Por Hans Herrera Nuñez

Rector de la Universidad de El Salvador (UES), asesinado por Escuadrones de a Muerte el 28 de octubre de 1980
  • Como latinoamericanos bien poco sabemos de nosotros mismos. En Costa Rica si preguntaban no sabían dónde quedaba Perú, decían en el Medio Oriente. Perú y Beirut en 1990 sonaban más que parecido y en las noticias internacionales no había mayor diferencia: cochesbombas, atentados, terrorismo. Esta es la historia de un país del que solo conocíamos a sus maras, las gorras de su presidente millenial o los bitcoins. Esta es la historia de El Salvador, un país del tamaño de Ica, a través de un rector que escribía poesía.

La historia de cualquier país latinoamericano es una novela de Roberto Bolaño. Y la de El Salvador es la historia, entre muchas otras, la del Rector Mártir: Félix Ulloa. Entre exámenes a corregir en su época de docente, papeles administrativos en sus tiempos de decano y quizá entre cartas amenazantes cuando empezaba a estallar entre el ruido y la furia los años del horror salvadoreño, Félix escribía versos. Maestro: alza la frente airosa / y empapa de optimismo tu calvario. Como si toda la fe entre el aburrimiento y el horror pudiese caber en un hexámetro o en un haikú. Está en sus lectores saber que tan gran poeta era, pero una cosa es incuestionable, su vida fue un poema. Pues cómo dijo el eterno exiliado, Bolaño en 1999: “para ser poeta hay que tener la valentía de mirarse en un espejo negro y saber si uno es cobarde o valiente”. Y a Félix Ulloa nadie le negara lo último, empezando por sus asesinos.

Latinoamérica en los 70 no padecía la desigualdad de la qué tanto se queja Boric & Cía, Latinoamérica entonces vivía ahogada en la miseria y con las venas abiertas. En 1972, la Universidad de El Salvador fue ocupada militarmente, Ulloa sería capturado en la Facultad de Medicina por sus vínculos políticos con una incipiente resistencia estudiantil. El Salvador era entonces un país en manos de un puñado de familias oligarcas, una casta omnipotente que encerraba al país entero en una situación de feudalismo. Por supuesto nadie hablaba de Reforma Agraria o derechos de los trabajadores. El sueño progresista de la ampliación de la riqueza entre pequeños propietarios más que ilusión era percibido como subversión. Ulloa sufriría el exilio académico, sin embargo, volvería a la universidad entre los vaivenes políticos de la década y a pesar de las constantes amenazas. Tengo el pecho viril, la frente altiva.

Ulloa era católico, pero no muy practicante, progresista pero no un desaforado izquierdista. Tenía compromiso social, cultural y sentido común. Sabía que era necesario que cambiasen las cosas en El Salvador, pero había gente que no quería escuchar a la razón. La voz de Ulloa se fue volviendo más altiva e incómoda. En reconocimiento a su destacada labor en pro de la democracia y la cultura, fue elegido Presidente del World University Service – WUS, con sede en Ginebra, Suiza; y posteriormente, en Manila, Filipinas se le eligió como Vice Presidente de la Asociación Mundial de Universidades (International Association of Universities IAU), cuya presidencia recayó en el Dr. Guillermo Soberón, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM la universidad más grande de América. Para más INRI de sus enemigos políticos, que ya no eran pocos, además se le concedió el Premio Alternativo de la Paz, en Alemania y justamente cuando se dirigía a recibirlo y a presidir en Ginebra, Suiza, la reunión del Comité Ejecutivo del WUS, el 28 de octubre ocurrió lo esperado.

(…) Quiero morir cuando se muera el día! / Y que después con mi fúnebre sudario colocado en el mármol de/ una fuente, hagáis memoria del que fue por siempre un pobre/ bardo y un triste visionario. Cómo crónica de una muerte anunciada, Ulloa también se levantó temprano. “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. Era 1980, y meses antes un comando paramilitar mataba en plena misa a monseñor Romero. La guerra sucia no tenía límites. 1980 también fue el año de la masacre de cientos de mujeres y niños en el Río Sumpul, de las cada vez más frecuentes desapariciones y asesinatos selectivos de los escuadrones de la muerte como el asesinato de las religiosas norteamericanas.

Sepelio del rector mártir Félix Ulloa

La tarde va muriendo… se escondió tras los cerros y en vez del sol / fulgente, vino la blanca luna. Era el 28 de octubre de 1980. El rector Félix Ulloa, iba en el vehículo de la rectoría en el asiento de atrás, mientras realizaba una revisión de las notas para su discurso en Ginebra. Como un héroe clásico no llevaba escoltas de seguridad. “El día que me toque, quiero irme yo solo sin comprometer a nadie más”, decía cuando se le cuestionaba esa actitud. Por eso siempre se conducía en su vehículo personal. Ese día su vehículo andaba en el aeropuerto manejado por Jorge uno de sus hijos, que había ido a dejar a Mauricio otro de sus hijos quien salía de viaje. En vista de las diligencias propias de su viaje a Alemania y Suiza, pidió el carro de la rectoría el cual era conducido por Francisco Alfredo Cuéllar Menéndez, un leal trabajador universitario quien siempre estuvo consciente de los riesgos de manejar el carro del rector. Entonces apareció el escuadrón.

El estío ha secado en tu huerto las / rosas, y de olvido se ha cubierto también mi corazón. Más de cuarenta balazos de odio definieron el destino de un país. Las balas acabaron en el instante con la vida de Francisco Alfredo creyendo que se trataba del Ing. Ulloa. Al rector lo alcanzó una bala en el pie y otra en la mandíbula.

Estaba a tan solo escasos cien metros del campus universitario. De la misma forma moría diez años después un profesor constitucionalista chileno de derecha, Jaime Guzmán, a cien metros de la universidad Católica de Chile a manos del grupo terrorista Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Matar a un rector o a un catedrático, saliendo o entrando de la universidad siempre es, no importa de donde venga, una canallada. Ulloa Fue trasladado a un hospital privado, donde se le intervino quirúrgicamente después que el rector del Externado de San José aceptó cubrir los gastos hospitalarios, pues el rector herido y sangrante no era atendido si alguien no asumía el pago de los servicios (esto es tan triste que pasa ahora en Perú, Chile y toda Latinoamérica). Por la noche después de despedir a la familia que lo pasó a visitar, el rector tuvo un infarto que no pudo ser atendido oportunamente por falta de los medicamentos adecuados (otra vez la tristeza, la rabia. Latinoamérica eres una herida abierta y solo me quedan las lágrimas y rezar a Dios) murió en la madrugada del 29 de octubre de 1980 a los 51 años de edad.

¡Alas…! ¡Un par de alas…!

(…)

Un par de alas, que tras el viento se han ido,

Cruzando el mar,

Regiones,

¡¡¡Y olvido…!!!

En su velorio en la catedral Metropolitana se le bautizó Rector mártir. Los líderes de la izquierda salvadoreña (esa izquierda Macha, esa izquierda de verdad) salieron de la clandestinidad y fueron a formar una valla de honor a lado de su féretro. Fue su última aparición. Dos semanas más tarde la mayoría de ellos fueron capturados en las instalaciones del Colegio Externado de San José y ejecutados ese mismo día. Sin embargo, la universidad se negaba a morir. La guerra civil salvadoreña no hacía más que empezar, pero esa es otra historia. ¡Oh! montes de mi tierra yo cuanto os he admirado dormidos bajo/ el cielo de aquella lejanía!