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Éramos cándidos casi primitivos

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"San Salvador hace 45 años era un lugar decoroso para vivir, la ciudad descubría sus alrededores y la avidez predatoria no estaba tan marcada como hoy": Gabriel Otero.

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Por: Gabriel Otero

No es por abaratar la nostalgia, pero San Salvador hace 45 años era un lugar decoroso para vivir, la ciudad descubría sus alrededores y la avidez predatoria no estaba tan marcada como hoy, el costo de la subsistencia se percibía en centavos y los salarios no superaban los centenares de colones.

De niños éramos cándidos casi primitivos, nos sentíamos a gusto con lo simple, las colonias donde residíamos las rodeaban lomas y llanos, la capital era contradictoria: campestre y pintoresca, en algunas calles se veía pasar carretas y por las noches se oían el pitido del sereno y a los gallos desgañitarse desde la hora prima extrañando el amanecer.  

Nuestras diversiones eran elementales y algo salvajes: subirnos a los árboles de mango y hartarnos de sus deleites; provocar a pedradas la ira de iguanas verdes que se asoleaban en los techos; organizar peleas de zompopos de mayo; rastrear sapos gigantescos en las alcantarillas en épocas de lluvias, estos escupían un líquido espeso como sistema de defensa; e irnos de expedicionarios a los barrancos y túneles y regresar a la superficie llenos de tierra hasta los ojos.

No se necesitaban niñeras en los parques, sólo las requerían los infantes a los que apenas les salían los dientes, pero para ellas estos lugares eran edenes, breves espacios en los que se encontraban amores. Nosotros éramos hombrecitos a los siete años para colgarnos del satélite metálico, una rueda con asientos que giraba a empujones en la que nos extasiábamos hasta el vómito.

En los parques jugábamos pecado, mica, ladrón librado, escondelero, chibolas, trompo, capirucho, yoyo, fútbol y básquetbol, había torneos entre equipos de las cuadras y nunca faltó la imaginación para marcar goles inexistentes y celebrar triunfos épicos de último minuto.

En el juego de pecado perdían los mismos a los que fusilábamos con saña y una pelota de tenis, como dolía la derrota y no solo por los pelotazos, las burlas calaban el ánimo y la autoestima.

Las vacaciones eran largas y comenzaban justo con los vientos de octubre, la única temporada en que usábamos suéteres y que podíamos pasar todo el día en la calle, los peligros resultaban anómalos, no había preocupaciones ni precauciones, las puertas de las casas permanecían abiertas de par en par sin que algún intruso se metiese. 

El primer muerto que vimos fue todo un acontecimiento, la noticia corrió entre nosotros como la rareza del momento, él era un señor al que le había dado un infarto al querer alcanzar un mamey, el cadáver estaba subido en el árbol abrazando su tronco a cinco metros del suelo.  

Su fallecimiento fue dulce como nuestra infancia, ignorábamos que vendrían periodos oscuros y de mucho dolor. Algunos pudimos partir, otros agonizaron en la ortodoxia y naufragaron en el odio y los demás murieron buscando el horizonte.

Como ha empeorado todo desde entonces que ya ni nos acordamos de nuestros nombres.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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