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miércoles, 17 junio 2026

Entrega Especial: análisis de candidatos a presidente de las Elecciones en Chile 2025

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Por Zarko Pinkas-Ramírez

En las elecciones presidenciales chilenas de 2025, el escenario político parece atrapado entre extremos que no dialogan. Por un lado, proliferan discursos populistas y propuestas fáciles que prometen soluciones inmediatas a problemas estructurales; por el otro, emergen posturas radicalizadas desde la izquierda que tensionan aún más el ambiente público. El resultado es una oferta electoral marcada por la estridencia, la falta de rigor y la ausencia de un proyecto realmente convocante. Los candidatos con mayor respaldo en las encuestas no solo dejan mucho que desear en términos de solvencia, sino que tampoco representan ese espacio de centro que históricamente permitió a Chile construir acuerdos y avanzar con estabilidad. En vez de tender puentes, la contienda actual parece profundizar la polarización, mientras el país sigue esperando liderazgos capaces de sostener la democracia desde el diálogo y el consenso.

Jeannette Jara y el peso de la historia que no se puede maquillar

Jeannette Jara es maquillada antes de un evento político. Foto: Cortesía.

Hay un ejercicio recurrente en la política chilena: creer que basta con una frase coyuntural para reescribir décadas de historia ideológica. En campaña, algunos dirigentes del Partido Comunista (PC) han intentado mostrarse como socialdemócratas tardíos, distantes de los regímenes autoritarios que marcaron el siglo XX. Pero la memoria política no es un archivo que se limpia con declaraciones recientes.


La candidatura de Jeannette Jara ha encendido esa discusión. En entrevistas, ha señalado que “Chile no necesita modelos importados” y ha reconocido distintos errores de experiencias comunistas en el mundo. Pero la pregunta central no es si hoy lo dice: es cuándo lo dijo, desde dónde lo dijo y qué significa decirlo dentro de una estructura partidaria que históricamente ha defendido dictaduras aliadas.


Porque el PC no es un partido nacionalista, aislado en la política doméstica. Es parte de una tradición internacional que ha avalado —y en muchos casos celebrado— proyectos autoritarios como los de la URSS, China, Corea del Norte y Cuba. Se podrá matizar, reinterpretar y modernizar el discurso, pero los hechos persisten: esos regímenes cometieron violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Y no basta con distanciarse de ellos en año electoral; el tiempo en política importa. Un reconocimiento tardío siempre despierta la sospecha de conveniencia.
Decir esto no es caricaturizar al militante comunista ni caer en el absurdo slogan “los comunistas comen guaguas”. Ese tipo de argumento infantil solo favorece a la victimización narrativa de quienes evitan autocrítica profunda. El problema no es moralizar contra personas. El problema es la doctrina y sus consecuencias históricas.


Chile necesita claridad, especialmente cuando el país atraviesa crisis institucional, económica y de seguridad. Y en ese escenario, la sombra de las experiencias comunistas pesa. La base dura del PC —y esto es un hecho visible en redes, discursos y movilizaciones— sigue mostrando simpatía por China, Cuba y regímenes antiliberales. Allí no hay matiz: hay un rechazo al capitalismo y una aspiración declarada a transformarlo desde la raíz, sin claridad sobre cómo evitar los errores que han condenado a otros pueblos a décadas de pobreza y censura.


A esto se suma la política exterior. La candidata ha adoptado posiciones duras en contra de Israel, en línea con el actual gobierno. Aquí no se trata de negar tragedias humanas ni de blindar a ningún Estado; se trata de coherencia y estatura de estadista. Quien aspira a gobernar no puede actuar como activista selectivo.
Si se condena un conflicto, se debe condenar su violencia completa, no solo aquella que encaja en una narrativa ideológica global. La justicia internacional opera con evidencia, no con consignas.

Se reconoce que Jara ha señalado recientemente que “Chile no necesita importar modelos ajenos” y que “los derechos humanos son universales”. Sin embargo, la pregunta no es solo lo que se dice hoy. Es cuándo se dijo, cómo se dijo, y si ese reconocimiento fue sostenido o emergió solo en contexto electoral. En política, el timing no es detalle: es contenido.


