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miércoles, 20 de octubre del 2021

Homenaje: ¿Por Quién Callan las Campanas?

Muy pocas veces los organizadores de la lucha por una causa de la que no hacen botín son celebrados, y mucho menos cuando mueren durante una pandemia. Ayer 5 de enero del 2021 que no termina de torturarnos, falleció José Gonzalo Colato Alvarado, quien en vida fuera, trabajador, activista y empresario entre muchas cosas. Podríamos agregar sin temor a errar, que fue buen esposo, padre responsable, hermano y un amigo cariñoso. Pocas veces la vida nos da oportunidades de conocer individuos auténticos, y yo tuve la suerte de conocer a José Colato, cuya candidez, independientemente de su recepción por quienes la conocieron, fue su rúbrica de carácter. Además de compañero de lucha, tuve la suerte de convivir en más de una de esas viviendas que habitan decenas de inmigrantes en sus primeros años en Estados Unidos.

Cuando conocí a José Colato, él era un inmigrante trabajador que como muchos salvadoreños que llegamos en los ochentas a la ciudad de Los Angeles escapando de la guerra civil, se había incorporado al trabajo de las fábricas textiles que existían en esa época. Como yo, Coleiro pronunciado a lo “gringo”, se había incorporado a los comités de solidaridad que se organizaron esos días para detener las deportaciones y la ayuda militar al gobierno de El Salvador. Aunque algunos en estos comités conocían los orígenes del conflicto y habían militado en diferentes instancias y organizaciones políticas en El Salvador, otros migraron a Estados Unidos desde antes de la guerra y nunca habían participado en lucha social. José Colato venía de esa inocencia e idealismo que hizo creer a miles en El Salvador que la lucha terminaría en un gobierno popular y revolucionario, además de una democracia con elecciones libres y desarrollo para los marginados.

Como otros activistas, José Colato se dedicó a la lucha en vez de “hacer pisto”, o dedicarse al consumismo. Una década de lucha de Colato y sus compañeros lograron parar no solo las deportaciones, sino que la guerra misma.  Su lucha en las calles, parques, corredores congresionales y en la cortes de Estados Unidos, los llevó a obtener la extensión del TPS, o Status de Protección Temporal, y ganar junto a refugiados Guatemaltecos y la Iglesia Bautista Americana, que se admitieran las solicitudes de asilo político, ilegalmente rechazadas por el Servicio de Inmigración y Naturalización.

En 1985, cuando yo decidí dejar mi responsabilidad de coordinar la red nacional de comités de refugiados centroamericanos, CRECEN, para dedicarme a mis estudios y ayudar a mi familia económicamente, fue José Colato quien retomo mi posición de coordinar el trabajo de seguir la lucha contra las deportaciones y la ayuda militar del gobierno de Estados Unidos a El Salvador a El Salvador. Unos cinco años después, supe que decidió volver a El Salvador para incorporarse a la lucha y apostarse la vida como muchos, en las postrimerías de la guerra civil del país que lo vio nacer.  No me extrañé que él tomara su convicción de participar en una lucha que consideró justa, hasta las últimas consecuencias. 

Durante mis años de experiencia de lucha con el compañero Colato, pude darme cuenta que él era una persona de fe, que creía en todo lo que en su momento le hacía sentido.  Muchas veces lo sentí maravillado al conocer la existencia de organizaciones de estudiantes, maestros, pobladores de tugurios, campesinos y trabajadores del campo que se lanzaban a las calles en protesta contra la opresión y represión del entonces régimen militar de El Salvador. Por mi parte, me asombraba su sinceridad e interés de preguntar todo lo que no sabía de su país, y el potencial organizativo de la sociedad.  Tanto fue su interés por la organización, que llegó a ser encargado de organización de la dirección del Comité de Solidaridad Farabundo Martí en Los Ángeles, que valga el dato, dicho comité asumió ese nombre mucho antes que se formara el FMLN.

Mi sorpresa al volver a El Salvador después de la guerra fue encontrarme a José Gonzalo Colato iniciándose como empresario.  Lamento no haber aceptado asociarme con él para comprar un terreno en Ataco y desarrollarlo en esos días. Por supuesto que él tenía el tino y valor para emprender y consolidar negocios, que yo no tenía. Pero le agradezco el haberme invitado a ser su socio. Dos décadas después José Colato no solo se había convertido en un exitoso empresario, sino que había desarrollado un interés político genuino, sin perder la decencia y el interés por mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos. Se había enamorado de las montañas de la cordillera Apaneca-Ilamatepec del occidente de El Salvador

Independientemente que yo no coincida con las ideas políticas que lo guiaban en esta última coyuntura política de El Salvador, considero respetable el que José tuviera y sostuviera un criterio político propio, y más aún, que lo debatiera con gracia.  Aunque después de una guerra fratricida que dejó pendiente su causa, los adversarios políticos a menudo se vuelven enemigos.  Nunca faltaron excompañeros de Colato que desperdiciaran la oportunidad de debatir sus ideas, y lo atacaran sin discernir su humor, para lo que él decía, chunguiarlos. Muchas veces José criticó opiniones en mi columna de Contrapunto y otras publicaciones a través de correo electrónico con argumentos y preguntas específicos, que hoy guardo como un recuerdo del desarrollo de nuestro pensamiento político de los últimos años. 

No puedo concluir esta nota sin mencionar lo que me causa más dolor a la hora de su muerte, y que estoy seguro rondará mi existencia un buen rato. Primero, me jode el que la muerte lo haya sorprendido en el momento que estaba aprovechando los métodos de organización para pausar su vida, gerenciar su empresa y ayudar a la gente de Ataco. La segunda cosa que me jode es que haya muerto por la falta de preparación en salud pública de un gobierno que el apoyoo abiertamente. Y lo último, que me parte el alma, es que su familia y sus amistades no hayan podido llorarlo juntos y decirle un hasta pronto. Por José Colato no doblaron las campanas de la iglesia de su pueblo, como esperamos muchos de nosotros. No se bebió café, ni se contó chistes ni  se jugó barajas, en su velorio — tampoco hubo abrazos ni rezos que consolaran a su familia. Su partida me es tan trágica, aunque haya sido un caso más entre muchos coterráneos, amistades, y parientes que han muerto por el Covid o la tristeza que roba nuestra vida en esta pandemia.

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