domingo, 19 mayo 2024
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Entre Montaigne e Ibargüengoitia

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Montaigne e Ibargüengoitia son dos autores que inspiraron la obra de columnista, Gabriel Otero

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Gabriel Otero


Para Grego Pineda, agradecido por su generosidad

Escribió el Rey Cocodrilo, el poeta mexicano Efraín Huerta, en su poemínimo Poetitos:

El que
Esté libre
De influencias
Que tire
La primera

Metáfora


Nada tan preciso como esa paráfrasis jesuítica, ¿quién de nosotros puede presumir lo contrario? ¿quién se atreve a considerarse original, imaginativo y en esencia puro en lo que escribe? Esto lo saco a relucir después de una charla virtual en extremo enriquecedora que tuvimos el escritor y catedrático Grego Pineda y su servidor.

No niego la cruz de mi parroquia como diría la voz popular, yo soy producto de mis lecturas y tengo una deuda intelectual con Miguel de Montaigne, lo leí en mi época de estudiante de letras y fue como si el cielo pariera otro sol, sus Ensayos me deslumbraron por su capacidad de concreción y lucidez, porque lo breve no excluye lo profundo, la extensión puede ser un serio impedimento para un planteamiento claro y puntual de ideas o una perífrasis carente de brújula.

La brevedad no es sinónimo de superficialidad, en Montaigne es una virtud y es considerado el padre del ensayo como género literario, con él descubrí que cualquier tema es digno de reflexión y que en la simpleza también se encuentran los abismos.

En la historia de la estilística, ensayistas excelsos han irrumpido el panorama literario con sus fuegos artificiales, pero nadie con la brillantez de Montaigne por lo que continúa siendo un referente casi cinco siglos después de fallecido.

Mi otra influencia es Jorge Ibargüengoitia, a él lo leí con avidez desde mi adolescencia, Relámpagos de agosto me lo presentó un profesor de historia de México que daba saltitos cuando caminaba, parecía un personaje salido de una película muda.

La obra de Ibargüengoitia significó desvelar un grial personal, un tesoro a la vista de todo el mundo, y justo cuando empezaba a conocerlo falleció en un accidente aéreo, ese año yo ya había decidido que estudiaría la carrera de letras a pesar de los consejos de mi padre que admonitorio insistía en afirmar que yo terminaría vendiendo enciclopedias de puerta en puerta.

Esa anécdota no es del todo exagerada, a los 17 años me sentía listo para devorarme la vida con todo y espinas y me consideraba apto para un trabajo serio, dejaría mi puesto de dependiente en la Tlapalería El Gato y me contratarían para sembrar las semillas del saber por doquier, es decir, de vendedor de libros.

Debía recibir una capacitación de 15 días, en la que me explicarían técnicas de ventas y de inducción, duré en el empleo otros 15 días en los que vendí tres enciclopedias con lo último del conocimiento matemático. Ahí terminó mi aventura y mis ganas de mantenerme y me sumergí de lleno en mi carrera con toda la intensidad posible.

Jamás he leído en cantidad y calidad como en esos años, y al Ibargüengoitia articulista, calificado por algunos críticos como “humorista” lo desmenucé para examinarlo con lupa, su voz y escritura portentosa se transformaron en lecturas recurrentes.

Mis experimentaciones con la crónica comenzaron en los talleres y laboratorios de periodismo de la universidad, a unos catedráticos les parecía demasiado literario y con mucha inventiva, pero poco riguroso con la información y uno de estos textos me abrió las puertas a nivel profesional.

Y dando chance a la conjetura, tal vez si me hubiese sujeto a los cánones de la academia no hubieran existido espacios de difusión cultural y literaria que a la postre revolucionaron las ediciones centroamericanas de su tipo.

Al tiempo empecé a escribir artículos, esto exige mucha disciplina, las tres veces que he tenido columnas en diversos periódicos y medios electrónicos vuelvo a mis clásicos personales.

Oscilo entre Montaigne e Ibargüengoitia, piedras de toque de mi palabra.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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