Además, existe un elemento geopolítico que no puede ignorarse. La candidata ha sido firme en condenar a Israel, repitiendo la línea del gobierno en medio del conflicto en Gaza. La tragedia humanitaria exige condena y sensibilidad, pero también equilibrio y consistencia. Un estadista condena abusos en todas las direcciones, no selectivamente.
La Corte Penal Internacional aún no ha condenado al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu; la presunción de inocencia opera para todos, incluso para líderes que generan rechazo. La legalidad internacional no puede ser reemplazada por la consigna ideológica.

Y luego está la continuidad política. Jara es heredera del gobierno de Gabriel Boric, que llegó con promesas transformadoras y terminó atrapado entre la realidad económica, la inseguridad y la incapacidad de ejecución. Hoy, muchas de esas mismas consignas reaparecen, ahora con nuevo envoltorio discursivo. La pregunta es inevitable: ¿qué garantías reales existen de que esta vez será distinto?
No se trata de negar el derecho del PC a competir, ni de cuestionar la integridad personal de la candidata. Se trata de algo más simple y más serio:
La política no es solo lo que se dice en campaña; es lo que se ha defendido durante décadas y lo que se está dispuesto a seguir defendiendo cuando el viento electoral deje de soplar a favor.
¿Puede un proyecto que nunca ha logrado separar su identidad del fracaso autoritario internacional garantizar una modernización democrática para Chile?


La historia no desaparece con un eslogan. Y el electorado merece claridad, memoria y honestidad intelectual antes de tomar decisiones que marcarán el destino institucional del país.

Jeannette Jara. Foto: Cortesía.

Evelyn Matthei: la derecha que nunca se fue

Evelyn Matthei. Cortesía

Cuando vemos el paisaje político chileno en 2025, emerge la pregunta clave: ¿ofrece alguna de las candidaturas una ruptura real con el sistema de las últimas décadas o simplemente propone administrar el statu quo bajo otro nombre? En ese sentido, la candidatura de Evelyn Matthei —quien representa a la coalición de la derecha tradicional— parece inclinarse con claridad por la segunda opción. Y ahí radica el problema.

Continuidad, no reforma

Matthei ha sido figura de la política chilena durante décadas: ministra, senadora, alcaldesa. Su nominación por Renovación Nacional (aunque ella proviene de otra rama) la sitúa como candidata de la derecha que ya gobernó y que, por lo tanto, hereda responsabilidades de lo que no se cambió.
Tras su proclamación como candidata presidencial el 11 de enero de 2025, Matthei declaró:

“Chile no está bien (…) desde ya les quiero decir que el camino será doloroso.”

Este tipo de frases resuena más con la idea de administrar una crisis o daño existente, en lugar de proponer un proyecto transformador.

Vínculos con el pasado autoritario

Un aspecto central que refuerza la tesis de continuidad es un episodio polémico: Matthei afirmó que las muertes tras el golpe del 11 de septiembre de 1973 fueron “inevitables” y habló de un contexto de “guerra civil”.
Aunque luego se retractó y declaró que “nunca he justificado ni justificaré las violaciones a los derechos humanos.”
Este intercambio no es un mero detalle simbólico: muestra cómo su discurso se acerca peligrosamente al marco justificatorio del autoritarismo, lo que genera dudas sobre su compromiso con la democracia liberal y los derechos humanos.

¿Un proyecto para el siglo XXI?

Matthei propone una visión de orden, estabilidad, eficiencia. Pero ¿Dónde están las reformas estructurales? ¿Dónde está el nuevo contrato social que Chile reclama tras décadas de estancamiento?

En este sentido, su discurso aparece más como la continuación de la vieja derecha que como una reinvención.

Además, su momento político no es trivial: la actual crisis de legitimidad de los partidos tradicionales y la fatiga de los ciudadanos con los gobernantes hacen que una oferta de “administrar lo conocido” sea débil ante una demanda de transformación.

