Por Alonso Rosales, poeta
Era un cuerpo joven, moreno, de hermosura indescifrable,
que caminaba como un secreto antiguo, irresistible, interminable;
su presencia abría un fuego que no avisaba ni perdonaba,
y la tarde, al verla, se encendió como si el sol la deseara.
Vestida de rojo… rojo de llama, vino y madrugada,
ese rojo que desnuda la voluntad y quiebra la mirada;
la tela abrazaba su figura con la precisión del deseo,
como un susurro de terciopelo que conoce cada anhelo.
Sus encantos resaltaban como un conjuro en movimiento,
curvas que el viento seguía con celoso detenimiento;
cada paso era un latido que golpeaba en mi interior,
una tentación que brotaba sin permiso del calor.
La vi… y mis pensamientos escaparon como aves sin nido,
volaron por escenarios que jamás me había permitido;
donde ella era la reina de un reino sin fronteras,
y yo, el que se perdía entre su sombra y su silueta entera.
Imaginé su perfume invadiendo mis silencios,
sus manos recorriendo mis latidos más intensos;
su voz rozando mi nombre con una cadencia grave,
como quien te nombra y al mismo tiempo te deshace.
Casi le rogué al destino que no dejara que se fuera,
que congelara ese instante de vibración pasajera;
porque nunca la había visto tan dueña de lo prohibido,
tan encarnación perfecta del deseo contenido.
La luz bordeaba su vestido con un lenguaje seductor,
dibujando sobre ella signos de pasión y de ardor;
como si la tarde entera quisiera recorrerla,
como si cada rayo implorara por retenerla.
Y en sus pasos había un ritmo que me encendía la piel,
un vaivén que anunciaba la proximidad del placer;
era un baile silencioso donde nada se decía,
pero todo, absolutamente todo, se presentía.
Sus ojos… dos brasas ocultas bajo un cielo misterioso,
dos océanos que invitaban a un naufragio voluptuoso;
mirarlos era caer, era rendirse sin batalla,
era entregarle el alma como quien entrega la talla.
Su pelo negro caía como un velo provocante,
una cascada de noche que avanzaba desafiante;
y yo, temblando en mis ideas, la seguía con el pensamiento,
mientras el corazón marcaba un compás lento y sediento.
La chica de rojo se volvió mi obsesión callada,
una visión que me quemaba como fiebre enamorada;
un fuego suave, profundo, que consume sin tocar,
que invade sin permiso y te obliga a imaginar.
En mis fantasías ella era luna, hoguera y tormenta,
era piel de deseo, era alma que se alimenta;
y cada uno de mis escenarios nacía de su figura,
donde el rojo era el puente entre el deseo y la ternura.
Así la guardé en mi memoria como una llama eterna,
la imagen que regresa cuando la noche es más tierna;
ella, la que pasó vestida de rojo encendido,
y volvió mi mente un jardín secreto y prohibido.
Y aunque se marchara con su paso inalcanzable,
su recuerdo quedó vibrando, latente, inquebrantable;
porque la chica de rojo no se mira… se adora en silencio,
se sueña despacio y se desea en lo más intenso.


