de fabricación. Hay muchas más empresas y organizaciones en todo el mundo con el mismo potencial de ayudar a impulsar la oferta de vacunas; sólo necesitan acceso a la tecnología y al know-how.

Por su parte, la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias ha identificado unas 250 compañías que podrían fabricar vacunas. Como observó el delegado de Sudáfrica ante la OMC recientemente:

“Los países en desarrollo tienen capacidades científicas y técnicas avanzadas… la escasez de producción y oferta [de vacunas] es causada por los mismos dueños de los derechos que entran en acuerdos restrictivos que sólo atienden sus propios fines monopólicos estrechos anteponiendo las ganancias a la vida”.

Si bien puede haber sido difícil y costoso desarrollar la tecnología de vacunas mRNA, eso no significa que la producción de las vacunas reales no esté al alcance de otras compañías en todo el mundo. El propio ex director de química de Moderna, Suhaib Siddiqi, ha dicho que si se comparte lo suficiente la tecnología y el know-how, muchas fábricas modernas deberían poder empezar a fabricar vacunas mRNA en el lapso de tres o cuatro meses.

La respuesta de las compañías farmacéuticas es decir que no hace falta una exención a la luz de las “flexibilidades” existentes de la OMC. Señalan que las empresas en los países en desarrollo no han buscado licencias obligatorias, como sugiriendo que simplemente están aparentando. Pero esta supuesta falta de interés refleja el hecho de que las empresas farmacéuticas occidentales han hecho todo lo posible para crear marañas legales de patentes, copyright y diseño industrial patentado y “exclusividades” comerciales secretas que las flexibilidades existentes tal vez nunca cubran. Como las vacunas mRNA tienen más de 100 componentes a nivel mundial, muchas con cierta forma de protección de PI, coordinar licencias obligatorias entre países para esta cadena de suministro es prácticamente imposible.

Asimismo, según las reglas de la OMC, las licencias obligatorias para exportar son aún más complejas, aun si este comercio es absolutamente esencial para aumentar la oferta global de vacunas. Al fabricante farmacéutico canadiense Biolyse, por ejemplo, no se le permite producir y exportar versiones genéricas de la vacuna de Johnson & Johnson a países en desarrollo después de que J&J rechazara su pedido de una licencia voluntaria.

Otro factor en la escasez de oferta de vacunas es el miedo, tanto a nivel corporativo como nacional. Muchos países temen que Estados Unidos y la Unión Europea les recorten la ayuda o les impongan sanciones si emiten licencias obligatorias después de décadas de amenazar con hacerlo. Con una exención de la OMC, sin embargo, estos gobiernos y compañías estarían protegidos de demandas legales corporativas, mandatos judiciales y otros desafíos.

Las vacunas de la gente

Esto nos lleva al tercer argumento que esgrimen las grandes compañías farmacéuticas: que una exención de PI reduciría las ganancias y desalentaría la investigación y el desarrollo futuros. Al igual que los dos argumentos anteriores, éste es falso a todas luces. Una exención de la OMC no aboliría los requerimientos legales nacionales de que se les paguen regalías u otras formas de compensación a los dueños de la PI. Pero al eliminar la opción de los monopolistas de simplemente bloquear una mayor producción, una exención aumentaría los incentivos para que las compañías farmacéuticas ingresen en acuerdos voluntarios.

Por lo tanto, inclusive con una exención de la OMC, está todo dado para que los fabricantes de vacunas ganen toneladas de dinero. Se proyecta que el ingreso por la vacuna contra el COVID-19 de Pfizer y Moderna sólo en 2021 alcanzará 15.000 millones de dólares y 18.400 millones de dólares, respectivamente, aunque los gobiernos financiaron gran parte de la investigación básica y ofrecieron fondos iniciales sustanciales para llevar las vacunas al mercado.

Para ser claros: el problema para la industria farmacéutica no es que los fabricantes de medicamentos se vean privados de altos retornos sobre sus inversiones; es que se perderán ganancias monopólicas, inclusive aquellas provenientes de futuras vacunas de refuerzo anuales que, sin duda, se venderán a precios altos en los países ricos.

Finalmente, cuando todos sus otros argumentos fracasan, el último recurso de la industria es decir que una exención ayudaría a China y a Rusia a ganar acceso a una tecnología estadounidense. Pero esto es una patraña, porque las vacunas, por empezar, no son una creación de Estados Unidos. Hacía décadas que una investigación colaborativa entre países de vacunas mRNA y sus aplicaciones médicas estaba en marcha. La científica húngara Katalin Karikó hizo el descubrimiento inicial en 1978, y el trabajo ha seguido su curso desde entonces en Turquía, Tailandia, Sudáfrica, India, Brasil, Argentina, Malasia, Bangladesh y otros países, inclusive los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos.

Por otra parte, el genio ya salió de la botella. La tecnología mRNA en la vacuna producida por Pfizer es propiedad de BioNTech (una compañía alemana fundada por un inmigrante turco y su esposa), que ya le otorgó al productor chino Fosun Pharma una licencia para fabricar su vacuna. Si bien existen ejemplos genuinos de empresas chinas que roban PI valiosa, éste no es uno de ellos. Además, China está bien avanzada en el desarrollo y producción de sus propias vacunas mRNA. Una está en los ensayos clínicos de Fase III; otra se puede almacenar a temperatura de refrigerador, eliminando la necesidad de una gestión de la cadena de frío. 

Cómo podría perder realmente Estados Unidos

Para aquellos a los que les interesan las cuestiones geopolíticas, la mayor fuente de preocupación debería ser la imposibilidad por parte de Estados Unidos hasta la fecha de participar en una diplomacia constructiva para lidiar con el COVID-19. Estados Unidos ha venido bloqueando las exportaciones de vacunas que ni siquiera está usando. Recién cuando comenzó una segunda ola de infecciones que devastó a la India consideró apropiado liberar sus dosis no utilizadas de Astra-Zeneca. Mientras tanto, Rusia y China no sólo han distribuido sus vacunas; se han comprometido en una transferencia significativa de tecnología y conocimiento, forjando alianzas en todo el mundo y ayudando a acelerar el esfuerzo global de vacunación.

Ahora que las infecciones diarias siguen alcanzando nuevos picos en algunas partes del mundo, la posibilidad de nuevas variantes peligrosas plantea un riesgo creciente para todos nosotros. El mundo recordará qué países ayudaron y qué países pusieron escollos, durante este momento crítico.

Las vacunas contra el COVID-19 han sido desarrolladas por científicos de todo el mundo, gracias a ciencia básica respaldada por numerosos gobiernos. Lo que corresponde es que la gente del mundo obtenga los beneficios. Es una cuestión de moralidad y de conveniencia propia. No debemos permitir que las compañías farmacéuticas pongan las ganancias por delante de las vidas.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional. Lori Wallach es directora de Global Trade Watch, una división de Public Citizen.

Copyright: Project Syndicate, 2021.
www.project-syndicate.org

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Joseph Eugene Stiglitz es un economista y profesor estadounidense. Recibió la Medalla John Bates Clark y fue laureado con el Premio Nobel. Columnista de ContraPunto
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