Promesas incumplidas del sistema que ella representa

Para entender la debilidad de esa oferta, basta ver lo que sucedió con el gobierno de Gabriel Boric, que aunque de otro espectro mostró claramente los límites del sistema político chileno. Un informe concluyó que solo el 38 % de sus promesas legislativas se habían cumplido a tres años de mandato.
Las áreas donde no hubo avance alguno incluyen cultura, defensa, pueblos indígenas y democracia.
Este dato es clave: no es solo que Matthei no proponga ruptura, sino que el sistema que ella representa ha sido incapaz de cumplir lo que ya se había prometido. Proponer más de lo mismo, entonces, es una apuesta frágil.

Polarización, no diálogo

La derecha que encarna Matthei aparece como la continuación de un paradigma donde el orden y el mercado fueron centrales, y donde la inclusión y la participación ciudadana quedaron en un segundo plano. Frente a esto, la polarización crece: quienes buscan cambio real sienten que los partidos tradicionales, tanto de derecha como de “izquierda moderada”, les fallaron.
Si Matthei no ofrece apertura, innovación institucional o mecanismos de participación distintos, su candidatura corre serio riesgo de quedar en la lógica de la alternativa reactiva: “volver a lo que funcionaba”, sin entender por qué ya no funciona.

Evelyn Matthei representa el rostro pulido de la derecha chilena tradicional: experiencia, orden, continuidad, pero −y es el pero fundamental− sin proyecto de país para los próximos treinta años. Y Chile lo necesita: un país que ya no es el mismo que en los noventa, que no vive la emergencia de una economía-burbuja perpetua sino más bien la urgencia de repensarse.

La verdadera pregunta que deberíamos hacernos como electores es: ¿queremos que nos administren —como Matthei propone— o preferimos que nos transformen? Esa es la línea que separa a la candidatura de la derecha tradicional de la posibilidad de renovación democrática que Chile tanto necesita.


José Antonio Kast: el populismo de la pureza y el autoritarismo estético

José Antonio Kast. Cortesía.

El padre de José Antonio Kast, Michael Kast Schindele, llegó a Chile a fines de los años cuarenta, proveniente de Baviera, Alemania. Documentos históricos confirman que fue miembro del Partido Nacionalsocialista Alemán, el mismo que sustentó la maquinaria de Adolf Hitler (Deutsche Welle). “No tenemos un solo ejemplo de alguien que haya sido obligado a unirse al partido Nazi”, señala a AP el historiador alemán Armin Nolzen, quien se ha especializado en analizar las membresías de la organización.

Lo que sigue siendo un misterio es cómo logró hacerlo sin enfrentar investigación alguna pese a su inscripción en el partido Nazi. Kast, como muchos otros de esa generación, llegó a Chile envuelto en el silencio que protegió a cientos de alemanes que encontraron refugio en el sur del país.

No se trata de culpar al hijo por los pecados del padre, sino de entender la raíz del pensamiento que lo ha moldeado. José Antonio Kast no nació en el vacío: creció en un entorno donde el orden, la pureza y la jerarquía no eran solo valores familiares, sino principios culturales importados. El problema no es la genealogía, sino la persistencia de un ideario que, bajo nuevas formas, continúa celebrando la obediencia sobre la diversidad y el autoritarismo sobre la empatía.

Yo mismo lo he vivido. En Chile, el racismo y el clasismo no son abstracciones: se sienten, se respiran y se heredan. En una ocasión, viviendo en Ñuñoa, tuve un vecino de origen alemán que me interrogaba insistentemente por mi acento, mi madre y mi nacionalidad. Era una curiosidad que escondía desprecio, una necesidad de recordar quién pertenecía y quién no. Esa escena mínima —que puede parecer anecdótica— explica algo del país profundo que personajes como Kast representan: una élite que desprecia la mezcla y teme al mestizaje, que asocia pobreza con peligro y extranjería con amenaza.

José Antonio Kast no odia al inmigrante por ser inmigrante. Lo odia por ser pobre. Porque detrás de su aparente defensa del “orden y la patria” se esconde una estética de poder donde lo feo, lo moreno, lo popular y lo distinto sobran. Su ideal de Chile es un país homogéneo, de apellidos “respetables” y piel clara, donde el poder se hereda como apellido, no se conquista con mérito.

