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domingo, 09 de mayo del 2021

Fin de sií¨cle

Las recientes elecciones en El Salvador solo son un momento del inconcluso periodo de posguerra. Este escabroso lapso expresa el desenlace definitivo de la polí­tica del siglo XX en la realidad del siglo XXI. En ese sentido, es importante comprender que una cosa son los proyectos polí­ticos y otra cosa son las personas que forman parte de ellos. La vieja escuela explicaba que en la vida se debe luchar y defender proyectos, no a personas. En palabras sencillas, cuando las personas creen que son más importantes que el proyecto, terminan enrareciendo la esencia filosófica de la que se parte.

Otro problema fundamental es dilucidar cuáles son las bases filosóficas en las que se sustentan los principios polí­ticos de los proyectos; porque en definitiva, cuando el pragmatismo amenaza a la ética de los actores, el sujeto debe someterse a un ejercicio de reflexión previo a optar, como un proceso de contradicción interna, que se debe asumir con responsabilidad, para ser coherente entre “lo que se dice” y “lo que se hace”.

Más allá del ensayo de la democracia en un proceso de elecciones, el problema comienza a volverse peligroso porque los proyectos polí­ticos están vací­os en sus bases filosóficas; entonces la esencia no es dialogar y contradecir ideas polí­ticas para resolver problemas concretos de la sociedad, sino jugar al simulacro de la violencia discursiva en la cual los ciudadanos ya no creemos. De ahí­ que el espectáculo de la publicidad se vuelve protagonista y en ese campo de batalla, siempre ganan los dueños del capital y los propietarios de los medios de comunicación masiva, como sus aliados naturales.

En ese contexto, queda claro que la brecha entre el ensueño que viven algunos polí­ticos y la realidad de la gente tiende a colapsar. Todaví­a no conocemos el desenlace; pero por los vientos que soplan de la posguerra, se continuarán develando sus contradicciones. Por ahora, el bloque histórico de la continuidad de la guerra por la ví­a electoral y la discontinuidad que se confronta con la realidad del presente, leí­da por muchos como simple alegorí­a de este juego del parlamentarismo, puede traer como resultado desenlaces impensables. Sin embargo, el disloque entre el liberalismo republicano y el liberalismo social demócrata, hasta la fecha no han resuelto el problema del hambre y de la justicia social que demanda la población, asunto que vuelve productiva la emergencia de otros actores que surgen de las fisuras que deja la incoherencia y la anti dialéctica.

Hasta ayer todo quedó como una manifestación pací­fica del conglomerado social cuando manchó las papeletas, ya que es de los pocos espacios que le quedan a la cultura popular para expresarse frente a la dictadura de la democracia. Eso sí­, no olviden que entre el divertimento que producen las trasgresiones de la indignación popular y la escases de ideas para resolver los problemas fundamentales de la gente, se mueve un escalofriante silencio de reflexión. En este contexto, el galopante cinismo, el exacerbado neo racismo y la crueldad del caótico capitalismo, pueden producir una fuerza incontrolable que trascienda la irreverencia de los votos nulos y el desconocimiento del “sistema democrático” que representa el abstencionismo electoral.

No faltaba más, en las actuales circunstancias de la sociedad salvadoreña surge una paradoja: ¿cómo entendemos la participación directa o indirecta que confieren legitimidad a los representantes? Por lo que se observa, la tolerancia está llegando a sus lí­mites y el problema se agrava más, porque por lo constatable en el anterior momento electoral, se identifica la existencia de una serie de aventuras emprendidas por los publicistas y sus asesorados en tiempo de campaña, que no dimensionan los efectos que producen las mentiras a mediano plazo. Recuerden que según está documentado en los hechos de la historia reciente salvadoreña, por estas causas se han emprendido viajes que no tienen retorno. En ese sentido, es posible que ahora haya iniciado el cierre del ciclo de la posguerra, esperemos a ver que queda después de este extraño vientecillo de indignación.

José Luis Escamilla
José Luis Escamilla
Columnista Contrapunto

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