Isabel Gibson. El vuelo de la peregrina

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Por Hans Alejandro Herrera Núñez


“Dedicado a los peregrinos de Occidente”.

Refugiada durante diez años entre libros en una biblioteca desconocida de una universidad canadiense, una madre de dos encuentra su vocación y el camino a su libertad como mujer. La autora de la novela Primor de peregrina, nos comparte su pasión por la escritura, y como está le brindo la oportunidad de escribir su propio destino. Porque los libros liberan.

Sobrina de Dorys Gibson, la gran matriarca del periodismo peruano, Isabel Gibson una arequipeña de ascendencia escocesa publica su primer libro, Primor de peregrina, la obra en la que trabajó casi veinte años a partir de lecturas y vivencias que la llevaron a su emancipación cómo mujer y autoconocimiento como humano. Uno de los libros más trabajados en la reciente literatura en Perú.

Los comienzos

“El recuerdo más antiguo que tengo es el mar a los dos años” nos comenta Isabel, “la atmósfera de la costa sur del Perú. El olor a mar, el verano, la sal, la presencia de mis padres. La sensación del mar.” Arequipa fue el lugar donde creció, una ciudad parecida a Antigua de Guatemala pero enclavada en los Andes. Sin embargo Isabel es una amante del mar desde su infancia. Su playa es Mejía.

El llamado

La escritura como la pintura le era muy natural desde pequeña a Isabel. “No puedo separar de mi un escritorio, papel y lápiz. Me recuerdo siempre en un escritorio escribiendo, pintando un diario”. Recuerda que de niña conversaba con las flores y la nada en un jardín de enredaderas y cipreses. “Conversar con la nada era conversar conmigo misma”.

De su madre heredó el afán de sus primeras lecturas, en especial de los libros de Pérez y Pérez, un autor romántico español. Después los tebeos, o chistes como se llaman en Perú a las historietas, en especial una, Susy, historias de amor.

Una estudiante aventajada

Apenas creció fue a Lima a estudiar diseño en la Escuela técnica de élite Montemar. Una escuela muy exclusiva y altamente especializada. A los 20 años su primer viaje sola. Se va a Barcelona. Son los años del destape y la Movida. Los años posteriores a Franco, años de una naciente democracia, pero también de ETA, intentos de golpe de Estado e inestabilidad política. La estudiante peruana llega a una Barcelona donde hay pocos latinos y menos peruanos. “Yo era una estudiante de diseño gráfico. Entonces España cambiaba mucho”. Gibson todavía estaba soltándose de las costumbres de su Arequipa más tradicional. “Vivía en un barrio de obreros con unas catalanes y con una amiga peruana. A nosotras, las peruanas, nos llamaban las japonesas, porque trabajábamos muy bien, muy bonito y muy ordenado. Éramos mucho más pulcras, más técnicas que cualquiera de las catalanas allí. Porque veníamos de una formación muy exigente en Perú. En Montemar estudiaba diseño gráfico, pero nos hacían también llevar matemáticas básica 1 y 2, y teología 1, 2 y 3, historia del arte o dibujo técnico. Hacíamos geometría descriptiva. En Barcelona llevando un curso de especialización, me resultó fácil destacar por lo avanzado de mi técnica.”

De allí poco después a estudiar a Inglaterra. Y luego de vuelta a Perú.

Un giro de volante inesperado

A los 25 años Gibson ejercía su carrera con éxito. Era independiente, tenía belleza, un coche y futuro promisorio. Pero algo ocurre. Como alguien venido en una moto con un MBA y aparente seguridad en el futuro, conoce a un hombre que parece decirle: “habla, súbete a mi moto”. Y ella se sube. A los 25 años nadie piensa. Se casa. “Que terrible. Tenía 25 años”. Primero casada y luego mamá. Lo primero quizá muy prematuro, lo segundo una bendición doble. Qué sería de la vida sin esos giros de curva.

Dos hijos varones: Martín y Nicolás.

Dedicada a la casa y la familia poco o nada empezaba a quedar de la jovencita que se quería comer el mundo. De repente otro viaje. Se van de la mohosa Lima y enrumban el camino a Canadá. Lo que pudo ser solo cambiar de paisaje haciendo lo mismo, acabó convirtiéndose en la lenta gestación del cambio de toda su vida. Gibson redescubre la lectura y un lugar donde encontrarse consigo misma: la biblioteca.

La filipina, los libros y la libertad

En un ala de la universidad de Toronto existe una biblioteca, y a ella iba religiosamente dos o tres veces a la semana una peruana de paso japonés, a peregrinar sus inquietudes y tal vez una respuesta.