El populismo de la pureza

Kast es, en esencia, un populista del orden. Su discurso no propone soluciones, propone enemigos. No ofrece futuro, ofrece resentimiento. Construye una narrativa donde los pobres, los inmigrantes y los movimientos sociales son culpables del colapso moral del país. Su estrategia es tan antigua como efectiva: crear miedo para ofrecerse como salvador.

Kast no solo es un conservador radical: es un heredero político del autoritarismo estético. En su imaginario, Chile debe ser limpio, disciplinado y sin “ruido social”. Los derechos humanos son obstáculos, la disidencia es un exceso y la justicia social una amenaza.

Durante la pandemia, llegó incluso a calificar las medidas sanitarias como una “dictadura sanitaria”, comparando las restricciones con regímenes totalitarios. Un argumento grotesco, si consideramos que las verdaderas dictaduras —como las que él defiende o relativiza— no buscaban salvar vidas, sino eliminar disidentes.

Kast, como su aliado Johannes Kaiser, es parte de esa nueva derecha que se disfraza de libertaria mientras ataca los fundamentos de la ciencia, la prensa y la democracia. Rechazan las vacunas, desconfían del conocimiento experto y promueven teorías conspirativas sobre control global.

Su populismo es también digital: una red de desinformación coordinada, nutrida por bots, troles y medios ideológicamente alineados. En esos espacios, el objetivo no es convencer, sino confundir.

El racismo como política

Chile es un país racista y clasista. No lo digo como una denuncia abstracta, sino como una constatación empírica. Y el discurso de Kast alimenta y legitima ese racismo estructural. En su lenguaje se mezcla el miedo con el asco, la pobreza con la delincuencia, la diferencia con la amenaza.

La ideología de Kast tiene raíces profundas en un imaginario colonial y aristocrático, el del “Chile europeo”, civilizado y blanco, frente a un pueblo mestizo y popular al que se le exige gratitud y obediencia.

Su programa político no es solo económico ni moral, es racializado. Promueve un país homogéneo y ordenado a costa de silenciar la diversidad cultural, étnica y sexual.

El espejo autoritario

Lo más peligroso de José Antonio Kast no es su ideología, sino su estrategia. Como los líderes populistas de derecha en EE.UU., Brasil o Europa, ha aprendido a manipular las emociones del descontento.

Esa es la esencia del autoritarismo moderno: no se impone por la fuerza, sino por el deseo. No obliga a obedecer, convence de que obedecer es libertad. Kast no promete democracia, promete orden. No ofrece justicia, ofrece castigo.

Cuando se presenta como “víctima del sistema”, lo hace para blindarse del escrutinio. Su relato de persecución busca transformar la crítica legítima en censura y la responsabilidad en martirio.

El peligro de la indiferencia

El ascenso de figuras como Kast y Kaiser no es solo un problema político, sino moral. Porque cada voto por ellos normaliza el desprecio, justifica la exclusión y convierte el odio en programa.

Chile no necesita mesías del miedo. Necesita memoria. Kast, en especial, representa esa tentación: la del orden sin justicia, la de la patria sin pueblo.

Epílogo: el pasado que sigue caminando

Michael Kast logró rehacer su vida en Chile, levantar una empresa y criar a su familia. Pero el silencio sobre su pasado se transformó en herencia simbólica. José Antonio Kast, su hijo, aprendió a no pedir disculpas por lo que duele ni cuestionar lo que avergüenza.

Hoy, mientras promueve un proyecto político que divide y retrocede, el eco de ese pasado sigue caminando. Porque hay heridas que no se cierran con el tiempo, sino con verdad.


Desde Estados Unidos con amor: Franco Parisi

Franco Parisi. Cortesía.

