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martes, 11 de mayo del 2021

Enredo amoroso

Siendo un alma en pena puedo viajar donde quiera con sólo pensarlo. No me pregunten como es que pienso; tuve una discusión con un alma en pena que habí­a sido médico, no pude convencerlo que ambos podí­amos pensar, decí­a que no podemos hacerlo porque no tenemos cerebro, yo le dije y qué es lo que estamos haciendo ahora que estamos platicando, respondió que cualquier cosa menos pensar y desapareció.

Decí­a que ayer me dio la gana de andar en autobús de San Salvador a Sonsonate, pero en primera clase (aire acondicionado, buenos asientos y televisión); como me enseñaron a ser educado fui a subirme a la terminal, no pagué el pasaje porque no me dejé ver, me senté y parece que era el último asiento; el motorista apareció por la puerta de entrada y pegó una mirada a todo el interior del bus, luego dijo a un pasajero que estaba esperando afuera que habí­a un asiento libre; rápidamente me di cuenta que se trataba del asiento en donde yo estaba sentado y decidí­ aparecerme como una señora con un niño en brazos; el pasajero que vení­a subiendo recorrió todo el bus buscando donde sentarse y luego se bajó puteando al motorista por querer engañarlo.

A mi lado estaba una muchacha muy atractiva, morena, labios carnosos y con los ojos normales (es decir que era bizca), posiblemente tení­a sangre nacida del maí­z, viví­a en Izalco (allí­ hay una población aborigen bastante grande), trabajaba de sirvienta en San Salvador y vení­a a ver a su familia.

Ella estaba con los ojos cerrados, dormida o pensando en cómo resolver algún problema difí­cil, entonces decidí­ aparecerme, pero como hombre: zapatos deportivos, pantalón con ruedos estrechos, camisa tipo polo (no sé qué es) y una gorra. El bus ya iba por la Ceiba de Guadalupe, yo presione mi pierna en la de ella, estaba bien calientita y ella también hizo lo mismo; la miré y ella abrió sus bellos ojos negros, apareció una sonrisa en sus labios tentadores y me preguntó: ¿para dónde va?; yo le respondí­ que me dirigí­a para Izalco, ella dijo que también y preguntó ¿de qué familia es Usted?, con mucha seguridad expresé que me llamaba Santiago Lúe, que tení­a una hermana estudiando en la Universidad de El Salvador y que trabajaba en Tigo; ella me tomó de la mano y me dijo que sentí­a mucho gusto de conocerme, que trabajaba como cajera en un supermercado y que viví­a donde una tí­a, que le gustaba ver televisión, leer novelas eróticas y de guerras, así­ como comer fruta.

Como mi mano seguí­a en la de ella, la subí­ lentamente y la deposité en sus piernas, la miré directamente a sus ojos y ellos me dijeron que estaba bien. No sentí­ el viaje, ella me dijo que ya estábamos llegando, que la acompañara porque tení­a que subirse a un pick up para que la llevara a su cantón y que generalmente los hombres son tocones y abusadores.

Santiago Ruiz
Santiago Ruiz
Columnista Contrapunto

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