La inesperada llamada telefónica de un amigo en la madrugada del domingo me arrebató el sueño: “mataron a alguien en la Escalón. Estese atento porque hay varias camionetas en el lugar”. Eso fue todo lo que me dijo antes de colgar. Le di las gracias por el aviso y busqué la información disponible del hecho.
En El Salvador, y bueno, en el planeta entero, los periodistas estamos acostumbrados a suspender de tajo nuestro tiempo de descanso o de ocio cuando sucede una emergencia. Uno debe levantarse, investigar e informar. No hay nada de mérito en el asunto, es el deber de la profesión.
Sin embargo, en El Salvador suceden, por desgracia, tantas muertes que uno debe estar atento a quién le llega la hora de la muerte. Así de asqueroso como se lee.
La muerte alcanza a todo el mundo: bien puede ser un panadero, una vendedora, un bebé, un chófer, un cobrador, un alcalde, un concejal, un pastor, un payaso, un policía, un periodista, un locutor de radio, un pandillero, un supuesto pandillero, un socorrista, un militar, un homosexual, un futbolista o un embajador honorario.
Nadie está a salvo. Nadie.
Las averiguaciones me llevaron al músico Juan Carlos Cruz Quintanilla de 25 años de edad. Después supe que él era guitarrista y compositor del grupo de metal Slave of hate. La razón de su muerte, según las autoridades, fue la intolerancia. Un tipo descargó las balas de su arma porque le golpeó accidentalmente su vehículo.
Los sueños y aspiraciones del músico salvadoreño fueron arrebatados a las 02.00 horas de la madrugada, de acuerdo al reporte oficial.
Parece irónico y quizás raye en lo absurdo, pero el resto de la mañana me quedé pensando en el nombre de la banda de metal: Slave of hate (Esclavo del odio). Pero más aún, pensé en Juan Carlos Cruz Quintanilla, en sus ilusiones, en sus fantasías y en sus anhelos que fueron lanzados a la borda por un esclavo de su odio.
¡Qué profunda lástima que en El Salvador seamos todos esclavos del odio y de sus pesadas cadenas! No hay quien nos libre.
A Juan Carlos Cruz Quintanilla no le conocí y no le he escuchado, pero espero que a donde esté ahora finalmente se haya podido librar de las cadenas de odio que le impusieron a la fuerza y que con su música pueda interceder para que termine la carnicería en El Salvador.
Juan Carlos, desde el infinito intercede por nosotros los hijos de Caín que seguimos matando a nuestros hermanos.