Franco Parisi es el ejemplo perfecto de cómo el populismo digital se ha convertido en un producto exportable, empaquetado y listo para consumo masivo. Vive en Estados Unidos, lejos de las calles de Chile, de los hospitales públicos colapsados, de la educación mediocre, de las calles peligrosas y del transporte abarrotado. Desde su burbuja en Alabama nos dice cómo resolver los problemas de Chile, sin tener contacto real con la gente, sin caminar las poblaciones ni hablar con las víctimas de la delincuencia que tanto menciona en sus discursos.

Su conexión con el país es meramente virtual, construida a través de transmisiones en vivo, videos de YouTube y frases efectistas. Aparece únicamente cuando se acercan las elecciones, cuando hay dinero de reembolso de campañas de por medio, y cuando necesita reactivar su marca política.

Su discurso es simple, directo y peligroso: promete acabar con la delincuencia de un plumazo, aplicar la lógica de “cárcel o bala”, construir cárceles barco y reducir el Estado a su mínima expresión para convertirlo en un simple socio estratégico. Como él mismo dice en su programa de gobierno: “Los delincuentes más peligrosos los vamos a enviar a cárceles barco, alejadas de los centros urbanos, para garantizar seguridad y disminuir el hacinamiento”. Todo suena bien en un eslogan, pero detrás no hay planes serios, ni estudios técnicos, ni equipos de trabajo consolidados. Gobernar no es un reality show ni una transmisión por streaming: requiere un conocimiento profundo de la realidad nacional, algo que Parisi no tiene ni parece buscar.

Aquí radica el problema central de su propuesta de seguridad: reduce la delincuencia a la represión, sin considerar que es un fenómeno complejo que requiere un enfoque integral: represión con objetivos claros, reinserción efectiva de quienes han cumplido condena y políticas de prevención social que corten el ciclo de violencia desde la raíz. Solo así se pueden generar soluciones sostenibles y no meros titulares que buscan likes.

Parisi se presenta como un outsider, como el que viene a combatir a “la casta política”, pero la historia es otra. Su estrategia ha sido siempre capitalizar el descontento de la gente para negociar políticamente después. Ya en 2021, sus votos terminaron favoreciendo a la extrema derecha, y no sería extraño que repita el mismo libreto. Así, su discurso anticasta termina siendo funcional a los mismos intereses que dice combatir. Populismo en estado puro: la promesa de que alguien de afuera puede solucionar mágicamente lo que otros no han podido, aunque en el fondo solo busque posicionarse y transar con el mejor postor.

Y no es que el resto de la oferta electoral sea muy alentadora. Estas elecciones muestran una alarmante pobreza de propuestas. De un lado, los populistas de extrema derecha como Parisi, Kaiser y Kast, con recetas simples y peligrosas. Del otro, una izquierda representada por Jannette Jara y el Partido Comunista, que intenta maquillarse de moderada pero sigue anclada a un pensamiento de mediados del siglo pasado. La política chilena parece un menú donde solo se puede elegir entre el populismo efectista y el dogmatismo rancio.

Lo más grave es que todos ellos —de izquierda, derecha y centro digital— tratan los problemas reales del país como si fueran un tweet: pensiones, vivienda, cultura, salud y el drama de la tercera edad se reducen a frases de campaña, sin compromiso real. Chile necesita soluciones complejas y serias, no videos virales ni transmisiones por redes sociales.

La democracia chilena se degrada cuando permite que candidatos sin arraigo, que no viven ni trabajan en el país, puedan competir en igualdad de condiciones con quienes sí están aquí, luchando día a día. Es una falla del sistema: cualquiera con dinero suficiente puede montar una campaña desde el extranjero y aspirar a dirigir un país que no pisa en años. Incluso puede acceder al reembolso de gastos de campaña, un incentivo financiero que explica por qué algunos candidatos, como Parisi, aparecen únicamente durante elecciones, sin un vínculo real con Chile ni un proyecto serio a largo plazo. Esto revela cómo el sistema permite el populismo oportunista: basta tener recursos y visibilidad digital para competir, sin importar experiencia o compromiso social.

Por eso, en estas elecciones me resulta más fácil imaginar votar por un candidato basado en inteligencia artificial que por un fantasma digital que aparece cada cuatro años. Al menos la IA podría procesar datos, diseñar políticas públicas con evidencia y no prometer cárceles flotantes ni justicia sumaria.