Atrapada en la rutina salvaje de esposa y madre, Isabel solo tenía tiempo para sí escapando a la biblioteca. Diez años yendo a una biblioteca, sacando libros para la casa y leyendo.

La historia va así. Como un cuento de Lucia Berlín. Una ama de casa se metía a la biblioteca, dónde leía y lelía y leía, sacaba libros y libros y libros, y escribía, escribía y escribía. Entre los vacíos de un matrimonio que se empezaba a desmoronar, entre sus labores de madre y esposa, su espíritu le exigía más, le exigía escribir. Años de visitas a la biblioteca llenaron docenas de cuadernos de anotaciones. Rascando los 40 años, con los niños creciendo y un esposo que veía con sospecha esos libros, algo cambió. “Sacaba esos libros porque llenaban mi corazón. Yo podía quedarme toda la mañana allí. Dos o tres veces a la semana y sacaba libros. Mientras mi esposo se desesperaba de ver la casa llena de libros. El sentía como que me perdía en mis libros”. Los días que no iba a la biblioteca Gibson desayunaba antes de enviar a los niños a la escuela leyendo, su expresso estaba acompañado de una torre de libros sobre la mesa. El marido intimidado, miraba mientras sorbía su café que se enfríaba. Entretanto ella seguía programas de dirección espiritual. Pero siempre la biblioteca. En la biblioteca una presencia. Susan. Una filipina elegante. Muy suave. Muy oriental. Muy calmada. Participaba en sus programas de dirección espiritual. La conoció en la biblioteca. Era una de las que la administraba. Cómo uno de esos guías de una novela de Hesse. Isabel aprendía.

La experiencia de lectora en Canadá fue el punto de quiebre. Iba a escribir. Empezó compilando y extrayendo y ordenando las tradiciones espirituales que había estudiado. La memoria de diez años.

«Siento lo que pienso y eso escribo»

A los cuarenta años el primer contacto consciente fue un gesto. Se cortó el cabello.

Un cambio en la vida. Su cabello largo por la que volteaban los hombres a verla se fue.

Un vecino al ver su cambio le dijo: Todavía sigues siendo guapa.

Entre 5 y 7 de la mañana tenía tiempo para ella. El tiempo de una madre para correr y meditar.

Luego la ruptura. Las cosas cayeron por su propio peso como torres de libros arrumados en el canto de una mesa.

Regresan a Lima. Y allí… Se separa. Empieza a tomar sus decisiones. Con éxito después de años de ser madre y esposa se reinserta en el mundo laboral. Se compra su primer celular en Lima y un departamento. Es una mujer libre. “Sabía que con un sueldo y un techo podía vivir tranquila. Y lo logré.”

Pero Lima no es Toronto. Algunas, muchas conversaciones sobraban, pero otras le daban ideas. Con el oído agudo empezaba a ordenar su escritura. Sus páginas sueltas. Sus cuadernos. Buscando dar significado a un mundo vacío.

“Solo el hecho de observarme es la gran diferencia”.

Años editando hasta que por fin logró compilar sus experiencias en un primer libro. Todo lo aprendido. De Ortega y Gasset a Hesse, pasando por las canciones de Leonardo Cohen, la filosofía de la India, la teología cristiana, los haikus y cartas de amor a un interesante fome. “Primor de peregrina es una secuencia natural de mis páginas sueltas. El libro es una historia de amor. Son la recopilación de mis aprendizajes en crudo. De lo que me daba cuenta y de lo que no. De lo que no sabía y sé ahora.” Una peregrinación en sentido contrario a la gran masa que va por la historia sin rumbo. Sin Historia y sin conocerse.

El libro explora el mundo, sus antepasados. También un hombre que le inspira a qué encontrar de sí misma. Ir transitando sentimientos, dolores y la felicidad. “Una relación de silencios. Porque muchas veces las palabras malogran todo. El valor de dejar de hablar. Cuánto menos hables, mejor”. A partir de una amistad con un hombre de triste figura. “Se trata de conocer ese cuerpo emocional, esa sabiduría plantada a tierra frente a una cabeza que a veces nos engaña. Es el viaje al Yo soy”. Y descubrir que podemos dejar las cosas ser, dejarlas ir. El fluir del vuelo de una peregrina.

Entre epístolas, epígrafes y diarios. Un libro de una alquimista. Porque este no es un libro, sino un viaje, el de todos nosotros.

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Hans Alejandro Herrera
Hans Alejandro Herrera
Consultor editorial y periodista cultural, enfocado a autoras latinoamericanas, Chesterton y Bolaño. Colaborador de ContraPunto
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