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miércoles, 27 de octubre del 2021

Encuentro matrimonial

Cuando habí­an pasado tres semanas después del golpe de estado, la Penitenciaria de Arica, Chile, enfrentaba el malestar de los reos comunes por la militarización de esa institución, el cambio en las reglas de conducta y el aumento del hacinamiento en las celdas.

La Penitenciaria quedó bajo la jefatura de un capitán del ejército, que disponí­a de un contingente de aproximadamente sesenta oficiales menores, clases y soldados; en las primeras dos semanas, los custodios del poder judicial fueron enviados a sus casas, luego fueron reincorporados para vigilar exclusivamente el área de los reos comunes; se disminuyó el contingente militar a unos cuarenta efectivos, para que sólo vigilaran el perí­metro de la cárcel y a los reos polí­ticos; en la quinta semana, fueron destacados unos cuantos custodios para la vigilancia de los reos comunes, pero ellos a su vez eran vigilados por los soldados.

Las reglas de conducta se hicieron más rí­gidas, en las celdas de los reos comunes se tení­a que guardar silencio de las seis de la tarde a las seis de la mañana y cualquier acto de indisciplina era castigado brutalmente.

Se dedicó  un área de celdas, servicios higiénicos y el patio (con la cancha de basquetbol incluida) para los aproximadamente trescientos reos polí­ticos; con anterioridad al golpe de estado cada celda tení­a diez camarotes para albergar cuarenta reos comunes; sin embargo, para meter a los reos polí­ticos se sacaron los camarotes de las celdas para alojar entre setenta y ochenta de nosotros, no sabemos las condiciones de hacinamiento en que estaban los reos comunes.

En la sexta semana después del golpe, comenzaron a liberar a unos pocos reos polí­ticos.  Se permitió la entrada de la esposa o compañera de vida al área de visitas matrimoniales, para que conversaran con su marido durante unos cinco minutos, cuando el mismo  estaba acusado de delitos polí­ticos de poca monta;  el problema era que cuando estos maridos regresaban, entraban al patio taciturnos y algunos de ellos llorando amargamente, bajando la moral del resto de nosotros, no obstante las actividades culturales y de esparcimiento planificadas y ejecutadas por el equipo de trabajo de organización, en el marco de la estrategia de prisioneros de guerra.

Al Profe se le autorizó una visita familiar a las ocho de la mañana, a los dos meses de estar detenido; la mayorí­a nos quedamos a la expectativa para ver su estado de ánimo cuando regresara al patio de la cárcel; nos sorprendió al verlo entrar muy seguro de sí­ mismo, llamando a los miembros del  equipo de organización para una reunión que duró una media hora; luego se puso a conversar con algunos reos que parecí­an desconsolados, para levantarles el ánimo.

Yo pertenezco al Partido Comunista, al igual que el Profe, soy relativamente joven, soltero, no tengo mucha experiencia polí­tica y trabajo como jardinero de la Universidad del Norte, donde el Profe es el gerente. Considerando que la actitud positiva del Profe era producto de su capacidad polí­tica y liderazgo, me dirigí­ a él, lo felicité por su actitud y le di un fuerte abrazo; al observar sus ojos acuosos, me senté a la par y observé en silencio por varios minutos la cumbre del cerro en donde se encuentra esa prisión.

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