Chile merece propuestas serias, no un show de YouTube ni una campaña que se alimenta de la indignación sin ofrecer soluciones. Merece políticos que trabajen en el ámbito digital, pero también que entiendan los problemas de los barrios, que caminen las calles y que se comprometan con el país los 365 días del año, no solo cuando hay un reembolso electoral en juego.


Johannes Kaiser: la ignorancia como proyecto político

Johannes Kaiser. Cortesía.

En tiempos de incertidumbre, la política suele convertirse en un concurso de relatos simples para problemas complejos. Y en ese terreno, Johannes Kaiser ha encontrado su espacio: el del grito fácil, la burla como argumento y la ignorancia convertida en bandera. Kaiser no propone un país; propone una forma de resentimiento organizado, un culto al enojo y al desprecio por la evidencia. Esa es su oferta electoral.

No es casualidad. Desde hace años, Kaiser ha construido una imagen donde ser “anti-sistema” equivale a ser anti-racionalidad. En plena pandemia, difundió falsedades sobre la vacunación, repitiendo el bulo de las supuestas “72 dosis infantiles” recomendadas por organismos internacionales. No hubo evidencia, estudios o datos: solo una afirmación diseñada para provocar miedo y cosechar seguidores. Esa misma lógica alimenta su discurso antivacunas y su rechazo a la ciencia, disfrazado de valentía intelectual cuando no es más que irresponsabilidad.

Peor aún: Kaiser normaliza el desprecio a las instituciones democráticas. En una entrevista reciente señaló que respaldaría un nuevo golpe de Estado si existieran condiciones similares a 1973. El País lo recogió con precisión: no fue un desliz, ni una frase sacada de contexto, sino una declaración pensada para enviar un mensaje político. Esa frase—en cualquier democracia madura—bastaría para marginar a un candidato. En Chile, parece ser parte del espectáculo.

Kaiser se autopercibe como «el intelectual incómodo», pero su narrativa se sostiene en ataques personales, burlas misóginas y estigmatizaciones contra inmigrantes. En varias ocasiones, se ha referido a las mujeres migrantes con un tono degradante, celebrando supuestas “verdades incómodas” que no son más que prejuicio barato. A eso se suma su constante glorificación de la dictadura militar, no desde un análisis histórico complejo, sino desde el aplauso fácil a la autoridad sin control. Llama “libertad” a la obediencia y “patriotismo” a la nostalgia autoritaria.

Al mismo tiempo, el candidato intenta instalar que él encarna un nuevo nacionalismo chileno. Paradójico, considerando su permanente imitación de líderes extranjeros y su devoción política por Donald Trump y Javier Milei. Un nacionalista que copia discursos ajenos no es nacionalista; es un franquiciado ideológico. Resulta curioso que quien acusa al resto de ser “títeres globalistas” sea, en realidad, un replicador entusiasta de las derechas radicales internacionales.

Sobre su supuesta autenticidad, conviene ser claros: Kaiser no rompe esquemas, simplemente rebaja el nivel del debate. Con orgullo declara que no terminó estudios superiores, como si la falta de formación fuese una virtud democrática y no un riesgo para la calidad del liderazgo. La mediocridad no debería ser un mérito político. Convertir la ignorancia en mérito es el triunfo cultural de la anti-política.

Además, el ecosistema digital que lo rodea no es espontáneo. Diversos análisis mediáticos han señalado la presencia de cuentas coordinadas —bots y perfiles anónimos— dedicadas a amplificar su discurso y atacar a críticos. Si la mentira se convierte en método antes de llegar al poder, ¿qué impediría su uso desde La Moneda? La democracia no solo se erosiona con golpes militares; también se degrada con la manipulación masiva y la construcción artificial de consensos digitales.


En tiempos de incertidumbre, la política suele convertirse en un concurso de relatos simples para problemas complejos. Y en ese terreno, Johannes Kaiser ha encontrado su espacio: el del grito fácil, la burla como argumento y la ignorancia convertida en bandera. Kaiser no propone un país; propone una forma de resentimiento organizado, un culto al enojo y al desprecio por la evidencia. Esa es su oferta electoral.

