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lunes, 8 junio 2026
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Escrito en una servilleta: El insomnio

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René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

¡Puta, las dos de la madrugada! Dijo, en voz baja. Ya era martes, aunque, para él, era 2015, porque su vida era demasiado lenta como para contarla en días. Eso lo supo cuando el mercado le enseñó -¡a patadas, sólo así entienden estos cabrones!- que el día tiene más horas que billetes su salario. Tenía tres horas y seis minutos de estar dando vueltas en la cama, sin poder dormir, incomodando a, Migdalia, su mujer. Y es que, en el preciso instante de acostarse, un tornado de reflexiones sanguíneas deambuló por sus sesos, taladrándoselos sin piedad. No había forma de llamar a escena al sueño; se acomodaba a la izquierda, a la derecha, al centro-derecha, boca abajo, pero, ideas y cosas seguían zumbando en sus oídos, hasta llevarlo al mismo cierre vital: todos estamos bien jodidos por la delincuencia y nos hacemos los locos, para seguir siendo felices en la desesperante levedad de la ignorancia. ¡Qué mierda es saber el por qué de las cosas y no tener valor para cambiarlas! gritó, para asustar al gnomo del insomnio.

Siguió dando vueltas, contando hasta cien, hasta quinientos, hasta cien mil. Sintió que habían pasado dos horas, pero el reloj le dijo que sólo fueron seis minutos. Se debe haber parado, pensó, y siguió luchando con ese insomnio tan inexplicable como feroz, pues, hasta esa noche, no había tenido problemas para dormir. Parecía como si todas las variables, experiencias, risas y llantos que armaban su historia, se hubiesen acomodado de tal forma en su cabeza que, como luz final, le hicieron ver todo con claridad y, francamente, esa realidad develada no era grata. A eso se debía el martilleo de ecos que le impedían dormir, porque se clavaban en sus sienes y en su boca que, desde hacía unos cinco años, estaba amarga. Había entendido su vida, la de los otros… la vida no vivida, y esas ideas disfrazadas de recuerdos le movían la almohada cuando estaba a punto de dormirse. Su mujer, pasándole la mano por la frente, quiso saber si no estaba siendo víctima de alguna fiebre súbita, traída por los fríos vientos que irrumpieron desde que se supo que la tarifa de la electricidad –generada con agua nacional- subiría… y respiró, aliviada, cuando sintió fresca su piel de animal domesticado y volvió a dormirse.

Tratando de no despertarla, se levantó en busca de un vaso de agua y, parado frente al espejo de la claustrofóbica sala, descubrió las pulsantes arrugas azules que le atravesaban, de sur a norte, la cara. Con que así luce un cadáver, dijo, y regresó a la cama, sabiendo que podría más la tribulación que el sueño. En silencio, repasó el laberinto de los días y no halló nada sorprendente, pues, qué puede tener de sorprendente el saber que todos los de su clase tienen, como él, la cartera rota, deudas por doquier, miedo imperativo, números de lotería sin premio, patologías ocultas, hijos inconfesables, amores improbables, o sea un pasado sin futuro, una vida en la que, a pesar de trabajar duro, la compra de los útiles escolares siempre es una tragedia, un tronar de dedos que no se puede mostrar, pues hacerlo es mostrarse débil con los débiles.

El reloj agitaba sus agujas de plomo. Cerró los ojos y oyó el lamento de Martín, su colega, quien la tarde anterior le había dicho que ¡estos hijos de puta nos han amputado la conciencia! Reconocé que han hecho un trabajo fino con la cantaleta de que no se puede combatir la delincuencia, y así nos quitaron las calles y aceras; nos quitaron las plazas, los ríos, las comunidades, y hasta nos robaron la noche, o sea que nos dejaron sin mapa nacional ¡y nadie dice nada!… Esa frase lapidaria quedó flotando en el vapor del insomnio. Se volvió hacia la izquierda para ver si así podía dormir, y se topó con el hálito de implacable abandono de su mujer hablando dormida de las carteras que había tocado y de los zapatos que se había medido sin intención de comprarlos, por caros.

Se puso boca abajo para ahogar la memoria, pero ahí estaba la sabiduría popular de Fernando, diciendo que este pueblo cuántico aguanta todo: fraudes, impunidad de políticos y buseros, corrupción; si ya parece un burro que cuando le ponen más carga sólo mueve las orejas, pero no se quita. ¿Qué pasa que no te dormís? Interrumpió, su mujer, y luego le preguntó si tenía alguna jarana grave, una enfermedad secreta, o alguna culpa pecuniaria, y entonces recordó que no tenía visa moral para responder lo último. Claro que si no hubiera comprado el televisor, de 55 pulgadas, para ver los partidos del Barcelona, le hubiera alcanzado el dinero para comprar otra cafetera.

Él, poniéndose boca arriba, le dijo: lo que pasa es que las cosas se van a poner peor, y no podemos hacer nada para remediarlo. Ya ni la mierda nos alcanzará para comer, le dijo, levantándose en busca del último sobrecito de café. Desde la cama, ella preguntó: ¿qué les espera a nuestros hijos? Seguir luchando, mujer, contestó, como si esa frase resumiera la razón de ser del insomnio que, según él, nunca tendría fin.

Volvió a la cama después del último sorbo de café, dispuesto a no dormir por su culpa, y ya no a consecuencia de las aflicciones que, hasta ese día, supo que vivía. ¿Y nosotros qué hacemos mientras tanto? Preguntó, ella, sollozando, y se cubrió con la colcha para no oír la respuesta. Él, quien hasta el día de ayer había sido feliz en su ignorancia, y había sabido ocultar su cobardía en el designio de un dios victimario, o en el fraude ideológico de una revolución sin cambios revolucionarios, suspirando hondo, como si tratara de hacer suyo el conformismo de todos los habitantes del país, le contestó: rebuznar y mover las orejas, mujer… ¡qué más nos queda!!

Enseguida, le dio la espalda a la silueta inerte de Migdalia, tal como años antes se la había dado a la vida… y cuando era hora de levantarse, se durmió como un niño, para soñar con el turno del ofendido que se asomaría en el paisaje de un febrero.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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