No es casualidad. Desde hace años, Kaiser ha construido una imagen donde ser “anti-sistema” equivale a ser anti-racionalidad. En plena pandemia, difundió falsedades sobre la vacunación, repitiendo el bulo de las supuestas “72 dosis infantiles” recomendadas por organismos internacionales. No hubo evidencia, estudios o datos: solo una afirmación diseñada para provocar miedo y cosechar seguidores. Esa misma lógica alimenta su discurso antivacunas y su rechazo a la ciencia, disfrazado de valentía intelectual cuando no es más que irresponsabilidad.

Peor aún: Kaiser normaliza el desprecio a las instituciones democráticas. En una entrevista reciente señaló que respaldaría un nuevo golpe de Estado si existieran condiciones similares a 1973. El País lo recogió con precisión: no fue un desliz, ni una frase sacada de contexto, sino una declaración pensada para enviar un mensaje político. Esa frase—en cualquier democracia madura—bastaría para marginar a un candidato. En Chile, parece ser parte del espectáculo.

Kaiser se autopercibe como «el intelectual incómodo», pero su narrativa se sostiene en ataques personales, burlas misóginas y estigmatizaciones contra inmigrantes. En varias ocasiones, se ha referido a las mujeres migrantes con un tono degradante, celebrando supuestas “verdades incómodas” que no son más que prejuicio barato. A eso se suma su constante glorificación de la dictadura militar, no desde un análisis histórico complejo, sino desde el aplauso fácil a la autoridad sin control. Llama “libertad” a la obediencia y “patriotismo” a la nostalgia autoritaria.

Al mismo tiempo, el candidato intenta instalar que él encarna un nuevo nacionalismo chileno. Paradójico, considerando su permanente imitación de líderes extranjeros y su devoción política por Donald Trump y Javier Milei. Un nacionalista que copia discursos ajenos no es nacionalista; es un franquiciado ideológico. Resulta curioso que quien acusa al resto de ser “títeres globalistas” sea, en realidad, un replicador entusiasta de las derechas radicales internacionales.

Sobre su supuesta autenticidad, conviene ser claros: Kaiser no rompe esquemas, simplemente rebaja el nivel del debate. Con orgullo declara que no terminó estudios superiores, como si la falta de formación fuese una virtud democrática y no un riesgo para la calidad del liderazgo. La mediocridad no debería ser un mérito político. Convertir la ignorancia en mérito es el triunfo cultural de la anti-política.

Además, el ecosistema digital que lo rodea no es espontáneo. Diversos análisis mediáticos han señalado la presencia de cuentas coordinadas —bots y perfiles anónimos— dedicadas a amplificar su discurso y atacar a críticos. Si la mentira se convierte en método antes de llegar al poder, ¿qué impediría su uso desde La Moneda? La democracia no solo se erosiona con golpes militares; también se degrada con la manipulación masiva y la construcción artificial de consensos digitales.

Kaiser cree que es cómico, perspicaz, el filósofo rebelde de la derecha. En verdad es un bully con micrófono, celebrando su propia arrogancia mientras desprecia lo que no entiende. Y aunque no se trata de desearle mal a ninguna candidatura en particular, sí corresponde advertir que la frivolización de la política tiene consecuencias. Un país no puede ser gobernado desde el sarcasmo y la soberbia. Mucho menos desde el rechazo a la evidencia, la ciencia y la historia.

Chile enfrenta un desafío serio: no permitir que el enojo sea agenda pública ni que la ignorancia sea programa de gobierno. La democracia exige nivel, no soberbia. Exige verdad, no virales. Y exige responsabilidad, no valentía impostada.

Podemos discutir modelos económicos, reformas sociales o políticas de seguridad. Pero lo mínimo —lo básico— es respetar la verdad, la ciencia y la memoria democrática. Kaiser no ha demostrado ser capaz de hacerlo. La democracia chilena merece algo mejor que un influencer del odio.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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